Durante días, las hermanas Caroline y Estefany Richi mantenían un romance secreto y prohibido, con los que se supone que son sus enemigos Marco y Fabián Rossi, desafiando el odio ancestral entre sus familias. Sin embargo, cuando un ataque brutal de la Bratva rusa destruye el hogar de los Richi, lo que era un pecado oculto se convierte en la única vía de salvación: un matrimonio oficial para unir a los dos clanes más poderosos de Chicago
Sin embargo, la unión estalla cuando descubren que el patriarca de los Rossi, Dante, fue el autor intelectual del asesinato de Elena, madre de las Richi. Ante la traición, los hermanos Rossi eligen a sus prometidas por sobre su padre, convirtiéndose en fugitivos. Ahora, los cuatro luchan desde las sombras para derrocar a Dante, eliminar a los rusos y reclamar el trono de Chicago.
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Marco Rossi …
El silencio dentro del vehículo era más pesado que el plomo. Caroline estaba a mi lado, recargando su pistola con una cadencia mecánica que me decía que estaba a un paso de romperse o de estallar. Estefany, en el asiento trasero junto a Fabián, mantenía la vista fija en la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad pasaban como hilos de neón borrosos
— No podemos seguir así — solté, y mi propia voz me sonó extraña, despojada de la autoridad que solía tener en la mansión — Huir no es una estrategia, es una agonía lenta. Mí padre no se va a detener hasta que no quede nada de los Richi, y eso nos incluye a nosotros si seguimos en su camino — dije mientras seguía conduciendo
Fabián levantó la vista. Sus ojos, antes llenos de una arrogancia juguetona, ahora eran dos pozos de amargura
— ¿Y qué sugieres, Marco? ¿Volver y pedirle perdón? — escupió con sarcasmo — Ha enviado al Sastre. Ese hombre es el perro de presa que solo suelta cuando quiere borrar una existencia del mapa. Mi propio padre intentó matarme esta noche, aunque diga que solo venía por ellas
— No vamos a pedir perdón — respondí, frenando el coche en un aparcamiento abandonado bajo las vías del tren elevado. El estruendo del metal sobre nuestras cabezas subrayó la violencia de mis palabras — Vamos a confrontarlo. Cara a cara. Sin intermediarios, sin capitanes, sin las chicas. Solo la sangre Rossi contra la sangre Rossi
Caroline se tensó. Su mano voló a mi brazo, apretándolo con una fuerza desesperada
— Es una trampa, Marco. Si entran en esa mansión sin nosotras, los va a encerrar o algo peor. No confíen en su instinto paternal, Dante Rossi dejó de ser padre el día que puso precio a la cabeza de sus nueras
— Lo sé, preciosa — dije, girándome hacia ella y tomando su rostro entre mis manos. La piel de Caroline estaba fría, pero sus ojos ardían — Pero él nos respeta a su manera. Somos su legado. Si hay una pizca de lógica en ese cerebro retorcido por el poder, entenderá que si nos mata a nosotros, su imperio muere con nosotros. No tiene a nadie más
Fabián asintió lentamente. Vi cómo la resolución se formaba en su rostro. Él también estaba harto de las sombras. Los Rossi siempre hemos preferido el golpe frontal a la puñalada en la espalda, aunque nuestro padre hubiera olvidado esa lección en su vejez
— Dejen a Pixelín en el punto seguro con Lorenzo y los hombres de Vittorio — ordenó Fabián a las hermanas — Nosotros iremos a la Fortaleza. Si no regresamos en tres horas, Lorenzo sabe qué hacer con las pruebas. Las filtrará a todas las familias y Dante será un hombre muerto caminando, con o sin nuestra ayuda
La despedida fue breve, cargada de una tensión que no necesitaba palabras. Dejamos a las mujeres en el taller de desguace de Lorenzo. Ver a Caroline quedarse atrás, con el arma en la mano y la mirada llena de un temor que no era por ella misma, sino por mí, fue la prueba más dura de mi vida. Pero para salvar lo que teníamos, primero tenía que encarar al monstruo que me dio el nombre
Fabián y yo cambiamos a un coche menos llamativo, un sedán gris que se fundía con la niebla de Chicago. El trayecto hacia la mansión de Lake Forest fue un viaje hacia el pasado. Recordé las veces que Dante nos llevaba a cazar, enseñándonos que la piedad era un lujo que los reyes no podían permitirse. Nunca imaginé que nosotros terminaríamos siendo las presas en su coto privado
Llegamos a la puerta principal de la mansión Rossi. Los sensores nos reconocieron de inmediato. Las pesadas puertas de acero se abrieron con un gemido electrónico. Los guardias, hombres que yo mismo había entrenado, nos miraban con una mezcla de miedo y respeto. Nadie se atrevió a levantar un arma. Seguíamos siendo los príncipes de esa casa, aunque fuéramos traidores a los ojos del rey
