Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 28
Presa del pánico, Adrián agarró el celular y llamó de inmediato a su médico de cabecera, el Dr. Nicolás.
—Buenas noches, ¿qué se le ofrece, señor? —preguntó el Dr. Nicolás.
—¡Doctor, necesito que venga a la mansión ahora mismo! ¡Mi esposa tiene fiebre muy alta!
El Dr. Nicolás accedió al instante.
—Entendido, señor. Voy para allá de inmediato.
Al poco rato, el Dr. Nicolás llegó con todo su equipo médico.
Con manos ágiles, procedió a examinar a Valentina.
Adrián, de pie junto a la cama, iba y venía como animal enjaulado, incapaz de quedarse quieto mientras esperaba el diagnóstico.
—La señorita Valentina solo presenta un cuadro febril, señor —informó el Dr. Nicolás mientras preparaba la medicación y le aplicaba una inyección para bajar la temperatura.
Aunque fuera solo fiebre, Adrián seguía sin poder calmarse.
Una vez que el Dr. Nicolás se marchó, Adrián se sentó al borde de la cama y sacudió con suavidad el hombro de Valentina.
—Valentina, despierta. Tienes que comer algo.
Valentina negó débilmente con la cabeza.
—Después.
Adrián exhaló un suspiro y dijo con frialdad calculada:
—Si te enfermas, vas a ser una molestia para mí. Come de una vez, aprovecha que estoy de buenas.
Al oír aquello, Valentina se sintió profundamente ofendida. Ella que había creído que Adrián llamó al doctor porque de verdad se preocupaba por ella. Pero resultaba que simplemente no quería que le causara problemas. Por eso debía mantenerse sana a toda costa.
Valentina se incorporó hasta quedar sentada al borde de la cama.
—Puedo comer sola.
Adrián negó con firmeza.
—No. Yo te voy a dar de comer.
—Pero...
—Si me contradices, te voy a castigar —la cortó Adrián.
Valentina soltó un suspiro cargado de irritación. Ni estando enferma ese hombre dejaba de amenazarla con castigos.
Al final, no le quedó de otra más que dejarse dar el atole de la boca: aceptó que Adrián le diera cucharada tras cucharada de sopa.
Tragaba a la fuerza cada bocado, con los ojos clavados en el plato, sin atreverse a mirar el rostro del hombre que tenía enfrente.
Cuando el plato quedó vacío, Adrián le acercó las pastillas y un vaso de agua.
—Tómate esto. Para que te recuperes rápido.
Valentina obedeció y se las tomó. Poco a poco fue cerrando los ojos, vencida por la somnolencia que le provocaban los medicamentos.
Pero esa noche Adrián decidió no dormir. Tenía que asegurarse de que Valentina estuviera bien.
Se reclinó en la silla junto a la cama, sin apartar los ojos del rostro de ella.
De vez en cuando le pasaba una toalla húmeda por la frente para bajarle la temperatura, y luego le comprobaba el calor en el cuello y los brazos con la palma de la mano.
Necesitaba cerciorarse de que la fiebre no volviera a subir.
El reloj de pared marcaba las cinco de la mañana y Adrián seguía sin pegar los ojos. Se inclinó y le puso la palma en la frente a Valentina.
Respiró hondo, aliviado al fin: la fiebre había cedido por completo.
Si se entera de que estuve cuidándola toda la noche, no se la va a acabar de creída. Mejor me largo de aquí antes de que despierte.
...
Esa mañana, Emiliano fue a visitar a su padre a la prisión. Le dolió profundamente ver el estado en que se encontraba Patricio: cojeaba, porque le habían amputado una pierna.
Emiliano fue directo al grano y le explicó el motivo de su visita. Quería encontrar un inversionista principal para Grupo Buenavista, de modo que Valentina pudiera liberarse de Adrián.
Patricio le dijo:
—Conozco a un empresario. Ahora mismo domina los negocios en el mercado clandestino. Estoy seguro de que tiene la fuerza para competir contra Grupo Altamira.
Emiliano sonrió al escucharlo.
—Entonces dame su dirección o su número de teléfono, papá.
Lo primero que Emiliano quería hacer era arrancar a Valentina de las garras de Adrián. No iba a tolerar que ese hombre pusiera un dedo encima de Valentina. Si eso llegaba a suceder, se lo haría pagar.