esta hermosa novela se trata de una mujer que dejó de vivir sus sueños juventud por dedicarse a sacar adelante a sus hermanos también nos muestra que que no importa la edad para conseguir el amor.
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capítulo 12
Andrés Guzmán caminó con lentitud hacia la oficina de su jefe. Al llegar a la puerta, tocó tres veces.
Una voz profunda y serena le dio el pase.
Cuando el hombre entró, se sentó en el inmenso mueble que había en la oficina, cruzó las piernas con elegancia y, con voz tranquila, dijo:
—Creo que me estoy convirtiendo igual que tú.
Enrique levantó la vista de su computador y lo miró fijamente.
—¿Por qué lo dices?
—Porque precisamente por no querer perder algo que aún no me pertenece, estoy mintiendo… igual que tú.
Andrés hizo una pausa.
—Y ¿sabes qué va a pasar cuando mi pequeña Vivian se dé cuenta? Me va a odiar. Y eso tendré que agradecértelo a ti.
Enrique se levantó de donde estaba y caminó con lentitud hacia el bar. Se sirvió una copa y se la tomó de un solo golpe.
—No te preocupes —dijo—. No tendrás que seguir mintiendo por mí. Jamás volveré a ver a la señora Hernández. Y si algún día tu pequeña se da cuenta, échame la culpa. Dile que fue mi plan, que tú no sabías nada.
Andrés se pasó la mano por el cabello.
—Necesito un trago.
Enrique se lo sirvió. Andrés también se lo bebió de un solo golpe.
—Sabes que nunca haré eso —respondió—. Soy igual de culpable que tú.
Ambos se habían refugiado en el trabajo para no pensar.
Ahora era Andrés quien hablaba cada vez menos con Vivian. No sabía qué excusa darle, cómo sostener una esperanza sin romperla. No porque dudara de estar con ella, sino porque cada vez que preguntaba por Enrique… tenía que mentir.
Habían pasado quince días desde el último mensaje de Enrique.
Victoria se miraba en el inmenso espejo de aquella habitación donde aún dormía, quizá porque le recordaba a él. A veces se sentía tonta, como una jovencita que ya no era, aferrándose al recuerdo de un hombre que tal vez nunca volvería a ver.
Pero esta vez estaba segura de algo: lo intentaría hasta el final.
Mientras paseaba por los inmensos campos de la finca El Paraíso, le rogaba a Dios no encontrarse con Fabricio. El hombre era demasiado insistente y la desconfianza ya le pesaba.
Se sentó en el mismo palo de mango donde meses atrás había estado con Enrique. Vivian sostenía unos mangos en la mano.
—Te voy a decir algo —dijo Victoria.
Vivian se colocó frente a ella.
—Pero no quiero que empieces a gritar. No quiero que nadie se dé cuenta.
—Está bien, lo prometo.
Victoria respiró hondo.
—Llevo dos meses sin que me llegue el periodo… ¿crees que esté embarazada? No quiero ilusionarme.
Vivian contuvo el grito que estaba a punto de salirle. Se acercó y la abrazó con fuerza.
—Creo que sí estás embarazada, Vicky. Pero hazte una prueba. No quiero que esto se convierta en un chisme… ya sabes cómo es este pueblo.
—No te preocupes. Yo iré a comprarla —respondió Vivian—. A mí siempre me ha dado igual lo que digan. Eso lo aprendí desde muy niña.
Se tomaron de la mano y fueron a la farmacia.
Victoria la observaba desde lejos mientras compraba la prueba.
Al llegar a su finca Gotas de Amor, Victoria se encerró en el baño. Sostuvo la prueba con fuerza, caminó de un lado a otro, el corazón acelerado.
Cuando miró el resultado… no supo si llorar o gritar.
Salió.
—Vivian… tengo una buena noticia. Estoy embarazada.
Vivian la abrazó con fuerza. Las dos lloraron de felicidad.
—Tenemos que ir a buscar al señor Enrique.
Victoria suspiró.
—Él me dijo que no estaba preparado para ser padre. Y yo le dije que no podía tener hijos… eso creía después de mi inseminación fallida.
Ahora la más entusiasmada con ir a Francia era Victoria.
Al día siguiente empacó su maleta, invadida por sensaciones que no sabía explicar. Salió al jardín.
—Madre… creo que por primera vez estoy luchando por mi felicidad. Voy a ser madre. Y lo seré del hombre del que me enamoré en pocos meses, pero lo amo con el alma.
Hizo una pausa.
—Me iré, pero prometo volver. Esta finca la amo con todo mi corazón. Aquí viví los años más felices de mi vida a tu lado.
Al entrar a la casa, Vivian la esperaba con la maleta lista y una felicidad inmensa en el rostro.
En la finca El Paraíso, Victoria abrazó a doña Mariana. La mujer, con lágrimas en los ojos, le dijo:
—Ve por él. Y no vuelvas si no lo logras. En la vida hay que luchar por lo que se quiere… y muchas veces, perdonar.
Victoria no entendió del todo esas palabras.
Mariana sí.
Carmen la miró con arrogancia mientras subía al carro con su maleta.
En el aeropuerto, Victoria sostuvo su tiquete sin nervios. Ya estaba acostumbrada a viajar.
En el avión, iba llena de esperanza.
—¿No piensas avisarle a José que vamos para allá? —preguntó Vivian.
—No, mi pequeña. Será una sorpresa.
Al llegar a Francia, Victoria observaba los inmensos edificios.
Tocó el timbre tres veces en casa de su hermano. Nadie abría.
Cuando iba a tocar de nuevo, la puerta se abrió.
—¡Victoria!
José la abrazó con fuerza, como comprobando que era real.
De pronto recordó que estaba con su pareja y se puso nervioso.
—Te veo muy nervioso… creo que es de felicidad —dijo ella sonriendo.
Un hombre bajó las escaleras.
—Perdón… no sabía que tu hermana había llegado.
Victoria lo observó de arriba abajo.
—Hola, mucho gusto. Victoria.
—Mauricio Suárez —respondió él.
—¿Así que tú eres el novio de mi hermano… o ya están casados?
José abrió los ojos.
—Siempre lo supe —continuó ella—. Solo esperaba que tú me lo dijeras. Yo te crié… te conozco.
Se acercó.
—Tu orientación no define la persona maravillosa que eres. Si no hay amor en casa, ¿qué queda afuera?
Mauricio lloró.
Eso era lo que nunca tuvo.
—Hoy te ganaste mi corazón —le dijo—. Siempre tendrás en mí un cuñado.
Victoria sonrió.
—Tengo hambre.
Vivian recorría la casa como loca de felicidad.
—Hermano, tu casa es enorme.
Mientras comían, Vivian habló:
—Vicky va a tener un hijo.
José casi escupe la comida.
—¿Qué?
—Sí… pero ella se enamoró de un hombre de 42 años —añadió Vivian.
José se levantó.
—¡Claro que no! ¡Eres mi hermana pequeña!
Victoria lo miró con calma.
—Soy una mujer, José… y voy a ser madre.