Nació gemelo, pero jamás fue tratado como tal. Marcado en el rostro, fue despojado de nombre, amor y humanidad. Mientras su hermano era criado como el elegido, él fue guardado como reemplazo, como ofrenda silenciosa. Cuando el prometido huye la noche del sacrificio, la familia no duda: no lo buscan… lo borran.
Y entonces lo entregan a él.
Traicionado por su propia sangre, ofrecido a un demonio que nunca aceptó el trato original, descubre que el pacto no exigía un hijo perfecto, sino uno roto. En un mundo donde el amor es una mentira y la familia es el primer verdugo, aprenderá que la verdadera monstruosidad no viene del infierno, sino de quienes sonríen mientras te sacrifican.
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poder en las sombras.
Azrael observó cómo Verónica se alejaba con Daniel en brazos. Dio un paso para seguirlos, pero se detuvo cuando unos brazos lo rodearon por la espalda.
Lilian apoyó el rostro en su espalda, acariciando lentamente su pecho.
—Vete… —murmuró Azrael—. Esta noche no estoy de humor.
—Mi señor, esta es mi noche. Los domingos son míos desde que nos conocimos —le reprochó ella, girándolo para obligarlo a mirarla—. ¿Por qué hoy me dejas?
Azrael tenía lágrimas en los ojos.
Lilian se sobresaltó.
No se le veía triste. Su cuerpo seguía imponente, dominante… era como si alguien llorara a través de él. Las lágrimas recorrían su rostro en exceso, como si él mismo las ignorara.
Lilian no dijo nada más. Se marchó agitada, sin saber qué decir ni qué hacer. No entendía de dónde venían aquellas lágrimas.
Azrael entró a la habitación y se sentó en la cama.
Azrael: Sebastián —llamó, con voz tranquila pero profunda.
—Mi señor —el mayordomo emergió de las sombras.
—¿Quién lo dejó subir? ¿Por qué no lo detuviste?
—Mi señor, usted jamás me indicó que no podía subir a este piso. Además, no es la primera vez que lo hace.
—Sabes cómo se puso con lo de María. Sabías que estaba sensible… y aun así te quedaste mirando sin hacer nada. ¿Entonces para qué te confío mi casa?
—Lo siento… pero, mi señor, que él estuviera en ese estado es consecuencia de todo lo que usted le gritó ayer por la tarde.
Azrael tomó una botella de vino de la repisa y la lanzó contra la pared, haciéndola estallar en mil pedazos.
—Mi señor… no entiendo por qué le afecta tanto. ¿Acaso usted…?
Azrael alzó la mirada. Sus ojos hablaron por él.
—No lo sé, Sebastián. Solo siento que algo dentro de mí se mueve. No me gusta verlo llorar. Cuando está triste… es extraño. Quiero abrazarlo, pero es tan difícil entender a un humano.
Si de verdad me ama, no debería darle importancia a estas cosas. La mansión es enorme, puede ir a cualquier lugar. ¿Por qué venir aquí sabiendo que estaba con Lilian?
Sebastián se inclinó para recoger los fragmentos de vidrio.
—Los humanos, mi señor, son curiosos… y en ocasiones, inocentes. Tal vez el joven señor solo intenta olvidarlo, y su manera de hacerlo es precisamente esa: verlo a usted haciendo cosas que lo lastiman… para convencerse de que usted no es el indicado.
—¿Me dejará? — dijo casi para el mismo.
—Es muy probable, mi señor… Además, debo informarle que los nuevos sacrificios llegan mañana. ¿Qué debería hacerse? No puedo decirle al joven señor que se encargue, por el estado en que se encuentra, y usted… pues no creo que sea prudente en este momento.
—Lo haré yo. Infórmale a Olga que me acompañe.
—¿Pero, mi señor? —dijo Sebastián, confundido.
—Vete.
Sebastián se quedó con las palabras atrapadas en la boca.
Salió, y mientras cerraba la puerta lo observó una vez más: Azrael estaba sentado en la cama, mirando el piso. No se veía triste… se veía confundido, agotado.
Sebastián (pensando):
Mi señor, ojalá se dé cuenta de sus sentimientos antes de que sea demasiado tarde.
Lilian caminaba de un lado a otro en su habitación. No estaba desesperada; más bien, comenzaba a notar lo problemático que podía llegar a ser aquello.
