Capítulo 7: Astas

Otra vez volvía a estar sola, sus hermanos ignoraron por completo la petición que les había hecho su madre —No dejen a su hermana sola—, Kait observaba desde su ventana como se marchaban sus hermanos. Lenay se giró y luego sus ojos verdes hicieron contacto con los de ella tras el velo de la cortina, su hermana levantó la mano y se despidió.

La niña estaba cansada de estar sola, en el colegio era ignoraba y escuchaba las pequeñas burlas que hacían por el color de su cabello, también le tenían miedo a la expresión que mantenía en su rostro, —Una expresión vacía—, era lo que solía escuchar de sus ojos.

Sus hermanos le prohibieron salir de la casa, mientras ellos no estuvieran debía quedarse en su habitación. Allí tomó un libro y luego se colocó unas botas pantaneras, que eran de un brillante color rojo. Bajó las escaleras con mucho cuidado, estaba intentando no hacer ruido, en su cabeza era la solución para que aquellas criaturas no la molestaran.

Cuando estuvo en el primer piso se acercó a la puerta y la intentó abrir, lo que ella no sabía, era que sus hermanos habían dejado la puerta con seguro. La niña soltó el picaporte y se acercó a una de las ventanas de su casa, una puerta cerrada no iba a detener su travesía.

Ella colocó el libro en el suelo y abrió la ventana, Kait miró la altura, soltó un pequeño suspiro y luego poniéndose en puntitas logró pasar la ventana hacia el exterior. Sacudió su ropa y se dio cuenta de que el libro quedó adentro de la casa. Negó con la cabeza para sí misma, no iba a devolverse por el libro. Ayer en la noche se había perdido en el bosque, sabía que era peligroso, pero no podía negar que se sentía aburrida.

Camino hasta la entrada y se detuvo cuando los frondosos árboles cubrieron la mayor parte de la entrada, un fuerte viento pasó entre los árboles causando un silbido agudo. Kait apretó sus labios y dio unos cuantos pasos adentrándose en el solitario bosque, después de caminar un poco observó las gruesas raíces de un viejo árbol que sobresalían de la tierra húmeda, se acercó y se sentó allí, era un buen lugar para leer, pero su libro se había quedado atrás.

Sujetó una delgada rama que estaba en el suelo y empezó a dibujar un gato en la arena, cuando estaba haciendo los bigotes del animal, sintió una pequeña respiración en su hombro, la cual ignoró por completo. Ella estaba empezando a acostumbrarse a presencias extrañas a su alrededor.

—Es un zorro —dijo una voz detrás de ella.

La niña se apartó hacia un lado cayendo sobre la tierra húmeda, se encontró con los ojos azules de un chico que parecía tener su misma edad.

—¿Tienes miedo? —Dijo el chico con una sonrisa, mientras se inclinaba un poco sobre ella.

Kait entornó los ojos y observó detrás de él, allí había otro niño, este tenía los brazos cruzados y tenía los ojos cerrados, su cabello negro se inclinó de lado cuando él dejó caer un poco su cabeza y abrió los ojos, sus iris eran casi negros.

—¿Cómo te llamas? —Volvió a hablar el rubio de ojos azules.

La niña observó su gato sobre la tierra, luego la cara fue aplastada por una bota desfigurando por completo su dibujo.

—¡Hey, mi gato! —Espetó Kait con una clara molestia.

El dueño de esa bota se colocó de cuclillas para estar a la misma altura de ella, una sonrisa cubrió sus labios y ella pudo observar esos ojos oscuros con más precisión, eran de un café muy oscuro, casi opacos.

—Es un zorro —el pelinegro la corrigió con un tono burlesco.

—¡Ya se lo dije! —la voz del niño rubio se escuchó irritada, luego se inclinó dejando caer su cabeza para verla a la cara—, ¿eres terca?

La niña no comprendía lo que ellos estaban diciendo, observó nuevamente la mitad del rostro de su dibujo y ahora sus facciones eran más similares a un zorro, frunció sus cejas con una notable confusión, estaba segura de que había dibujado un gato.

