Séptimo libro de la saga colores.
Lord Leandro Mercier ha regresado a la sociedad aristócrata después de muchos años desaparecido, nadie lo reconocerá, ya no es el joven gordito que era objeto de mofas en las celebraciones, ahora es el soltero codiciado de la capital de Floris, pero el destino lo pondrá frente a una ladrona que intentará robarle todo, sin esperarlo, también su tesoro más preciado, su corazón.
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6. En la mansión del lord
...MAUDE:...
Mi hermano solo tardó unas horas en conseguir la dirección del lord, ordenó a Carter robar un vestido y zapatillas decente para mí.
En la noche, di un vistazo a el vecindario fino, para no lucir perdida.
Las casas eran de tres pisos, con hermosas fachadas color marfil y ventanas largas, la mansión del lord era inmensa, pero prudente, no tenía jardín, solo un patio con estatuas y una larga escalera en el centro hasta las puertas principales. Aunque según la información que Roquer consiguió, anteriormente pertenecía a un Delacroix que había fallecido.
Seguía sin gustarme el plan, pero necesitaba surgir y dejar la vida en las calles, desde que perdí a mis padres tuve que pelear por comida, humillarme a pedir limosna y fue en ese entonces que conocí la verdadera crueldad humana, porque solo me despreciaban y corrían de los lugares.
Lo único que me quedó para sobrevivir, fue el hurto.
Merecía dejar todo atrás y si tenía que engañar a esos nobles, lo haría, porque personas como yo no podían surgir de otra forma.
Mis compañeros confiaban en mí para esto.
Así que al día siguiente, después de buscar un sitio en el cambiarme de ropa y peinarme, me dirigí a la mansión.
El vestido era hermoso, de un color melón, pero a pesar de eso no podía acostumbrarme a caminar con la pesada falda y con el ajustado corset.
Al menos la fragancia que conseguí en última instancia, me daba un aire más femenino.
Liseth Darling, una cortesana con una aspiración a costurera e incluso a ser diseñadora.
Decir mi verdadero nombre podría ser riesgoso, si algo salía mal, estaría cerca de ser atrapada.
Me emocionaba de solo pensar en la posibilidad de conseguir el trabajo, así fuese un engaño, mi oportunidad de estar cerca de las telas me hacía sentirme así.
Aunque no debía contar los pollos antes de nacer.
¿O sí?
El mayordomo no se veía convencido de dejarme entrar, me miraba con desconfianza, pero después de consultarlo con su señor, pude pasar a esa lujosa estancia.
Estaba hermosamente adornada, con alfombras de color vino, floreros y pinturas, el vestíbulo era amplio, con una enorme escalera adornando el centro.
Tantas cosas finas y ornamentadas.
El mayordomo me guió hacia un salon en la planta baja, por un pasillo amplio de paredes de madera pulida y un umbral en arco.
Entré al salón y seguí maravillada.
Tenían hermosos sillones color crema y una chimenea con rosas esculpidas.
Esperé sentada unos cuantos minutos.
Observé todo, este mundo era tan diferente.
El lord no tardó en aparecer y me levanté.
Estaba un poco despeinado, con ropas muy sencillas para su estatus, la camisa era holgada pero se le notaban los músculos, tenía los tirantes del pantalón expuestos, las largas botas pulidas de color negro le daban un aire más esbelto.
Su rostro volvió a atraer mi atención, la mirada de plata y la nariz recta, labios semi gruesos y la mandíbula.
Era muy guapo.
¿Eso ya lo pensé?
Se veía muy desconcertado y algo desconfiado.
Pero, cuando le dije que buscaba trabajo, hizo una proposición que no me esperaba.
— ¿Cómo dijo? — Pregunté, sin poder creerlo.
— Señora Liseth, si está interesada en trabajar para mí, no le molestará crear una prenda con mis telas ¿Diseñar se le dificulta? — Su tono era muy serio y profesional.
— Oh... No... No se me dificulta — Me apresuré.
Me gustaba crear prendas, pero jamás estuve cerca de telas tan finas y mucho menos confeccioné un vestido.
Estaba nerviosa, pero emocionada, me estaba dando una oportunidad a pesar de que no me conocía.
— Necesito un vestido, podemos empezar con una prenda femenina para mostrar a mis clientes y si me agrada lo que veo, si tiene talento, le daré el trabajo.
— ¿Habla en serio? — Mi gestó fue genuino, en estos momentos era más Maude la soñora que la ladrona y la conspiradora.
— ¿Por qué no lo haría?
¿No se suponía que debía sacarme a patadas de allí, a humillar como todos los nobles hacían con las personas de baja posición? El lord era diferente o tal vez no, solo me estaba dando el trabajo porque bailé semi desnuda para él, las razones eran de menos, ya estaba dando el primer paso para mi cometido.
— ¿Cuándo empiezo? — Pregunté.
— Tengo un taller en mi empresa, puede trabajar desde allí.
