Capítulo 4: Vulpino

La niña se quedó en su lugar, y la toalla se deslizó lentamente de su cabeza hasta caer sobre el piso, la puerta se empezó a sacudir con fuerza, y cuando se abrió, ella cayó al suelo asustada, allí en la puerta estaba su madre.

—¿Qué pasó? —preguntó Alex mirando detrás de ella.

Pero la madre no había visto nada, aunque para Kait era totalmente diferente, allí en el suelo ella estaba viendo la cabeza de un zorro, sus pupilas estaban blancas y hundidas en sus cuencas, la lengua que salía entre sus dientes estaba azul, y su cuello que estaba al parecer cortado por la falta de su cuerpo, estaba cubierto de un líquido negro, no era sangre, porque aunque la sangre en algunas ocasiones podía ser casi negra, ese líquido carecía del pequeño brillo que poseía.

La niña abrió su boca para hablar y allí en ese instante, la cabeza también abrió su boca y de su interior salió una mano rompiendo la pequeña mandíbula del vulpino, la mano tenía unas garras extremadamente largas y estaba cubierta de ese mismo líquido, no se podía ver de qué color era la piel, se sujetó del suelo e hizo que un chirrido se escuchara dentro del baño, la mano estaba arrastrándose hasta ellas, con cada pequeño paso que daba dejaba un rastro del líquido grumoso negro tras ella. Kait cubrió sus oídos en un intento de detener aquel horrible sonido.

—¿Qué tienes? —Preguntó su madre horrorizada, levantó su rostro para que la viera—, estamos solas, tranquila no pasa nada.

Tras aquellas palabras, se dio cuenta de que su madre no veía lo que ella estaba viendo. Volvió abrir la boca, pero las palabras no querían salir, quizás era el miedo, para un cuerpo tan pequeño, era algo que no podía soportar. Sus ojos se cerraron y eventualmente su temperatura subió lentamente. Alex quien se sorprendió por aquel pequeño incidente, la levantó y la sacó del baño. Aún no había camas, todo estaba desarmado, en el suelo estaba el colchón de ellos.

Alex vistió a su hija en medio de su inconsciencia, después con suavidad colocó a su hija en el colchón y se fue en búsqueda de su esposo, bajó las escaleras y al llegar al final, no vio a nadie, había dejado a su esposo e hijos con el guardabosques y ahora ya no estaban por ningún lugar, miró la mesa y allí tampoco estaba la escopeta.

—¡¿Benji?! —Gritó ella entrando a la cocina.

Estaba igual de vacía, se acercó a la ventana que daba con el exterior y lo único que pudo percibir era que la lluvia había cesado. Retrocedió unos cuantos pasos, hasta que su espalda chocó con algo, unas manos sujetaron sus brazos. Ella soltó un grito y luego con bastante brusquedad se soltó de aquellas manos que reconocía a la perfección. Detrás estaba Benji con una sonrisa encantadora.

—¿Me llamabas? —Murmuró acercándose nuevamente hacia ella.

—Kait tiene fiebre —dijo ella sin darle mucha atención a su pregunta.

Benji Abrió los ojos, era inesperado que uno de sus hijos tuviera fiebre, luego recordó la edad de su hija, ella tenía exactamente 10 años, era la edad perfecta. Ambos padres se miraron a los ojos, tal vez iba a empezar.

Arriba Kait seguía acostada sobre el colchón, su cuerpo dolía, se sentía extremadamente mal, sintió algo sobre su cara, un cosquilleo que le resultó desagradable, con su pequeña mano lo golpeó como si fuera un molesto zancudo.

—Tú —el susurro volvía nuevamente.

—Ella —dijo la otra voz.

Aquellas voces empezaron a susurrar en su cabeza, decían muchas cosas que no lograba entender. Luego sintió como una mano intentaba ponerla de pie, la obligaba a estar sentada, su cuerpo tampoco reaccionaba, el calor era cada vez más fuerte.

—No, no, no —decía una y otra vez—, salvaje, será un salvaje.

—¡Cállate! —Profirió con agudeza la otra voz.

Las voces seguían discutiendo entre ellas, luego sintió como su cuerpo cayó con rudeza contra el colchón, sintió unas manos cálidas en su rostro, intentó abrir sus ojos, pero únicamente alcanzaba ver los ojos azules de su padre.

—Tranquila ya todo pasará —mencionó Benji en un intento de calmar a su hija.

Lo único que podían hacer, era ponerle compresas frías para bajar la fiebre, esa noche Alex se quedó cuidando a su hija, mientras que Benji ayudó a sus hijos con sus habitaciones. Era demasiado tarde, cuando él terminó de acomodar las sábanas de la cama de Mike, se despidió de su hijo y salió al pasillo, se dirigió a la habitación que iba a ser de Kait. Al entrar encendió la luz y se acercó a la bolsa negra donde había metido los restos del animal, nuevamente volvió a buscar con premura en cada rincón de la habitación, pero no encontró la cabeza del zorro.

Sujetó la bolsa en sus manos y salió con ella, tenía pensado enterrar aquellos restos, sea lo que hubiera pasado con ese animal, ahora ya no importaba, salió y con una pala empezó a cavar un hoyo un poco profundo. Al terminar dejó caer el contenido de la bolsa en su interior y volvió a tirar la tierra en su lugar, cuando terminó, subió a su habitación y se encontró a su esposa durmiendo, entre sus brazos estaba Kait, se acercó y tocó su frente, la fiebre ya había bajado.

Al otro día, cuando la luz se filtraba por las desgastadas cortinas, Benji estiró su brazo y no encontró el pequeño cuerpo de su hija, se despertó de inmediato levantándose con él a Alex. Ambos se vieron a los ojos nuevamente, buscaron en todas las habitaciones y allí no encontraron a sus otros hijos, Benji bajó corriendo las escaleras y sintió como un pequeño alivio cubrió su corazón.

Allí afuera de la casa, podía escuchar perfectamente las risas de sus hijos, cuando Alex salió por la puerta, su hija menor se acercó corriendo con una gran sonrisa.

—¡Buenos días, mamá! —dijo con una alegría desbordante.

—¡Buenos días, cariño! —respondió ella con amor.

Benji soltó un suspiro aliviado, al parecer las cosas habían salido bien. Kait se giró y se lanzó en los brazos de Mike, el hermano del medio. Lenay saludó a sus padres desde la lejanía y luego se colgó del cuello de su hermano. Kait le sacó la lengua a su hermana mayor, sus padres al verla jugando con sus hermanos, prefirieron no preguntarle que había pasado anoche. También decidieron no contarle nada, ella era una niña muy pequeña y quizás no comprendería lo que sus padres habían hecho.

—¿Anoche dónde estaban? —dijo Alex mientras se sentaba en el pasto.

—Máximo nos estaba mostrando los trucos que sabe su perro —respondió Benji con una sonrisa y luego indicó—, ¡qué señor tan agradable!

Alex se mantuvo en silencio, a ella le parecía todo lo contrario, ella sabía perfectamente que las personas escondían sus verdaderas intenciones. Observó a su pequeña hija, quién estaba feliz, su rostro se veía totalmente diferente, anoche se dio cuenta que su hija estaba asustada, ojalá todo salga bien como ellos esperan.

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