Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 13
A la mañana siguiente, Mariana bajó las escaleras con el cabello suelto y una camiseta sencilla. No llevaba maquillaje, pero para Valentino nunca se había visto tan radiante. Se detuvo al pie de la escalera y le sonrió, y él sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho. Rápidamente apartó la vista, fingiendo revisar algo sobre la mesa. No debía mirarla así. No era correcto.
—Buenos días —dijo ella con voz alegre, acercándose a la cocina—. ¿Dormiste bien?
—Sí… sí, muy bien —respondió él, un poco más tenso de lo normal—. ¿Y tú?
—Perfectamente —respondió ella, sirviéndose un vaso de agua—. Anoche fue una tarde muy bonita, Valentino. Gracias por hacerme reír.
Él asintió, sin atreverse a encontrar sus ojos por mucho tiempo.
—No tienes que agradecerlo. Me gustó mucho también.
Pasaron los días y cada vez que ella entraba en la habitación, él no podía evitar observarla. Veía cómo se iluminaba cuando hablaba de algo que le apasionaba, cómo mordía el labio cuando estaba concentrada, cómo a veces sus ojos se llenaban de tristeza al recordar algo. Era valiente, pero también frágil. Y esa mezcla lo desarmaba por completo.
Una tarde, ella estaba en el jardín, mirando hacia el horizonte con una expresión pensativa. Él salió hacia ella despacio.
—Pareces muy lejana —dijo con suavidad, deteniéndose a una distancia prudente—. ¿Todo bien?
Mariana se giró y le regaló una de esas sonrisas que solo él empezaba a ver: suave, sincera, vulnerable.
—Solo pensando en que la vida cambia de formas que no esperamos. Hace dos semanas te odiaba con toda mi alma. Y ahora… ahora eres la persona con la que más quiero hablar cuando me despierto.
Valentino sintió que el corazón le latía con fuerza. Quería decirle tantas cosas… que era hermosa, que cada día que pasaba le costaba más recordar que él estaba ahí solo para cuidarla, que sus sonrisas le desarmaban todas sus defensas. Pero se contuvo. Respeto primero. Su deber primero.
—Me halagas, Mariana —dijo él con voz controlada, aunque le costó—. Pero no te confundas. Estamos empezando a llevarnos bien, eso es todo. Y eso es lo mejor para los dos.
Ella ladeó la cabeza, notando que él se había alejado un poco.
—¿Lo mejor? Suenas como si quisieras poner distancia entre nosotros. ¿Te asusto, Valentino?
Él la miró a los ojos, y por un instante dejó que viera la verdad en ellos antes de apartar la vista.
—Me asusta lo fácil que es sentirme cómodo contigo. Me asusta lo mucho que me importas. Porque vine con una misión… y no debo olvidarla. No debo cruzar líneas que no me corresponden.
—¿Qué línea? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. Nadie nos está diciendo qué hacer aquí. Solo somos nosotros.
—Exactamente —dijo él con suavidad y tristeza—. Por eso tengo que ser yo quien ponga los límites. No por ti… sino por mí. Para no equivocarme contigo.
Mariana se quedó quieta, sintiendo que había algo más en sus palabras, algo que él se negaba a decir. Pero respetó su silencio.
—Está bien —murmuró ella con una pequeña sonrisa un poco triste—. No te presionaré. Pero quiero que sepas que… me haces sentir segura. Y eso significa mucho para mí.
Valentino cerró los ojos un instante, luchando consigo mismo. Cada palabra suya era una batalla que estaba perdiendo poco a poco.
—Gracias, Mariana. Ahora entra, que hace fresco afuera.
Ella asintió y entró a la casa. Él se quedó solo en el jardín, mirando la ventana de su habitación, y se dijo a sí mismo con firmeza: Mantén el control. No te enamores de ella. No puedes. Pero mientras lo decía, sabía que ya era demasiado tarde para esas advertencias.
Mariana se detuvo en el umbral y miró hacia atrás, notando que él no se movía. Regresó unos pasos, con voz suave:
—Valentino… si algo te molesta, puedes decírmelo. No tienes que alejarte en silencio.
Él la miró, luchando consigo mismo, y respondió despacio:
—No es que me molestes. Es que eres… demasiado. Demasiado brillante, demasiado sincera, demasiado importante para que yo me equivoque contigo.
—¿Equivocarte? —repitió ella, confundida—. ¿Qué hay de malo en que nos caigamos bien?
—Nada —dijo él con una media sonrisa triste—. Solo que a veces lo que sentimos y lo que debemos hacer no van por el mismo camino. Y yo tengo que cuidarte, Mariana. No aprovecharme de este momento.
Ella se acercó un poquito más, sin tocarlo:
—¿Crees que estar cerca de mí es aprovecharte?
—Creo que estar cerca de ti me hace olvidar dónde están mis límites —admitió él en un susurro—. Y eso no está bien.
Mariana bajó la mirada, pero luego la levantó con determinación:
—No tienes que alejarte para cuidarme. Solo tienes que estar ahí. Como amigo. ¿No podemos ser amigos, Valentino?
Él suspiró, como si esa palabra le doliera un poco:
—Sí, Mariana. Podemos ser amigos. Aunque sea lo más difícil que me han pedido hacer.