«Él la celaba como si fuera suya . Ella se cansó del cuento . Ahora la mafia entera hace fila... y al italiano le va a costar el imperio .»
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23
La mañana llegó radiante y con ella un huracon rojo.
—¡Levántate! —ordenó una voz firme, cargada de una energía que cortaba el aire de la habitación como un rayo.
—No... —gimió Tessa desde el centro de la inmensa cama, hundiéndose todavía más bajo el edredón de plumas.
—Tessa, ¡levántate ahora mismo! —insistió la voz, mientras el sonido de unos tacones de diseñador resonaba con fuerza contra el piso .
—No... déjame aquí. Me voy a quedar a vivir en esta posición. Mi cama es mi lugar seguro en este maldito mundo —protestó la pequeña con la voz ahogada por las almohadas.
—O te levantas por las buenas, o te levanto por las malas. Tú decides, primita.
Tessa asomó apenas los ojos , que estaban rojos e hinchados de tanto llorar durante la madrugada.
—Déjame en paz, Leticia... ¿Qué no ves que estoy sumamente triste? —suplicó, con un hilo de voz que rompería el corazón de cualquiera.
—¿Qué triste ni que nada? Te vas a levantar en este preciso segundo, te vas a poner bien reina y vas a bajar a demostrarle a toda Italia quién es Tessa Barone.
¡A ver, dejen todo lo que están haciendo y pónganme atención! Ok, tranquilos, yo les explico quién es esta preciosa mujer pelirroja, divina, diosa del Olimpo y completamente empoderada que acaba de invadir la habitación. Ella es Leticia Barone, la prima hermana de nuestro hermoso ángel. Y déjenme decirles que Leticia es TODO lo contrario a Tessa. Si Tessa es la luz, Leticia es el fuego ardiente. Es sensual de forma completamente natural, de esas mujeres que no necesitan esforzarse; su sola mirada induce a la lujuria y al pecado inmediato. No tiene absolutamente ningún filtro para decir las cosas, es totalmente transparente, ruda y directa. Obviamente, por ser así, muchos la odian en la alta sociedad, pero muchos otros la aman con locura. Pero lo que nadie en este planeta puede juzgar ni poner en duda, es que es la amiga más fiel, leal y protectora que Tessa tiene en la vida. Es su escudo con garras.
—Me quiero morir... —insistió Tessa, volviéndose a tapar la cara con frustración.
—¡Por favor! Tú lo que necesitas es un buen revolcón marca diablo con un extranjero guapo, no morirte —soltó Leticia, cruzándose de brazos y mirándola con exasperación—. Deja el drama para las películas, Tessa.
—Es que tú no lo viste, Leti... —gimió el ángel, destapándose un poco, necesitando desahogar el chisme y el dolor—. Esa mujer... Ágata... ella le coqueteaba de una forma descarada. Se le resbaló por completo enfrente de mí. ¡Casi se le entrega en la zona de las taquillas ! Fue humillante.
Leticia rodó los ojos verdes, soltando un bufido de desprecio que casi quema las cortinas.
—Por Dios, Tessa. Eres muchísimo más inteligente que para estar llorando por una güera toda artificial —sentenció la pelirroja, sentándose en la orilla de la cama y tomando las manos de su prima—. Leticia tiene razón, nena. Escúchame bien: tú eres mucho más que esa zorra y que cualquier otra de las compañeras de juego de Luciano. Eres una Barone.
Tessa suspiró, mirando a su prima con fijeza, absorbiendo un poco de esa fuerza arrolladora.
—Ahora, te paras de esa cama —continuó Leticia, poniéndose de pie de un salto y quitándole las cobijas de un solo tirón—. Te metes a bañar, te arreglas como la princesa de la mafia que eres, y bajamos juntas a la estancia a escoger al mejor candidato para que sea tu futuro esposo. Le vas a enseñar a Luciano Marchesi lo que cuesta perderte.
¡Corre, Tessa! De verdad te lo digo, corre directo a la ducha porque yo no sé ustedes, pero yo conozco a Leticia y siento con total seguridad que si no te mueves en tres segundos, te va a vaciar una jarra de agua helada encima de la cabeza sin tentarse el corazón. La pelirroja no se anda con juegos.
Tessa soltó una pequeña risita, la primera de la mañana, y finalmente se sentó en la cama, tallándose los ojos. Leticia se ablandó un poco al verla, se inclinó y le dio un tierno abrazo, limpiándole el rastro de las últimas lágrimas con el pulgar.
—Y ya no llores más, mi nena —le susurró Leticia con un cariño profundo—. Tienes esos ojitos tan hinchados por culpa de un idiota que no te merece. Las reinas como tú no deben llorar por sapos que se creen lobos.