Me desanimé, si me quedaba en su empresa jamás podría estar más cerca de él y mucho menos del duque, necesitaba permanecer en su entorno familiar, pero eso no iba a suceder si no me ganaba su confianza.
Piensa, piensa, piensa.
— He estado tan agotada... — Una mujer entró a la habitación, se detuvo en seco al verme.
Era mayor, pero su cabello negro tenía unas pocas canas, su rostro era blanco y sus ojos azules.
La mujer era hermosa y vestí ropas elegantes, un vestido color azul con una bolsa de mano a juego y guantes de seda.
— Oh ¿Y esta hermosa señorita? — Dijo, avanzando muy sonriente.
El lord se tensó — Es una costurera que voy a contratar, es la señorita Liseth Darling — Me presentó e hice una reverencia — Señorita Liseth, mi madre, Lady Celia Mercier.
Me presentó como señorita, eso quería decir que no deseaba que su madre supiera sobre mi oficio de cortesana, o más bien el falso oficio.
Jamás estuve con un hombre, nunca lo permití, siempre golpeé a quienes lo intentaban a la fuerza en los sucios callejones, así me gané el respeto de los rufianes, nadie me tocaba, nadie me tocaría, así lo había decidido.
¡Lady Celia Mercier! Ella era la mujer cuyo nombre estaba grabado en el reloj que robé a Lord Leandro y era su madre.
— Encantada de conocerla, mi lady — Hice una reverencia.
— El gusto es mío, eres muy hermosa, muy joven y encantadora — Dijo la doña, observandome, me encontré nuevamente desconcertada ante el trato dulce, no me miraba con altanería — ¿Cuándo comenzará a trabajar?
— Recién lo estamos tratando, madre, la señorita Liseth diseñará un vestido con mis telas, así podré exhibirlo a los clientes... Si ella logra un diseño hermoso, le daré el trabajo — Lord Leandro Mercier mantenía su postura seria, como todo un lord hablando de negocios.
— ¿Va a trabajar en la empresa? — Su madre se tensó, como si no le agradara la idea.
— Así es, cuando ella guste puede comenzar.
— Ese sitio está lleno de hombres y es un poco atestado para trabajar cómodamente — Opinó y su hijo cuadró sus hombros — Si va a diseñar tiene que ser en un lugar tranquilo y silencioso.
— No hay más lugar, además, en la empresa textil están todas las telas e implementos que necesita.
— ¿Qué hay del salón pequeño que tenemos desocupado? — Preguntó y noté la mirada que su hijo entornó, como si no le agradara que su madre estuviera dando sugerencias.
— Madre ¿Podemos hablar en privado un momento? usted espere aquí — Dijo con cierto desdén que me desagradó.
Guió a su madre fuera del salón.
No pude evitar caminar hacia el umbral con discreción, me asomé un poco.
— Hijo ¿Qué sucede? — Susurró la lady.
— Madre, no podemos meter a esa dama en nuestro techo — Gruñó en tono bajo.
— ¿Por qué no? Será una trabajadora más, tus sirvientes duermen bajo el mismo techo que tú, así podrá trabajar más cómodamente, el taller está hecho un desastre y solo hay hombres trabajando allí, se puede sentir incómoda.
Al lord se le escapó una risa irónica — ¿Incómoda? Por favor...
— ¿Por qué dices eso?
Lo decía porque creía que era una cortesana.
— Olvídalo madre, la señorita solo se interesó en mí porque creía que era el duque, así que desconfío de ella.
— ¿Crees que es un tipo de espía para vigilar y estropear tus negocios?
Al parecer había una rivalidad entre ambos nobles.
— Exacto...
— Pero si te confundió con él no debe conocerlo.
Su madre estaba a mi favor, necesitaba que ganara la conversación.
— No lo sé, madre, es extraño, ni siquiera sé como supo mi dirección...
— ¿Dónde se conocieron anteriormente? — Preguntó su madre y él se tensó.
— En el club.
— ¿En el club? — La doña se espantó.
— Es una cortesana o lo era, según sus palabras, ya no trabaja allí. En club buscaba al duque y me confundió con él.
Pronto empezarían los juicios y las críticas, solo eran hipócritas.
— Déjala trabajar aquí — Ordenó ella y me sorprendí.
— Pero ¿Por qué?
— No podemos juzgar, la chica seguramente estaba desesperada por buscar una salida, en su afán de acudir al duque te confundió con él.
No comprendía, estos nobles eran tan diferentes, me hacían sentir mal con mis actos.
Me alejé hacia el sillón.
¿Debería irme?
Los pasos volvieron y me giré.
— Señorita Darling, trabajará en uno de los salones, sígame, le mostraré.
Se alejó caminando a pasos rápidos.
Su madre me observó — Adelante.
— Con permiso, mi lady.
Seguí al lord por la mansión, su andar era enérgico y firme.
La casa tenía mucha luz, aunque algunas partes estaban ausentes de decoración.
