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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13. La manta en el suelo

Al abrir la puerta, Renata vio las flores.

Después las velas. El pastel.

Se detuvo con la bolsa todavía en el hombro. La casa olía a algo dulce que no esperaba encontrar después de lo que había pasado aquella tarde.

Damián salió a recibirla.

—Llegaste.

Tenía esa expresión de quien ha preparado algo y quiere mirar la cara de la otra persona cuando lo descubra. Renata habría sabido responderle antes. Habría ido hacia él, preguntado de dónde salió la idea, sacado el celular para guardar el momento.

Ahora no conseguía dejar de mirar el pastel.

—¿Lo hiciste tú?

Él asintió.

Le habló del día, del tiempo que había pasado desde que se conocieron, de cómo no quería dejar que la fecha se perdiera entre el trabajo y las cosas pendientes.

Renata escuchó.

Había llorado por ese día dentro del auto. Había recordado la sala del hospital, la manera en que él le decía que estaba bien, la alegría que le había dado saber que quería seguir viéndola.

Damián también se acordaba.

Eso era lo que no sabía dónde poner.

Si hubiera olvidado la fecha, podría haberse enojado por algo que entendía. Un hombre dejaba de quererla, se ocupaba de otra mujer y ya no tenía ganas de celebrar lo que vivieron juntos.

Pero allí estaba. Había preparado flores, encendido velas y hecho un pastel.

No era un gesto que tuviera que improvisar porque la encontró entrando antes de tiempo.

Había pensado en ella.

Renata lo miró a los ojos intentando descubrir qué significaba eso ahora.

Él se acercó a quitarle la bolsa. Ella la sujetó un momento más y luego se la dejó tomar.

No quería discutir allí. No con la tarjeta de la cámara entre sus cosas, ni con la voz de Valeria todavía tan cerca. Si empezaba a hablar, no estaba segura de poder elegir qué decía y qué se guardaba.

Damián la llevó hasta la mesa.

Renata se sentó.

La luz de las velas suavizaba el espacio. Todo estaba dispuesto para una escena que habría querido vivir sin saber nada más. Le dolió reconocerlo. Una parte de ella todavía veía el regalo y quería recibirlo.

La otra seguía en el departamento de Valeria.

Damián cortó una porción y la puso delante de ella.

Renata tomó el tenedor.

—Prueba.

Le salió con una sonrisa. No una orden, ni una insistencia que los demás pudieran reconocer como presión. Era un hombre esperando que le dijeran si le había quedado bien algo que hizo por su esposa.

Ella cortó un pedazo pequeño.

El pastel cedió con facilidad. Se lo llevó a la boca y sintió el sabor dulce antes de poder prepararse para él.

Masticó.

Le costó tragar. Tuvo que concentrarse en un movimiento que su cuerpo sabía hacer sin pedirle ayuda. Damián la miraba y no podía dejar aquel bocado dentro de la boca como si no supiera qué era.

Lo pasó.

—¿Qué tal?

Renata dejó el tenedor sobre el plato.

—Está bien.

Su marido pareció satisfecho. Miró el pastel, hizo un comentario sobre lo que le había costado prepararlo y volvió a ella.

La respuesta le había servido.

Renata sintió algo parecido al cansancio, pero más hondo. Había pasado la tarde obligándose a mantener una conversación y ahora tenía que cuidar hasta la forma de dejar un tenedor. No quería que él notara el asco. No quería que interpretara el silencio como una invitación a acercarse más.

Pero tampoco sabía cómo estar sentada junto a él sin que la tocara.

La mano de Damián llegó cerca de la suya. Renata la movió para tomar el agua.

Él no hizo una pregunta.

Eso la tranquilizó y la enfureció casi al mismo tiempo. No tenía que explicar nada. También podía seguir pareciendo una esposa a la que simplemente le apetecía beber.

Quedaba casi toda la porción en el plato.

Cuando pudo levantarse, lo hizo sin volver a comer.

Más tarde se quedó en la sala.

La casa tenía sus ruidos de siempre. Un paso, una puerta, el sonido del agua. Renata podía saber dónde estaba Damián sin verlo. Habían vivido juntos el tiempo suficiente para reconocer el recorrido de otro cuerpo al otro lado de una pared.

Pensó en entrar al dormitorio.

Lo vio en su cabeza antes de levantarse: la cama, el lugar que ocupaba ella, el espacio donde él se acercaba por la noche. Iba a acostarse con la persona de la que acababa de pedir una investigación. A sentirlo moverse junto a ella. A no poder separarse sin que la distancia dijera algo.

No quiso.

Se acomodó en el sofá.

El almohadón era distinto de su almohada. Le presionaba un poco el cuello, pero prefería eso a seguir imaginando la cama. Llevó las piernas hacia sí y se quedó mirando una parte de la sala que no tenía flores.

Damián la encontró allí.

—¿Te vas a dormir?

—Me quedo aquí un rato.

Él se acercó.

Renata lo miró lo suficiente para responderle y después volvió a acomodarse. No quería que se sentara a preguntarle por el día. No habría podido contarle ninguno de los sitios en los que había estado sin llegar al nombre de Valeria.

Su marido le habló del dormitorio.

Ella negó.

—Estoy bien aquí.

Se dio la vuelta, de espaldas a la sala. El gesto puso fin a la conversación sin obligarla a decir que no quería dormir con él.

Oyó que se apartaba.

Por un momento pensó que se había ido a la cama. Cerró los ojos y se aflojó apenas. No quería llorar otra vez. Tenía la cara tirante y una presión detrás de la nariz que volvía cada vez que intentaba pensar en otra cosa.

Luego oyó pasos de regreso.

La tela rozó el sofá.

Renata abrió los ojos.

Damián llevaba una manta. La acomodó y preparó un sitio en el suelo, junto a ella.

Ella levantó un poco la cabeza.

—¿Qué haces?

—Me quedo aquí.

Lo vio acostarse. No era una posición cómoda. El suelo no iba a volverse más blando por lo que él quisiera demostrar.

—Si te mueves y te caes, estoy cerca.

Renata dejó de mirarlo.

Volvió a apoyar la cabeza y mantuvo los ojos abiertos, orientados hacia el respaldo del sofá. Podía oírlo acomodarse. La manta que se arrastraba un poco. El pequeño cambio en su respiración cuando encontró una postura.

Él sabía que ella lo había visto.

No necesitaba quedarse mirándola para que el gesto continuara allí. Un marido en el suelo porque temía que su esposa se cayera. Una incomodidad escogida, una atención que nadie le había pedido.

Lo habría querido más por algo así.

Renata se llevó una mano a la boca para no hacer ruido.

Ese mismo hombre no dormía en casa de Valeria. No porque quisiera estar solamente con su esposa. Se iba para no dejar un rastro.

Ahora podía acostarse junto al sofá y hacer que ella recordara al hombre del hospital. El que veía un problema y se ocupaba antes de que alguien tuviera que pedírselo.

No había forma de mirarlo sin que apareciera el otro.

Se quedó inmóvil.

Desde fuera habría parecido una mujer que se había dormido y un hombre que cuidaba su descanso. Ni siquiera era necesario que ella hiciera algo más para ayudar a sostener la escena.

Él respiraba cerca.

Renata apretó la mano contra los labios hasta que pasó el impulso de llorar.

Ya sabía que Damián podía fabricarse una coartada con un reloj.

Lo que había tardado en comprender era que también podía fingirse el amor.

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