El niño de cabellos oscuros le ofreció su mano, ella con un poco de duda la aceptó y él la ayudó a ponerse de pie. El niño rubio acercó su rostro al de ella y sujetó un mechón de cabellos entre sus dedos, en todo momento Kait estuvo alerta, al ver como él iba a acercar su nariz a su mechón rojizo, se apartó dejándolo con la mano en el aire.

—Perdona la grosería de mi hermano —volvió a hablar el pelinegro con una pequeña mueca.

Él rubio lo miró en silencio y luego miró a la niña con una sonrisa exageradamente grande.

—Mi nombre es Maicol —indicó el rubio y luego señaló a su hermano—, él se llama Marlon.

La niña apretó sus labios, ambos eran muy diferentes físicamente, pero luego recordó a su hermano Mike quien tenía el cabello negro con ojos azules, igual a su padre. Ella negó levemente con la cabeza.

—Kait —se limitó a decir y luego giró para ver a sus espaldas.

—¡Eres la primera amiga que tenemos! —Se apresuró a decir Maicol sujetando las manos de ella.

Ella negó con su cabeza, no quería amigos. Soltó sus manos y se apartó dos pasos más. Marlon colocó un brazo sobre los hombros de su hermano y lo atrajo hacia sí.

—¿Vendrás mañana? —Dijo al ver las intenciones de ella.

La niña dio un pequeño asentimiento con la cabeza y salió corriendo hacia su casa. Al siguiente día, el bosque siguió solo y Kait se quedó en su casa, observaba desde la ventana de su habitación la entrada del bosque. Esos niños eran extraños, Kait no lograba comprender de dónde eran, en el colegio los buscó en todos lados, pero nunca los vio, incluso se atrevió a hablarle a sus compañeros y preguntar por ellos.

—¿Son tus amigos imaginarios? —le había respondido uno de sus compañeros.

Aquellas palabras hicieron dudar sobre la cordura de la niña, ahora realmente no sabía si aquellos niños eran reales o alguna invención de su cabeza. Soltó un pesado suspiro y se apartó de la ventana, apenas habían pasado unos cuantos minutos desde que sus hermanos se fueron.

Volvió a salir nuevamente sola, una semana después del extraño encuentro con esos niños, esta vez fue más decidida, quería saber más sobre ellos, quería ver que sí eran reales. Al llegar al mismo lugar donde se habían visto, se sintió decepcionada porque no había nadie, ella se adentró más en el bosque.

Unos cuantos pasos más y se detuvo al escuchar ramas secas, crujir a su lado, una sonrisa cubrió sus labios y se giró con rapidez, allí no estaban los niños, solamente había un siervo macho comiendo, un escalofrió cubrió su cuerpo. La cara del venado estaba manchada con sangre y sus astas tenían un color rosáceo, carne con pelaje del propio animal estaba colgando de sus astas.

Los oscuros ojos del venado hicieron contacto con ella y luego una lecha cruzó su cuello, un grito salió desde lo más profundo de su garganta y luego lágrimas empezaron a deslizarme en las mejillas de la niña. El animal aún seguía con vida e intentaba levantarse, aunque su cabeza se mantenía con firmeza contra el suelo, los pasos se hicieron presentes.

Ella se levantó e intento correr, pero se chocó con alguien y cayó hacia atrás con fuerza, al abrir los ojos y fijarse con más cuidado, se dio cuenta de que era el niño pelinegro, él tenía una expresión de confusión en el rostro.

—¿Qué sucede? —Dijo Marlon con una leve sonrisa.

Atrás se escuchó un gorgojeo, claramente el venado se estaba ahogando con su propia sangre, los oscuros ojos de Marlon capturaron la mirada del venado en sufrimiento.

—¡Oh, eso es horrible! —comentó con horror.

La niña estaba aún impactada por lo que había visto, sus rodillas seguían clavadas en el suelo y no quería levantarse, el sonido del animal intentando respirar no salía de su cabeza.

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