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Un Amor Posesivo

Un Amor Posesivo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mafia
Popularitas:712
Nilai: 5
nombre de autor: Kioko kento

un romance entre un mafioso y un femboy

NovelToon tiene autorización de Kioko kento para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

NO ME GUSTA QUE TE ACERQUES A ÉL

Durante los días siguientes, Adrián intentó con todas sus fuerzas volver a su rutina. Trabajo. Casa. La misma cafetería de siempre. Dormir. Repetir. Pero por más que trataba de mantener todo igual, de fingir que nada había cambiado, algo dentro de él se sentía diferente, como si una cuerda invisible lo uniera a alguien que no lograba sacar de su mente.

Cada vez que salía de trabajar, miraba hacia los lados sin darse cuenta, buscando sin querer aquella silueta. Cada automóvil negro que pasaba a su lado le parecía sospechoso, y el corazón le daba un vuelco antes de que pudiera razonar. Y cada vez que alguien pronunciaba el apellido Valenti en una conversación cercana, el tiempo parecía detenerse, y él volvía a ver, con una claridad asombrosa, aquellos ojos serios, profundos y cargados de algo que no lograba nombrar.

Y Dante no estaba mejor. Lejos de ahí, en la cima de un edificio de cristal y acero que dominaba toda la ciudad, él también pasaba horas pensando en Adrián. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, incluso ante sí mismo. Acostumbrado a tener el control de todo, a que cada movimiento estuviera calculado, a que nadie lo desequilibrara, esta nueva sensación lo desconcertaba por completo.

En una oficina amplia y sobria, situada en el último piso, Dante permanecía de pie frente a su escritorio, observando varios documentos sin realmente leerlos. Las palabras se le mezclaban, y su mente viajaba siempre hacia el mismo lugar.

—¿Todo bien? —preguntó Elena, entrando suavemente y cerrando la puerta tras de sí. Era una de las pocas personas en las que confiaba plenamente, alguien que lo conocía desde hacía años y que sabía leerlo mejor de lo que él hubiera deseado.

Dante asintió sin levantar la vista del papel.

—Sí, todo está bien.

—Llevas diez minutos mirando exactamente la misma hoja sin moverla —dijo ella con una media sonrisa—. Y la taza de café que tienes ahí sigue intacta. Se ha enfriado.

Dante levantó la mirada lentamente y la fijó en ella.

—Estoy pensando.

Elena sonrió con ternura, como quien descubre algo evidente.

—En Adrián.

La expresión de Dante se endureció al instante, volviéndose impasible.

—No.

—Claro. Tienes razón, seguramente estás pensando en impuestos —respondió ella con suavidad, sin dejarse intimidar.

—Elena... —advirtió él, bajando la voz, con un tono que normalmente servía para poner fin a cualquier conversación.

—¿Qué? —preguntó ella sin apartar la vista—. ¿Voy a dejar de decir su nombre porque te da miedo admitirlo? No creo que sea justo.

Dante se levantó de un golpe y dio unos pasos hacia el gran ventanal que daba a la ciudad, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.

—No vuelvas a mencionar su nombre.

—¿Por qué? —insistió ella, aunque supo inmediatamente la respuesta.

—Porque cuanto menos personas sepan que me importa, mejor —respondió él, con una gravedad que hizo que el aire en la habitación se sintiera más pesado—. En el mundo en el que vivo, saber que alguien te importa es el punto más débil que puedes mostrar. Y Adrián... él no pertenece a esto. Si supieran lo que siento por él, se convertiría en un objetivo.

Elena guardó silencio un momento, comprendiendo el peso de sus palabras. Se acercó un poco más y dijo con voz suave:

—Entiendo el riesgo, Dante. Pero hay algo que debes saber: puedes controlar empresas, personas, destinos enteros desde este escritorio. Puedes planear cada movimiento, prever cada peligro. Pero lo que sientes por él... eso no lo puedes controlar. Y cuanto más lo intentes, más fuerte se vuelve.

Dante no respondió. Se quedó mirando las luces de la ciudad encenderse una a una, sabiendo que ella tenía razón.

 

Esa noche, Adrián cerró la cafetería con calma, revisando que todo estuviera en orden, apagando las luces una por una. Cuando salió a la calle con las llaves en la mano y el aire fresco de la noche golpeándole el rostro, lo vio ahí, esperándolo, apoyado contra un automóvil oscuro que parecía haber aparecido de la nada.

—¿Otra vez tú? —suspiró Adrián, aunque en el fondo sintió algo parecido al alivio.

—Sí —respondió Dante, enderezándose lentamente.

—¿Me estás siguiendo? —preguntó él, cruzándose de brazos.

—No.

—¿Entonces esto es una casualidad? —dijo Adrián, alzando una ceja con escepticismo.

Dante lo miró con franqueza.

—No.

Adrián soltó una risa corta, sin mucha gracia.

—Eres terrible mintiendo. Deberías practicar.

Una sonrisa leve apareció en los labios de Dante.

—Sube al auto. Te llevo a casa.

—No —fue la respuesta inmediata y firme.

—Adrián... —dijo él, con ese tono suave pero persuasivo que usaba para convencer a cualquiera.

—No voy a subir a un automóvil cada vez que aparezcas de la nada como si fueras dueño de todo —lo detuvo Adrián sin dudar—. No sé qué haces, ni quién eres realmente, y no voy a dejarme llevar solo porque tú lo pidas.

Dante lo observó en silencio, estudiando cada rasgo de su rostro, admirando esa valentía que no encontraba en nadie más.

—Está bien.

Adrián se quedó sorprendido parpadeando. Esperaba que insistiera, que ordenara, que usara su influencia para convencerlo. Pero Dante simplemente cerró la puerta del auto y se colocó a su lado, comenzando a caminar a su paso.

—¿Qué haces? —preguntó Adrián, deteniéndose un instante.

—Te acompaño a casa —dijo él sin detenerse.

—No te lo pedí —replicó Adrián, apurando el paso para ir a su altura.

—Lo sé.

Caminaron durante varios minutos bajo la luz amarillenta de las farolas, en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era de esos que se sienten como una conversación sin palabras, como si ambos supieran que estaban pensando lo mismo. El viento soplaba suavemente, moviendo el cabello de ambos, y el ruido lejano de la ciudad parecía desvanecerse a su alrededor.

—¿Por qué te importa tanto lo que me pase? —preguntó Adrián de repente, deteniéndose y mirándolo directamente a los ojos—. No tenemos nada que ver. No nos conocemos hace tanto tiempo. No tiene sentido.

Dante se detuvo también y tardó unos segundos en responder, buscando las palabras exactas, como si intentara descifrar un acertijo.

—No lo sé.

—Eso no parece muy convincente —dijo Adrián, bajando un poco la mirada.

—Porque es la verdad —respondió Dante con voz grave y sincera—. No tengo una explicación lógica, ni una razón que pueda escribir en un papel o razonar con argumentos. Pero desde que te conocí, me cuesta dejar de pensar en ti. Estás ahí, en cada momento del día, en cada decisión que tomo, y no sé cómo llegaste, pero ya no sé cómo sacarte. Y no quiero hacerlo.

Adrián se quedó callado, con el corazón latiéndole con fuerza. No esperaba escuchar algo tan honesto, tan desnudo, de alguien que parecía tener siempre una barrera puesta.

—Eso suena bastante posesivo —dijo finalmente, intentando aligerar el peso de las palabras.

Dante soltó una pequeña risa, amarga y suave a la vez.

—Probablemente lo sea. Soy alguien acostumbrado a tener todo lo que quiero. Y te quiero a ti.

—Pues tendrás que aprender a controlarlo —le advirtió Adrián, firme y serio—. No soy un objeto que puedas poseer ni guardar. Soy una persona, y tengo mi propia vida. Si quieres estar en ella, tendrás que respetar mis límites.

Dante lo miró, fascinado. Por primera vez en su vida, alguien le estaba poniendo límites sin miedo, sin temor a su apellido, a su poder, a todo lo que representaba. Y eso, lejos de molestarlo, lo atraía aún más.

—¿Y si no quiero controlarlo? —preguntó él, dando un paso hacia él.

—Entonces tendrás un problema conmigo —respondió Adrián sin retroceder—. Y no pienso ceder.

—Me gusta suena más a medida que lo dices —murmuró Dante, con una mirada que lo decía todo.

 

Al día siguiente, Dante se encontraba cerca de la cafetería, en un auto estacionado a cierta distancia, viendo sin ser visto. Y entonces lo vio: Adrián conversando con otro joven frente al local, sonriendo, gesticulando, relajado y feliz. Esa imagen le golpeó en el pecho con una fuerza que no esperaba. Su expresión cambió al instante, volviéndose sombría, y apretó los puños sobre sus rodillas.

Elena, sentada a su lado, lo notó de inmediato.

—No.

—¿Qué? —respondió Dante, con la mandíbula tan tensa que le dolía.

—No hagas nada. No ahora —dijo ella con firmeza—. No te dejes llevar por eso que sientes.

—No iba a hacer nada —mintió él, sin apartar la vista de ellos.

—Tienes esa expresión —insistió ella—. La de cuando estás a punto de romper algo, de hacer algo de lo que te arrepentirás. No dejes que los celos decidan por ti.

Dante siguió mirando al otro joven, ajeno a todo lo que pasaba por su mente.

—¿Quién es? ¿Alguien importante?

—No lo sé —respondió Elena con calma—. Probablemente solo sea un amigo. Alguien normal, alguien con quien él puede estar tranquilo, sin miedo a que le pase algo. Alguien que no tiene el peso de todo tu mundo sobre los hombros.

Dante guardó silencio, sintiendo la verdad de esas palabras como un golpe. Sabía que tenía razón. Sabía que Adrián no era una posesión suya, que no podía reclamarlo, ni ordenarlo, ni encerrarlo para protegerlo de todo. Sabía que amarlo significaba dejarlo ser libre, aunque eso le aterrara.

Pero también sabía algo más: esos celos, fríos y feroces, apenas estaban comenzando a despertar dentro de él. Y por más que intentara ocultarlo, por más que prometiera respetar sus límites, en el fondo de su alma sabía una cosa: lucharía por él. No con órdenes ni con poder, sino con todo lo que era, aunque eso significara perder el control que siempre había cuidado de mantener.

1
Brisa Romero
/Curse/
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