Helen permanecía sentada fuera del despacho. Había pensado en huir, pero eso sólo complicaría más las cosas y era algo que definitivamente no quería. Si iba a ir a la cárcel, tenía que ser inteligente, juntarse con las reclusas más rudas para su protección y un buen comportamiento también ayudaría, total ¿Cuánto tiempo le podrían dar por haber dañado un coche? se preguntó.
Escuchó la puerta abrirse, se paró de forma rápida de la silla y se dirigió donde el capitán de policías, quien salía junto con Leonardo.
- ¿Cuánto es el tiempo de mi condena? – preguntó de forma directa, ignorando por completo a Leonardo.
- Señorita, no hay condena, por ahora. El señor Hoffmann retiró los cargos en su contra, es libre de irse.
Helen se sorprendió internamente al escuchar esas palabras, volteó a ver a Leonardo, esta tenía su mirada neutra y después de escuchar lo que el capitán dijo, se fue para su despacho y se encerró. El sonido de la puerta fue tan fuerte que el capitán y Helen cerraron sus ojos por el estallido.
- ¿Por qué retiró los cargos? – preguntó Helen algo curiosa. Él quería mandarla a la cárcel, pero ¿Qué le hizo cambiar de opinión?
- Es mejor dejarlo así y no preguntar. – dijo el capitán de policía y comenzó a caminar para la salida, antes de salir por completo volvió a decir. - El señor Leonardo ha pedido que deje la mansión en los próximos dos minutos. Vamos, la llevaré para su casa.
Helen dudó un poco tras su propuesta de llevarla, pero necesitaba salir cuanto antes, antes que Leonardo cambiara de opinión. Miró al despacho donde él se había encerrado, las grandes puertas echas de madera no permitían visualizar nada en su interior. Quería ir por su navaja, pero no quería provocarlo. Tal vez en uno de estos días vuelva por ella, pensó.
- De acuerdo, salgamos de aquí cuanto antes. - dijo y empezó a caminar.
El capitán de policía la llevó hasta su domicilio, ella agradeció de buena manera, pues no tenía ni un centavo. Todo su dinero se quedó en la mesa de juegos y lo único que antes tenía era su navaja que ahora está en manos de Leonardo, lo maldijo por eso.
Su domicilio estaba a las afueras de la ciudad, en uno de los barrios más pobres. Compartía departamento con su buen amigo y hermano Abraham. Mientras subía al departamento pensaba en él, si había llegado y, sobre todo, cuál era su estado después de querer defenderla.
“Lo conoció a los pocos días que salió del orfanato. No tenía a nadie, ni a donde ir y optó por ir a las calles.
Caminó mucho hasta que fue a parar a una zona peligrosa, un callejón sin salida. Cuando quiso volver un hombre se interpuso en su camino.
- ¿A dónde vas preciosa? – preguntó aquel hombre observándola con depravación.
Helen lo ignoró y trató de huir, este la tomó del brazo con mucha fuerza, obligándola a que lo vea.
- No seas arisca, la vamos a pasar muy bien – susurró al oído, haciendo que ella se retorciera del asco.
- Suélteme maldito. - dijo Helen furiosa, tratando de zafarse de aquel hombre.
Él la tomó con fuerza e intentó besarla, Helen lo mordió haciendo que la sangre fluya de sus labios.
- Maldita perra. – dijo y la abofeteó haciéndola caer en el suelo. – te voy a enseñar a respetarme – volvió a decir y subió encima de ella.
Helen trataba de quitárselo de encima, luchaba con todas sus fuerzas, pero aquel hombre era mucho más grande y obeso su cuerpo no podía liberarse de él. Fue un momento de angustia para ella, hasta que alguien la ayudó, quitando aquel hombre de su cuerpo.
- ¡Largo! – gritó Abraham furioso.
Él lo vio con odio e intentó atacarlo, pero se detuvo al ver que Abraham llevaba una navaja en sus manos. No tuvo de otra que salir corriendo.
- ¿Te encuentras bien? – preguntó observando a Helen en el suelo.
Ella solo asentó su mirada, estaba en shock por lo sucedido. Abraham la tomó en sus brazos y la llevó al lugar donde vivía, curó sus heridas y le dio de comer.
- No deberías estar sola en la calle, no es un lugar para ti. – dijo él sentado frente a ella.
- Me perdí. – respondió Helen.
Abraham sonrió, sacó su navaja y se la ofreció como regalo.
- No, no creo que debería tenerla. – dijo Helen observando aquel artefacto.
- La necesitas más que yo, es mi obsequio para ti para que puedas defenderte de tus agresores.
Helen dudo un poco en aceptarla, no sabía si era lo mejor, pero él tenía razón, las calles no eran para una persona desarmada.
- Gracias prometo que la cuidare por ti. - dijo observando la navaja en sus manos.
Abraham sonrió porque ella aceptó su obsequio y le contó que hace unos años atrás, él tenía una hermana pequeña, quien por desgracia le fue arrebatada. No pudo protegerla y era su mayor peso, llevar consigo su muerte. Helen le recordaba a ella y él juro cuidarla y protegerla, y así lo hizo, le enseñó a defenderse y a sobrevivir en la ciudad.
Helen desde ese día ha vivió con él, consiguió trabajo y aportaba con algo de dinero, hasta que en su camino se atravesó Leonardo Hoffmann”.
Para su suerte, encontró el departamento abierto. No cargaba llaves y pudo entrar con facilidad. Estaba algo oscuro y en silencio, eso era raro. Caminó un poco más, hasta que las luces se prendieron por alguien que ella desconocía.
- ¿Quién es usted y qué hace aquí? – preguntó Helen al ver a una mujer de unos cincuenta y cinco años sentada en una de las sillas con una impecable sonrisa demoníaca.
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Comments
Elvira Fretes
Esa señora debe ser la que estaba en la cafetería, debe ser la madre de Leonardo, quizás por eso no fue presa
2024-04-24
1
elizabhet santos sanchez
me atrapo
2024-04-01
1
Maria S Criollo P
va bien la historia y espero verla completa
2024-01-27
0