Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 24
Leo apretó la taza de café entre sus manos, sintiendo el calor en sus palmas, pero su mente estaba en otra parte. En el pasado. En aquella noche que había intentado olvidar, pero que siempre volvía a él. Ahora, sentado en la casa de Isa, viendo los rastros de la vida que construyó sin él, se dio cuenta de que nunca dejó de pensar en ella.
Respiró hondo y decidió hablar. No podía seguir guardándoselo.
—Isa… hay algo que necesito decirte.
Ella levantó la mirada, con una expresión cansada, pero también cautelosa.
—¿Ahora? Leo, no es el momento.
—Nunca lo es, ¿verdad? —dijo él con una sonrisa amarga—. Pero no puedo seguir fingiendo que no pasó nada. Aquella noche…
Isa dejó la taza en la mesa con más fuerza de la necesaria. Su cuerpo se tensó.
—No.
—Isa, por favor—su voz se volvió más baja, más profunda—. Me pasé años luchando con esto.
—¿Y crees que yo no? —Isa se puso de pie de golpe, cruzándose de brazos, como si intentara protegerse de él. De los recuerdos—. No quiero hablar de eso, Leo. No ahora, no nunca.
Él también se levantó, sintiendo cómo la tensión en el aire se hacía insoportable.
—Tienes derecho a odiarme, Isa, pero al menos escúchame. Yo no… yo nunca quise que terminara así.
—¡Pero terminó! —gritó ella, y su voz tembló—. Se acabó. No hay nada que explicar, nada que arreglar.
Leo se pasó una mano por el cabello, frustrado. La veía respirar con dificultad, la veía intentando contener las lágrimas que no quería mostrarle.
—Isa…—su voz fue más suave esta vez, con un dejo de súplica—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
Pero esas palabras fueron la gota que colmó el vaso. Isa lo miró con furia, con dolor, con algo más profundo que él no podía alcanzar.
—Vete, Leo.
Él frunció el ceño.
—Isa…
—¡Vete de mi casa! —gritó, su pecho subiendo y bajando rápidamente.
Por un momento, Leo pensó en quedarse, en intentar hacerla entrar en razón, pero la determinación en sus ojos le dijo que no había espacio para él en ese momento.
Tomó su chaqueta sin decir nada más y salió, sintiendo el peso de lo no dicho ahogándolo.
Isa se quedó en el umbral, con los puños cerrados, con el corazón latiéndole a mil por hora. Y cuando la puerta se cerró detrás de él, dejó que las lágrimas que había contenido finalmente rodaran por su rostro.
Despues de tres días.
Isa caminaba por los pasillos del hospital con la bata aún abierta y el cabello recogido en un moño descuidado. Aún sentía el peso de la discusión con Leo sobre sus hombros, pero no podía permitirse debilidades. No en su trabajo.
Su ronda con los residentes avanzaba sin problemas hasta que el jefe de cirugía se detuvo frente a ella con los brazos cruzados y una expresión seria.
—Dra. Isabela, ¿cómo va su tesis?
Isa sintió un leve escalofrío.
—Ya casi la tengo lista, doctor. Solo necesito pulir algunos detalles.
—Bien, porque tiene hasta esta tarde para entregarla. No habrá más prórrogas.
Isa sintió su estómago encogerse. Sabía que su tesis sobre Drogas en el sistema nervioso estaba bien fundamentada, pero aún quería revisar algunas partes antes de enviarla. No podía presentar algo sin estar completamente segura.
Mientras se esforzaba por ocultar su nerviosismo, una de sus residentes, Natalia, la observó con atención.
—Doctora, si quiere, yo puedo supervisar a los demás por hoy. Cualquier cosa, le aviso de inmediato.
Isa dudó por un momento, pero la expresión decidida de Natalia le hizo asentir.
—Gracias, Natalia. Te lo agradeceré mucho.
Un poco más aliviada, se dirigió a la sala de descanso con su laptop bajo el brazo. Tenía su consultorio, pero estar sola por demasiado tiempo la agobiaba. Irónicamente, su mente funcionaba mejor con ruido de fondo, con voces dispersas y el murmullo constante del hospital.
Entró a la sala y se dejó caer en un sillón junto a la ventana. Respiró hondo y abrió su computadora. Era hora de enfocarse.
Pero, aunque intentara ignorarlo, la discusión con Leo seguía rondando en su mente.
Sacudió la cabeza y se obligó a concentrarse en su tesis. Leo no podía ser una distracción en ese momento.
Al menos, eso era lo que intentaba convencerse.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.