Capítulo 1: Un nuevo comienzo

El día estaba siendo odioso, eso creía la niña, porque a ella le gustaba más la compañía del sol, pero el cielo estaba lleno de nubarrones tristes que opacaban todo, tras la ventanilla del auto observaba las grandes casas que pasaban frente a sus ojos, casas magníficas en todo el sentido de la palabra. Sus hermanos estaban a su lado, ambos entretenidos con sus celulares e ignorando por completo su alrededor, sus padres hablaban animadamente.

—Mami, ¿dónde está el sol? —preguntó la niña con la mirada fija en las enormes casas.

Ambos hermanos voltearon a ver a su hermana y estallaron en carcajadas, lo que hizo que una enfurruñada niña los mirara con desaprobación. Su madre le explicó con una sonrisa, aquel lugar era muy frío, un lugar donde las nubes grises predominaban en todo y la lluvia era constante, un lugar tranquilo para la familia.

Ella aún no entendía por qué tenían que abandonar su vida de ciudad e ir a un pueblo aburrido, sus hermanos al contrario estaban muy felices, allí había algunas cosas que ellos veían como una gran distracción. El auto se detuvo en una enorme casa, allí en un campo vacío iban a vivir todos. La niña observó todo en silencio y se bajó con cuidado, el suelo estaba húmedo, el barro era una trampa mortal, sacó las cajas que había marcado con su nombre y las llevó adentro de la casa.

Se detuvo al entrar, la casa olía a humedad y las paredes estaban desgastadas y viejas, había algunas cosas tiradas en el suelo, todo estaba lleno de polvo. Se acercó al comienzo de las escaleras y sujetó en sus pequeñas manos lo que parecía el cráneo de un ave. Aspiró un poco de aire para luego expulsarlo con fuerza, el polvo se esparció lejos de la superficie del cráneo, la niña lo acercó a su rostro para verlo con más claridad.

—¡Mamá! —gritó Lenay, luego sintió como el cráneo era arrebatado de sus manos.

La niña observó a su hermana, ella llevaba el cráneo en sus manos y se lo acercó a su madre con intensidad. El rostro de su madre se llenó de fascinación, ahora era ella quién revisaba el pequeño cráneo con precisión.

—Era un cuervo —empezó a decir mientras su índice seguía las pequeñas protuberancias características de la especie.

Luego se acercó a su hija menor y se lo dejó en las manos, la niña sujetó entre sus dedos el alargado pico y lo sacudió, en un segundo se resbaló de sus manos y cayó al suelo causando un gran estruendo. Lenay volvió a acercarse, no quería que su pequeña hermana se quedara con él, entonces se lo guardó en el bolsillo.

—Mamá la cocina está muy sucia —dijo Mike asomando su cabeza desde el umbral.

—Ya vamos a limpiar —terminó por decir su padre que iba entrando con varias cajas en sus brazos.

La niña subió por las escaleras ignorando por completo a sus padres, ella quería escoger su habitación, al estar arriba notó que las cortinas estaban desgarradas y que las ventanas estaban abiertas, ella se acercó y poniéndose en puntitas miró hacia afuera. A lo lejos observó la entrada de un bosque, se veía aterrador desde ahí, su cuerpo sintió un pequeño escalofrío, ella se apartó y acercó sus manos al pequeño picaporte, lo sujetó con fuerza y la cerró.

Quizás era el frío se dijo a sí misma, siguió caminando por el pasillo hasta que llegó a una puerta que estaba cerrada. Acercó su mano y la empujó, pero está no cedió, tenía el seguro puesto.

—¡Kait! —el grito de su madre la asustó.

La niña se apartó con rapidez y bajó las escaleras, su madre la observó de inmediato, en sus brazos tenía un impermeable. Se acercó a su hija y se lo puso, apretó sus mejillas y luego sujetó su pequeña mano.

—Vamos a traer la comida —indicó su madre mientras salían de la casa.

La niña giró su rostro para ver la casa, la puerta estaba cerrada, levantó su mirada al segundo piso y vio las cortinas moverse. Ella estaba segura de que había cerrado la ventana, quizás había quedado una abierta. Sus pies se tropezaron con una piedra, su madre la sujetó y la volvió a poner de pie.

—Cuidado —le dijo deteniendo su paso.

Kait miró a su madre y le sonrió, caminaron hasta el pueblo, la casa quedaba a las afueras, quedaba muy cerca, solamente tenían que caminar aproximadamente 20 minutos. Al llegar se fueron directamente a un pequeño restaurante y pidieron 5 almuerzos para llegar.

La niña miraba sus zapatos cuando llegó un hombre con la ropa mojada, colocó su escopeta encima de una de las mesas que estaban allí. Y luego se sentó, las pocas personas que había allí se quedaron callados. Alex se acercó a su hija y la abrazó, Kait era una niña curiosa, en todo momento miró al señor, él levantó su mirada e hicieron contacto visual, su madre apretó sus hombros.

—¡¿Qué te he dicho?! —gritó la cocinera enojada mientras le pegaba con un palo en la cabeza y seguía hablando alterada—, ¡Fuera de aquí! ¡No vuelvas con la escopeta!

El señor puso una mano en su cabeza y luego sacudió la otra en un ademán de que lo dejara en paz. La señora se cruzó de brazos, antes de que volviera a recibir otro golpe el señor se levantó, mientras se giraba levantó su escopeta hacia los hombres que estaban sentados detrás de él. La cocinera soltó un grito ahogado y volvió a levantar el palo dispuesta a golpearlo, él soltó una risa al ver que uno de los hombres soltó un plato y este cayó directamente al suelo.

—Mujer, tráeme el menú del día —dijo mientras se sentaba y dejaba su escopeta a un lado.

Alex en todo momento sujetó a su hija, estaba a punto de irse, cuando la señora se acercó con un pequeño dulce y se lo entregó a Kait. La mujer se iba a ir con su hija, pero al ver a la señora se volvió a sentar.

—No se preocupe, él no es peligroso —le dijo la cocinera intentando calmarla—, solamente es un guardabosques.

Después de aquella situación tan caótica, Alex pagó la comida y observó a su pequeña hija, que estaba muy calmada. Ella estaba comiendo el chocolate lentamente, cuando levantó su mirada se encontró con los ojos del guardabosques, un sentimiento de augurio invadió su corazón.

—¿Dónde viven ustedes? —preguntó el guardabosques levantando un tenedor hacia la dirección de Alex.

La madre apretó sus labios, sentía que algo malo iba a pasar, sujetó la mano de su hija y soltó un suspiro que fue reemplazado por una falsa sonrisa.

—A las afueras del pueblo —se limitó a decir.

Era un guardabosques y el bosque de allí era muy grande, seguramente eran solo cosas de su cabeza.

—Tengan cuidado —indicó y siguió comiendo.

Alex quedó desconcertada con aquellas palabras, sujetó la bolsa de comida y salió de ese lugar que se sentía demasiado asfixiante, caminaron alrededor de 10 minutos, las plantas y la maleza eran demasiado frondosas, después de un tiempo sintió como una gota de agua cayó sobre sus cabezas. Ella sujetó a su hija entre sus brazos y empezó a correr, cada vez el agua caía con más fuerza, sintió como las manitas de su hija apretaban su espalda, al ver su casa, observó que la puerta estaba abierta.

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