—Ven acá —ordenó a una de las sirvientas que la atendía—.
Infórmale a Olga, María y Dalia que vengan a mi habitación. Es urgente.
En pocos minutos, una a una fueron llegando. Aunque vestían batas, estas eran finas, de un valor incalculable.
—¿Qué sucede? —preguntó Olga—. ¿No deberías estar con mi señor? Después de todo, eres la única con un día fijo.
—Ese humano llegó e hizo un escándalo —respondió Lilian—. Mi señor me pidió que me marchara.
—¿Aún no lo ha matado? —intervino María.
—Y no lo hará —dijo Lilian con frialdad—. Mi señor tiene sentimientos humanos por ese hombre.
Las tres la miraron, incrédulas.
—Eso es imposible —negó María—. No puedo creerlo.
Lilian la observó mientras encendía un cigarrillo, inhalando con calma.
—Ve a verlo tú misma.
—Esto ya debemos tomárnoslo en serio —dijo Olga—. Está bien que ese humano lo excite o lo haga sentir bien, pero estamos hablando de sentimientos.
¿Qué pasará si esto se filtra? ¿Qué pasará cuando ese humano muera? Ya conocemos las consecuencias de los que se enamoran.
—No será fácil matarlo sin que nosotras suframos las consecuencias —añadió Dalia—. Existen muy pocas opciones:
Hacer que mi señor se encapriche con alguien más.
Que él mismo decida irse y matarlo cuando salga de aquí, porque es obvio que mi señor lo buscará.
O hacer que un demonio fuerte, poderoso, traicionero y arrogante lo secuestre.
Todas sonrieron. Ya tenían al candidato perfecto.
—Drácula —pronunció Lilian.
—Así es —asintió Dalia—. Aunque mi señor Azrael es muy fuerte, debe mantener a las grandes familias de su lado, o al menos neutrales.
Ya hizo enojar a dos: los condes, padres de Heather y Eva. Ellos buscarán venganza, pero a nosotras no nos conviene una guerra ahora.
El señor Drácula encontrará la forma de tenerlo; solo debemos darle un pequeño empujón.
—Mis señoras…
Una voz tenebrosa emergió de la oscuridad sin aviso, sin hacerse sentir. Parecía un espectro.
La temperatura de la habitación bajo, las velas que alumbraban débilmente fueron consumidas por la aparición de este ser.
—Sebastián —dijo Dalia—. Cuánto tiempo. Y tu señor? rara vez sales sin él.
—Si mi señor estuviera aquí —respondió Sebastián—, esas hermosas cabezas suyas ya rodarían por este impecable y costoso piso.
Pero no estoy aquí por eso. Señora Olga, mi señor le ordena que mañana lo acompañe a recibir a los nuevos sacrificios.
Y en cuanto a lo que he escuchado… les diré algo como mayordomo y cuidador principal de las pertenencias del señor Azrael: las estaré observando.
Si la vida del señor Daniel está en juego, lo protegeré con mi vida, aun si tengo que terminar con las suyas.
Dalia: (sonrió) Te has vuelto más descarado… más arrogante que la última vez.
¿En serio crees que eres rival para nosotras?
La temperatura de la habitación aumentó. El recinto temblaba; las copas caían al piso mientras los empleados se alejaban tan rápido como podían.
Sebastián: No necesito decirles quién soy ni de lo que soy capaz. Eso ya lo saben perfectamente.
Ahora me retiro.
Por cierto, señora Lilian… fumar no hace bien, incluso si es inmortal. El olor se queda impregnado en la piel. Ya no está en edad para eso.
Sonrió maliciosamente y salió del lugar.
Habitación de Daniel
Verónica lo acostó lentamente en la cama. Casi de inmediato, el doctor llegó para revisarlo.
Pasaron unos minutos.
Verónica: ¿Y cómo está? —preguntó, preocupada.
—Físicamente está bien —respondió el doctor—. Lo suyo es emocional, y no sé cómo tratar eso.
Le sugiero que descanse, que evite emociones fuertes y que tome mucha agua.
Verónica: Está bien… lo haré.
sería genial qué pasará eso, queda como que el plan que tenía se dio vuelta y no salió como esperaba
ahhh más más capítulos