Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.
En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.
Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.
A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.
No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.
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CAPÍTULO 14: El celo de él
Me desperté porque la cama estaba muy caliente.
No era mi calor dulce de Omega. Era otro calor, más seco, más pesado. Como si alguien hubiera prendido la calefacción en 30.
Abrí los ojos y Julien no estaba abrazándome como siempre. Estaba sentado en la orilla de la cama grande, de espaldas, con la cabeza agachada y con las manos apretadas entre las piernas.
Tenía la polera pegada a la espalda de sudor. Se le marcaban todos los músculos.
Le dije, Julien?
No me contestó al tiro. Respiró fuerte, como si le costara.
Me paré en la cama, con miedo. Pensé que estaba enfermo.
Le toqué la espalda y estaba ardiendo. Mucho más caliente que yo cuando tuve fiebre.
Me dijo con voz ronca, que no era su voz normal, va-t'en, petit. Vete, chico.
Le dije que no, que qué le pasaba.
Me dijo, c'est mon rut. Es mi celo. Ça faisait trois ans que je ne l'avais pas. Hacía tres años que no me daba. Va-t'en, je ne veux pas te faire peur.
Vete, no quiero asustarte.
Yo no sabía mucho de los ruts de los Alfa. En el liceo nos dijeron que se ponían agresivos y que había que encerrarlos. Que podían hacer daño.
Miré a Julien sentado en la orilla de la cama, grande, con la espalda ancha temblando y con las manos apretadas para no tocarme.
No se veía agresivo. Se veía con miedo de ser agresivo.
Me acordé de cómo él me había cuidado a mí cuando tuve mi celo. Cómo me había preguntado todo, cómo no me había tocado sin permiso, cómo se había quedado en el suelo para no invadir.
Me senté detrás de él en la cama, sin tocarlo todavía.
Le dije, me tienes miedo?
Me dijo, oui, j'ai peur de te faire mal. Sí, tengo miedo de hacerte daño.
Le dije que no me iba a hacer daño si me preguntaba como yo le preguntaba a él.
Se dio vuelta y me miró. Tenía los ojos grises más oscuros, casi negros, y tenía la cara roja y sudada. Olía muy fuerte, a madera quemada ahora, no mojada, quemada.
Me dijo, tu sens trop bon. Hueles muy rico. Et j'ai envie de te mordre et je ne veux pas te mordre sans ta permission.
Y quiero morderte y no quiero morderte sin tu permiso.
Le dije que no me mordiera todavía, que me abrazara primero.
Le pregunté, je peux te toucher le dos? Puedo tocarte la espalda? Como él me preguntaba a mí.
Me dijo que sí con la cabeza.
Le puse las dos manos en la espalda caliente y se la sobé despacito. Tenía la espalda dura como piedra.
Me dijo que le dolía abajo, mucho, como si le fuera a explotar algo por dentro.
Le dije que se acostara boca abajo y que yo le sobaba.
Se acostó boca abajo en la cama grande y yo me senté arriba de sus piernas, no en su espalda, en sus piernas, para no pesarlo tanto. Le sobé la espalda con las dos manos, con aceite de coco que había en el baño porque mi pelo estaba seco por la nieve.
Le sobé harto rato, con fuerza, como me había visto hacer a Ginette con su esposo cuando le dolía la espalda.
De a poco se fue relajando. Respiraba menos fuerte.
Me dijo, plus bas, petit. Más abajo.
Le sobé más abajo, en la parte baja de la espalda, donde a mí me dolía cuando tenía celo. Le apreté con los pulgares y gimió, pero no de dolor, de alivio.
Me preguntó, je peux te toucher? Puedo tocarte?
Le dije que sí, que me tocara la cintura nomás.
Me puso las manos grandes y calientes en mi cintura y me apretó. No me hizo daño. Me apretó como si yo fuera algo que lo anclaba a la cama.
Nos quedamos así un rato largo. Yo sobándole la espalda y él con las manos en mi cintura respirando en mi polera gigante.
Después se dio vuelta y se acostó boca arriba. Estaba muy rojo y muy mojado de sudor. Me miró y me dijo, j'ai besoin de toi, mais seulement si toi tu veux. Te necesito, pero solo si tú quieres.
Le dije que sí quería, pero que despacio y que me preguntara todo como yo le había pedido a él.
Me dijo, toujours. Siempre.
No te voy a contar todo con detalle porque es de él y mío, pero fue al revés que mi celo. Esta vez fui yo el que preguntaba, ça va? Estás bien? Quieres más? Y él me decía sí, sí, no pares, petit.
Fue fuerte porque él es muy grande y porque olía muy fuerte a madera quemada y a Alfa en celo, pero no me dio miedo. Porque me pedía permiso para todo, hasta para abrazarme fuerte.
Después se quedó dormido encima mío, pesado, con la cara metida en mi cuello donde tengo la mancha roja y respirando fuerte como si hubiera corrido mucho.
Le sobé el pelo que tenía mojado y le dije, ça va, t'es correct, estás bien, estás bien.
A las cinco de la mañana se despertó y me dijo que perdón, que nunca había tenido un rut tan fuerte y que tenía miedo de haberme asustado.
Le dije que no me había asustado, que me había gustado cuidarlo a él por una vez.
Me abrazó muy fuerte y me dijo, merci, petit. Merci de ne pas avoir eu peur de moi. Gracias, chico. Gracias por no tener miedo de mí.
Y dormimos otra vez, los dos sudados y con la cama toda revuelta y con la frazada gris en el suelo, pero abrazados y sin frío.