Entramos en el vestíbulo. El olor a cera para muebles caros y a la colonia amaderada de mi padre nos recibió. Todo parecía normal, una normalidad obscena teniendo en cuenta lo que estaba pasando. Dante nos esperaba en su despacho, el santuario donde se decidían los destinos de la ciudad
Al entrar, lo vimos. Estaba sentado tras su escritorio de caoba, bañada por la luz de una sola lámpara de escritorio. Parecía un espectro rodeado de sombras. No levantó la vista de los documentos que estaba firmando
— Han tardado más de lo que esperaba — dijo mí padre. Su voz era la de un hombre que habla del clima, no de un par de hijos que acaban de escapar de su asesino personal
— Retira a tus hombres, papá — dijo Fabián, dando un paso adelante. No había sumisión en su postura, solo una rabia gélida — Retira al Sastre y deja de perseguir a Estefany y a Caroline. La guerra con la Bratva es el problema, no las mujeres que elegimos
Mí padre levantó la vista. Sus ojos estaban hundidos, pero la chispa de la ambición seguía allí, brillando con una intensidad maníaca
— Ustedes no eligen, hijos míos — replicó con lentitud — Yo elijo por la familia. Esas mujeres son una distracción. Son el vínculo con un hombre, Vittorio, que ya no tiene utilidad. Al descubrir lo que pasó con su madre, se han convertido en un riesgo que no puedo permitirme. La lógica es simple: se eliminan las variables incontrolables
— No son variables, son nuestras mujeres — respondí, golpeando el escritorio con el puño — Y si intentas tocarlas de nuevo, no tendrás que preocuparte por los rusos. Tendrás que preocuparte por nosotros. ¿De qué te sirve un imperio si tus propios herederos son los que te van a enterrar?
Mi padre se reclinó en su silla, entrelazando sus dedos. Por un momento, vi una sombra de duda en su rostro, una grieta en su armadura de lógica implacable
— Creen que el amor es una razón para traicionar la sangre — dijo Dante — Pero el amor es volátil. El poder es eterno. Si las entregan ahora, les prometo que les encontraré esposas que no tengan secretos, mujeres que fortalezcan el linaje sin traer el equipaje de una venganza de veinte años
— No has escuchado ni una palabra — dijo Fabián, acercándose tanto que solo el escritorio los separaba — No estamos negociando. Estamos informando. Hemos dejado instrucciones. Si morimos, o si ellas mueren, las pruebas de tu complicidad en el asesinato de Elena Richi llegarán a la Comisión esta misma noche. Serás excomulgado. Tu propio consejo te ejecutará para salvarse ellos mismos
Dante guardó silencio. El tic-tac del reloj de pared era lo único que llenaba la habitación. Sabía que habíamos ganado esta ronda. No por sentimiento, sino por la única moneda que él entendía: el chantaje y la preservación del poder
— Son valientes al amenazarme en mi propia casa — murmuró Dante al fin — Han aprendido bien mis lecciones
— Aprendimos de los mejores — respondí con amargura — Ahora, da la orden. Llama al Sastre. Dile que la cacería ha terminado. O Chicago verá cómo el gran Dante Rossi cae por el peso de sus propios pecados
Dante suspiró, un sonido que pareció vaciarlo de su aire de invulnerabilidad. Tomó el teléfono encriptado de su escritorio y marcó un código corto
— Código Delta. Aborten. Retiren toda la vigilancia sobre los objetivos Richi. Es una orden directa
Colgó el teléfono y nos miró con un odio que solo un padre puede sentir por los hijos que lo han superado
— Váyanse — dijo — Pero no crean que esto ha terminado. La Bratva sigue ahí fuera, y ahora no tienen mi protección total. Si los rusos las matan, no será por mi mano, y no moveré un dedo para salvarlas
— No necesitamos tu protección — sentenció Fabián — Solo necesitamos que te quites del camino
Salimos del despacho sin mirar atrás. El aire del pasillo se sentía más ligero, pero sabía que la tregua era tan frágil como el cristal. Habíamos ganado tiempo, pero habíamos perdido a nuestro padre para siempre. Ahora, los hermanos Rossi éramos hombres sin rey, navegando en un mar de sangre con las únicas personas en las que podíamos confiar: las hermanas que nos habían enseñado que la lealtad es algo que se gana, no algo que se hereda
Al salir de la mansión, el frío de la noche me pareció vivificante. Saqué mi teléfono y marqué el número de Caroline. Ella respondió al primer tono
📲 — Estamos saliendo, preciosa — dije, y por fin pude respirar — Prepárate. El tablero ha cambiado, y ahora nos toca a nosotros hacer el primer movimiento contra los rusos.