Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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capitulo 13
AMARA
Cuando me enteré de que Aurelian había mandado reunir a sus generales, sonreí.
El plan había funcionado.
Había mordido el anzuelo.
Y para su sorpresa… todos lo ayudarían.
Claro que eso no era casualidad.
Me había encargado personalmente de sembrar la duda, palabra por palabra, mirada por mirada, susurro por susurro… sin que nadie pudiera señalarme directamente.
Si alguien no prestaba la suficiente y minuciosa atención, pensaría que todo había nacido de sus propios pensamientos.
Que el odio.
Que la desconfianza.
Que la traición…
Siempre habían estado ahí.
Esperando florecer.
Ahora la verdadera pregunta era otra.
¿Qué planeaba hacer Aurelian?
Y para hacerlo más interesante…
Tendría que hacer un pequeño sacrificio.
Solté una risa baja.
Irónica.
Amarga.
—Quién lo hubiera pensado… —murmuré para mí misma—. Yo… haciendo sacrificios.
Supongo que con el tiempo…
Me había vuelto débil.
O peor.
Humana.
Miré a Mateo.
Dormía profundamente, abrazando la manta como si fuera su mayor tesoro.
Mi pecho dolió.
Caminé hasta la mesa y dejé la carta.
Mis dedos temblaron al escribir las últimas palabras.
Te amo.
Perdóname.
Volveré.
O eso esperaba.
Lo miré una última vez.
Memoricé su rostro.
Su respiración.
Su existencia.
—Sé fuerte… mi pequeño guerrero —susurré.
Luego me giré.
Porque si me quedaba un segundo más…
No sería capaz de irme.
Salí de la tienda.
Sin despedidas.
Sin testigos.
Sin permiso.
Con una guerra activa, era imposible que alguien del reino vecino siquiera escuchara una propuesta de alianza.
Matarían al mensajero antes de oír la primera palabra.
Y Aurelian…
Aurelian jamás permitiría que su reino cayera.
Moriría antes.
Y yo…
No permitiría que muriera.
No él.
No otra vez.
Así que solo quedaba una opción.
Hablar con el responsable directo.
El Rey de Eryndor.
Según lo que había escuchado…
Todo comenzó cuando el rey robó algo.
Algo importante.
Algo que no debía tocar.
Su hija.
Su hija perdida.
Secuestrada cuando era solo un bebé.
Nunca se volvió a saber de ella.
Nadie conocía su rostro.
Ni siquiera el de los propios reyes.
En su cultura, los altos funcionarios vivían cubiertos, ocultos tras velos oscuros, telas largas y coronas cerradas.
Fantasmas con poder.
Sombras con corona.
Así que no tenía otra opción.
Tendría que ir.
Y preguntar personalmente.
Aunque eso significara…
Entrar en la boca del lobo.
Aunque eso significara…
No volver jamás.
Porque la verdad…
Ya estaba demasiado cerca.
Y yo…
Era la única que podía alcanzarla.
MATEO
Desperté…
Y lo primero que noté…
Fue que mamá no estaba.
Eso era extraño.
Ella siempre estaba ahí.
Siempre.
Esperándome.
Sonriéndome.
Protegiéndome.
Un mal presentimiento se instaló en mi pecho.
Frío.
Pesado.
Doloroso.
—¿Mamá…? —mi voz salió pequeña.
No hubo respuesta.
Me levanté rápido.
Demasiado rápido.
Entonces la vi.
La carta.
Sobre la mesa.
Mi nombre.
Mis manos empezaron a temblar antes siquiera de tocarla.
La abrí.
La leí.
Y luego la leí otra vez.
Y otra.
Y otra.
No lo entendía.
No podía entenderlo.
Te amo.
Perdóname.
Volveré.
—No… —susurré.
Ella me había prometido…
Me había prometido que nunca me dejaría.
Nunca.
—No…
Mi pecho empezó a doler.
—No…
¿Había sido un mal hijo?
¿Había hecho algo mal?
¿No era suficiente?
Las lágrimas empezaron a caer.
Silenciosas al principio.
Luego…
Incontrolables.
Después de tanto tiempo…
Volví a llorar como un niño.
Porque eso era.
Solo un niño.
Uno que acababa de ser abandonado.
—Mamá… —mi voz se rompió.
Pero ella no estaba.
Y no volvería solo porque la llamara.
Entonces supe lo que tenía que hacer.
Corrí.
No sabía por qué.
Pero lo sabía.
Él.
El duque.
Aurelian.
Él sabría qué hacer.
Él siempre sabía qué hacer.
Corrí hacia su tienda.
Sin detenerme.
Sin pensar.
Solo sintiendo.
Entré sin avisar.
Había gente.
Generales.
Hombres importantes.
No me importó.
No los vi.
Solo lo vi a él.
Corrí hacia él.
Y le extendí la carta con manos temblorosas.
—¿Dónde está mamá? —pregunté.
Mi voz salió rota.
Desesperada.
—Dime dónde está…
Lo miré.
Directo a los ojos.
—DIME DÓNDE ESTÁ.
AURELIAN
El mundo se detuvo.
Mateo estaba llorando.
Mateo.
El niño que miraba al mundo con desafío.
El niño que nunca mostraba debilidad.
Estaba destrozado.
Tomé la carta.
La leí.
Y lo entendí todo.
Amara se había ido.
Sin decirme.
Sin confiar en mí.
Sin despedirse.
Apreté la carta.
Una parte de mí estaba furiosa.
Pero otra…
Otra entendía.
Me agaché frente a él.
Él respiraba con dificultad.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
De abandono.
De dolor.
Demasiado dolor para alguien tan pequeño.
Puse una mano en su hombro.
—Mateo…
Él me empujó.
—¡NO! —gritó—. ¡TRÁELA!
Mi pecho se apretó.
—Ella se fue —dije con cuidado.
—¡MENTIRA!
Sus pequeñas manos golpearon mi pecho.
—¡TRÁELA!
Golpe.
—¡TRÁELA!
Golpe.
—¡TRÁELA!
Lo abracé.
Fuerte.
Aunque se resistió.
Aunque me golpeó.
Aunque me odiara.
—La encontraremos —dije.
Y en ese momento…
Dejé de ser el duque.
Dejé de ser el general.
Dejé de ser el hombre que obedecía órdenes.
Y me convertí en algo más peligroso.
Un hombre que tenía algo que perder.
—Te lo prometo.
Mateo se congeló.
Sus pequeñas manos se aferraron a mi ropa.
Y lloró.
Y en ese momento…
Supe…
Que ya no había vuelta atrás.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno