Apoyó sus manos en la fría tierra, cerró los ojos y luego sintió como alguien ponía una mano sobre su cabeza, su corazón empezó a latir con fuerza, aquella mano era enorme. La desconocida mano sacudió su cabello, sintió como sujetó entre sus dedos un pequeño mechón que cayó suavemente sobre su espalda.
—¿Es tu amiga? —Dijo una voz ronca detrás de ella.
—Sí, papá, es una amiga —concordó Marlon con alegría.
Kait sintió como aquel hombre colocó ambas manos por debajo de sus hombros y la volvió a poner de pie, ella se giró y se encontró con unos ojos de color ámbar. El hombre le sonrió mostrando sus blancos dientes, su cabello estaba estilizado hacia atrás, dándole una apariencia más joven de la que aparentaba.
—Mucho gusto, joven señorita —estiró su mano hacia Kait y prosiguió—, mi nombre es Rengse.
La niña observó la callosa mano en silencio y luego miró detrás de él, donde se encontraba el venado muerto, sobre el estómago del animal Maicol estaba sentado, quien la miraba con una gran sonrisa.
—Lo siento si te he asustado —indicó él al ver que ella no estaba dispuesta a sostener su mano—, estamos en una pequeña cacería.
—¿Cacería? —La voz de Kait tembló.
—Se acabaron nuestros suministros de alimento —explicó él lentamente.
La niña asintió con la cabeza comprendiendo la situación, sujetó la mano de aquel hombre y le dedicó una pequeña y tímida sonrisa. Él no parecía peligroso, pero aun así no estaba preparada para ver como despellejaban al pobre animal, observó con detenimiento como Rengse sacaba un cuchillo afilado y empezaba a quitar la piel del venado dejando ver una tierna carne rosada cubierta de sangre.
Marlon colocó su brazo alrededor de los hombros de la niña, al darse cuenta de que iba a salir corriendo, ella lo miró con una notable confusión en el rostro, a lo que el niño respondió con una sonrisa y la sujetó con fuerza. La estaba obligando a presenciar aquella escena donde su padre le enseñaba a su hermano como sacar cortes perfectos de la carne del venado.
—Vete —le susurró aquella voz que siempre la molestaba.
Ella se sorprendió al escucharla, era la primera vez que le hablaban frente a otras personas, miró hacia todas las direcciones posibles, pero solamente estaban ellos ahí. Enfocó toda su atención a ver si escuchaba algo más, pero no, solamente logró escuchar con más claridad el sonido de la viscosidad de la carne al ser cortada.
—Vete es… —volvió nuevamente a murmurar.
—¿Quieres acompañarnos a la casa? —Interrumpió Marlon aquella voz.
Kait lo observó con mucho detenimiento, estaba segura de que él no podía escuchar aquellas voces, pero aun así en su presencia parecía que aquella voz no la molestaría. Estaba a punto de asentir con su cabeza, cuando observó que el cielo estaba oscureciendo, recordó con mucha claridad que ella salía sin permiso.
—No puedo —empezó a decir y cuando observó la mirada triste del pelinegro se apresuró a agregar—, quizás después, ya me tengo que ir.
Marlon soltó sus hombros y la dejó ir, levantó sus manos y se despidió de Marlon, él, al ver que ella se iba, levantó su mano ensangrentada y se arregló su rubio cabello para verla mejor, le dedicó una sonrisa.
—Nos vemos mañana —le gritó el pequeño rubio con emoción.
Rengse se limitó a despedirse con un pequeño movimiento de cabeza, luego de eso, Kait les dio la espalda y empezó a correr en dirección opuesta. Recordaba un poco el camino por el cual había venido, se detuvo cuando se encontró con un enorme lago a sus pies. Se giró nuevamente y a sus espaldas no había nadie, solo podía escuchar el croar de los sapos y la estridulación de los grillos.
Se había perdido, levantó la mirada hacia el cielo y observó como el sol se estaba empezando a esconder, estaba segura de que sus hermanos ya estarían llegando a la casa, mordió sus labios y empezó a ponerse nerviosa, el bosque era enorme y cada espacio que había entre cada árbol, parecía un camino diferente.
—¡Niña estúpida! —Le gritó enojada aquella voz en el oído.
Kait cubrió su oreja derecha de inmediato, luego con miedo empezó a observar a su alrededor. Pero no lograba ver con lucidez, las formas de los árboles eran confusas para su pequeña cabeza.
—Muerte, muerte, muerte —la otra voz prosiguió a hablar a su alrededor y luego en un gutural grito le dice—: Traerás la muerte.
Cerró los ojos con fuerza y colocó ambas manos sobre sus orejas, no quería escuchar aquellas voces, sintió un frío sobre sus hombros y cuando abrió sus ojos, notó que a unos seis metros había un perro, lo reconoció de inmediato, era Max, el perro del guardabosques. Por un momento sintió alivio, pero las voces no dejaban de gritarle.
—Debes morir, morir, morir.
Ella dio unos pasos hacia adelante y el perro le mostró los dientes mientras soltaba gruñidos profundos, la niña se detuvo al ver la reacción del animal, empezó a sentir miedo y retrocedió los pasos que había avanzado, un error que le costó muy caro. Cuando sus zapatos tocaron el agua, unas manos sujetaron sus tobillos y la arrastraron hacia el lago, en un intento fallido se sujetó de la tierra y la maleza que crecía alrededor del lago, la fuerza de aquella presencia la sumergió en la fría agua.
Abrió su boca intentando liberarse de aquella presión en sus piernas, pero cada vez se hundía más, la profundidad de aquel lago era engañosa, y la niña podía sentirlo, porque cada vez veía el agua más oscura y brumosa. Recordó lo que las voces le decían, tenía que morir, hasta allí llegaba su historia. Una tristeza cubrió su pequeño corazón, no quería abandonar a sus padres y hermanos, si quería sobrevivir debía resistir.
Dispuesta a liberarse, abrió los ojos, pero ya todo estaba oscuro y no podía observar nada, intentó nadar hacia arriba, pero sus piernas seguían aprisionadas por aquella presencia que se rehusaba a soltarla. Sintió como algo, agarró la parte trasera de su camisa y tiró de ella, sintió como volvía a subir y el agua volvía a estar cada vez más clara. El aire golpeó su cara y luego fue arrastrada fuera del lago, con los ojos cerrados e irritados por mantenerlos abierto bajo el agua, escupió una gran cantidad de agua que tragó y empezó a toser al sentir el alivio de poder respirar nuevamente.
Intentó separarse con sus manos de aquel que la había salvado, sus dedos sintieron un pelaje mojado y luego de un golpe sordo ella cayó sobre la tierra, sintió como algo olfateaba su cara. Kait entornó los ojos y pudo ver a Max, el can acercó su hocico y le pasó la lengua por toda la cara, aquel acercamiento la hizo sentir feliz, cuando pudo reincorporarse y sentarse, observó la cola del perro que se movía de un lado a otro con alegría.
—Lo has hecho bien —dijo la niña, sintió la necesidad de felicitarlo.
No podía creer que un perro le había salvado la vida, esperaba que con él estuviera Máximo, pero allí, al lado del lago, solamente estaban ellos dos. La niña acarició la cabeza del perro, y este se acercó al ver que empezaba a temblar y se acostó sobre sus piernas. Estuvieron así durante varios segundos.
—¡Max! ¡Max! —A lo lejos escuchó al guardabosques.
El perro solo movió un poco sus orejas, pero no se levantó, se quedó junto a Kait. La niña abrió la boca con la intención de gritar, pero luego se quedó en silencio cuando el guardabosques apareció entre los árboles. La expresión de Máximo estaba llena de horror, se acercó corriendo hacia la niña al verla mojada con su perro. Se colocó en cuclillas y acarició la cabeza de Max, luego miró a la niña que estaba temblando del frío.
—¿Qué sucedió? —le dijo a Kait mientras miraba detrás de ella.
—No sé nadar —respondió ella de inmediato y luego agregó—, quería aprender a nadar.
Máximo levantó las cejas, su intuición le decía que la niña estaba mintiendo, él abrió la boca dispuesto a sacarle la verdad, pero la niña siguió hablando:
—Su perro me salvó —dijo mientras su pequeña mano lo acariciaba y con una sonrisa triste le dijo a Máximo—, es muy inteligente.
El guardabosques asintió dándole la razón, pero él nunca había entrenado a su perro para salvar personas, su perro solo buscaba rastros de animales muertos y si el caso iba más allá, buscaba a los cazadores furtivos ilegales.
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