Me sentí cómoda al caminar por ese lugar.
Abrió una puerta y espero a que me acercara, hizo un gesto con el brazo para que entrara.
Me sorprendí ante el lindo salón pequeño, tenía grandes ventanas que dejaban entrar mucha luz al espacio, solo había mesa grande en el centro.
— ¿Le parece bien trabajar aquí? — Cerró la puerta y se giró para observarme.
— Es suficiente — Pasé una mano por la mesa.
— ¿Cuáles telas suele usar? Ordenaré trasladar unos cuantos rollos.
Me tensé, no tenía idea, solo usaba lo que tenía a la mano, desconocía los tipos, ni siquiera sabía con que tela estaba hecho el vestido que tenía puesto.
Caminó por el salón y se detuvo del otro lado de la mesa, con las manos cruzadas en su espalda baja.
— ¿No tiene idea? ¿Verdad?
Me estremecí.
— No es eso... Yo...
— Lino, algodón, encajes, satín, lana... seda... Mantillas... ¿No los conoce? — Encajó su mirada en la mía.
— No conozco la mayoría, pero eso no me imposibilita para ser costurera — Dije, elevando mi barbilla.
— No puede usar cualquier tela para un vestido — Apoyó sus manos de la superficie de la mesa — Conocer sobre telas es primordial.
— Admito que me falta experiencia, pero tengo talento y se lo puedo demostrar — Lo evalué y el músculo de su mandíbula se tensó — Traiga todas las telas que tenga.
— Aclaremos algo — Se separó de la mesa y cruzó sus brazos — Usted no dormirá aquí, solo vendrá a trabajar.
—No esperaba que su mansión fuese una posada, así que no se preocupe, tengo donde dormir — Gruñí, tendría que hospedarme en una de ahora en adelante, no me convenía acercarme al barrio bajo, con el lord siendo tan desconfiado, no me sorprendía si ordenaba que me siguieran.
— Bien, ya aclarado el asunto, venga mañana temprano, suelo estar ocupado todo el día, así que tendrá que aprender rápido.
— Mi lord, no se preocupe, no tendrá que tomarse esa molestia, aprendo sola.
Elevó una ceja — No toleraré altanería.
— No soy altanera.
— Solo es una advertencia, esta es mi casa y hay reglas que debe cumplir — Rodeó la mesa y se detuvo a dos metros de mí, la fragancia que estaba usando era exquisita — No puede entrar en otros espacios a menos que yo lo ordene.
— No soy fisgona.
— Espero que sea así — Dijo, caminando hacia la puerta — Ya puede retirarse.
Debía ganarme su confianza, averiguar más sobre esa posible rivalidad entre el duque y él.
...****************...
Encontré una posada barata a unas cuadras del vecindario fino.
Dí algunas monedas al posadero para conseguir tinta y papel. Estuve el resto de la tarde y noche tratando de diseñar un vestido, no era algo sencillo y mi mente estaba cansada.
La presión de tener algo a la altura de un lord no dejaba surgir mis ideas.
Observé la llama dentro de la lámpara de queroseno.
Debía demostrar que podía hacerlo, tal vez podría conseguir salir de mi situación sin robar ni engañar, quería ser una persona digna.
El único talento que usaba era ilegal.
Empecé a dibujar nuevamente.
Estaba tan agotada, que me lancé sobre la cama después de terminar.
En mis sueños, un pequeño lloraba en un jardín, era tan regordete, con una ropa tan cómica que parecía un bufón, traje color verde, medias blancas apretadas, un lazo enorme en el cuello y zapatos negros pulidos.
Hambrienta y harapienta, pude colarme en aquel jardín de la enorme casa que parecía un palacio.
El niño no dejaba de llorar detrás de un arbusto.
— ¿Por qué lloras? — Le pregunté.
Observó a todos lados y luego me observó.
— ¿De dónde vienes?
— ¿Por qué lloras?
— Me dicen gordo... No me dejan comer...
— ¿Quién?
— Mi padre, él no me deja. Los otros niños se burlaron de mí.
— ¿Dónde tienes comida? Yo tengo hambre...
— Vine a comer escondido — Sacó varios pastelillos de sus bolsillos.
— ¿Me das?
Asintió con la cabeza.
— Ten un poco, de todas formas no puedo comer mucho y al parecer lo necesitas más.
Me aproximé, sentándome en el césped a su lado.
Me dió los panecillos los comí apresuradamente.
— Con calma, te vas a ahogar, aunque yo soy igual — Dijo, riendo — ¿Por qué estás sola? ¿Dónde está tus padres? ¿Por qué tienes la ropa rota?
— No tengo padres, robo para poder comer, la gente me desprecia, así que no eres el único con problemas por su apariencia.
— Es triste, toma, ten más — Me tendió los panecillos que quedan, tomé dos y le dejé uno.
— Come uno y no llores, eres lindo.
Me sonrió, sus mejillas regordetas se movieron.