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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:20.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La Calma que Precede

La limusina negra se deslizó por las calles iluminadas de la ciudad, un capullo de acero y cristal tintado que los aislaba del mundo exterior.

Dentro, el silencio era cálido, cargado con el eco de la música y las conversaciones que acababan de dejar atrás. Valentina se hundió en el suave asiento de cuero, la energía que la había sostenido durante la gala comenzaba a disiparse, dejando a su paso una fatiga densa y familiar.

Dante estaba sentado a su lado, habiendo dejado atrás la frialdad ejecutiva para reclinarse con una languidez que a ella le resultaba nueva y fascinante. Se había quitado la chaqueta del esmoquin y desanudado la pajarita, que colgaba ahora alrededor de su cuello como un símbolo de tregua. Observaba la ciudad pasar por la ventana, pero su atención, ella lo sabía, no estaba fuera. Estaba con ella. Siempre con ella.

—¿Estás bien? —preguntó, sin mirarla, su voz un ronroneo grave en la penumbra.

—Sorprendentemente, sí —respondió ella, y era cierto. El cuerpo le pesaba, y un dolor sordo se instalaba en su pecho, recordatorio del esfuerzo de la noche, pero su espíritu se sentía… ligero—. Sobreviví a Isabella Renault. Eso cuenta como un triunfo olímpico, ¿no?

Él giró la cabeza hacia ella, una sonrisa dibujándose en sus labios.

—Isabella es un depredador de bajo nivel. Tú eres un tifón. Ni se comparan.

—Un tifón con la resistencia de un gatito recién nacido —bromeó ella, aunque la verdad se filtró en su tono.

La sonrisa de Dante se desvaneció. Su mirada se volvió seria, escrutadora.

—¿Te duele? —preguntó, directo como siempre.

Valentina dudó. La vieja costumbre de negar, de esconder, luchó contra la nueva y aterradora necesidad de ser honesta. Ganó la necesidad.

—Un poco. Solo… el cansancio habitual post-fiesta. Como si hubiera corrido una maratón en tacones.

Él asintió, comprendiendo. Sin decir una palabra, se inclinó hacia adelante y abrió una pequeña nevera empotrada en el panel divisorio. Sacó una botella de agua fría y se la ofreció.

—Bebe. Pequeños sorbos.

Ella obedeció, el agua fría aliviando su garganta seca. Él observaba cada trago, como un médico atento a su paciente, pero sin la frialdad clínica. Con una preocupación personal que le calentaba el alma.

—No tenías que hacer esto, sabes —dijo ella, bajando la botella—. Llevarme a casa como a una inválida.

—No estoy llevando a una inválida a casa —replicó él, firme—. Estoy acompañando a la mujer más intrigante que he conocido en mi vida después de una velada agotadora. Hay una diferencia.

—Semántica —murmuró ella, pero una sonrisa asomó a sus labios.

—Verdad —corrigió él.

La limusina se detuvo frente a su edificio. Dante salió primero y le ofreció la mano para ayudarla a bajar. El contacto fue eléctrico, como siempre. Ella se aferró a su mano, permitiéndole guiarla hacia la entrada. La noche era fresca, y un leve temblor la recorrió.

Inmediatamente, él se detuvo. Se quitó la chaqueta que colgaba de su hombro —no la del esmoquin, sino una de tweed que había llevado debajo— y la envolvió alrededor de sus hombros antes de que ella pudiera protestar. La prenda era enorme en ella, caliente aún con el calor de su cuerpo y con su olor —a limpio, a madera, a él— impregnado en la tela.

—Dante, no hace falta… —intentó decir.

—Calla —ordenó él suavemente, ajustando la chaqueta alrededor de ella—. Tiemblas.

—Es el aire —mintió débilmente.

—Es el agotamiento —dijo él, con esa certeza que la volvía loca y la tranquilizaba a partes iguales—. Te subo.

Caminaron lentamente hacia el ascensor. Dentro del reducido espacio, su proximidad era abrumadora. Valentina se apoyó en la pared metálica, sintiendo el peso de la noche y el de su mirada. Él no la tocó, pero su presencia llenaba cada centímetro cúbico de aire.

Al llegar a su puerta, ella buscó las llaves en su pequeño bolso de mano, pero sus dedos estaban entumecidos por el cansancio y temblorosos por su cercanía. La llave cayó al suelo con un tintineo metálico.

—Mierda —susurró, frustrada.

Dante se agachó antes de que ella pudiera reaccionar. Recogió la llave y, al levantarse, sus rostros quedaron a centímetros de distancia.

El pasillo estaba en silencio, solo iluminado por la tenue luz de una lámpara de emergencia. Su respiración se entrecortó. Él la miró a los ojos, y en su profundidad gris vio reflejada su propia vulnerabilidad, su deseo, su miedo.

—Valentina —murmuró su nombre, y sonó a plegaria y a advertencia.

—Dante —respondió ella, apenas audible.

Él alzó la mano lentamente, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse. Con el dorso de los dedos acarició su mejilla, un roce tan suave que fue casi imperceptible, pero que le incendió la piel. Fue un contacto que no buscaba nada más que el contacto mismo. Reconfortante. Afirmador. Devastador.

—No tienes que fingir conmigo —dijo, su voz ronca—. Nunca. Ni fuerza, ni sonrisas, ni valor. Puedes estar cansada. Puedes tener miedo. Puedes… no estar bien.

Las palabras, dichas en el silencio íntimo del pasillo, quebraron las últimas defensas que le quedaban. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no derramó. Asintió, incapaz de hablar.

Él sostuvo su mirada un momento más, luego bajó la suya a sus labios. El aire se cargó de una tensión eléctrica, dulce y terrible. Valentina contuvo el aliento. Todo su ser anhelaba ese beso. El sabor de su boca, la promesa de un consuelo más allá de las palabras.

Pero él no se inclinó. En lugar de eso, respiró hondo y dio un paso atrás, rompiendo el hechizo. La distancia física fue instantánea, pero la conexión emocional se intensificó hasta resultar casi dolorosa.

—Déjame abrir —dijo, su voz suave y firme, mientras giraba la llave con Cuidado.

Empujó la puerta y se hizo a un lado, permitiéndole entrar primero. Ella pasó por delante de él, sintiendo el calor de su cuerpo, oliendo su aroma. El apartamento estaba oscuro y en silencio.

Se dio la vuelta para enfrentarlo en el umbral. La tentación de invitarlo a pasar, de dejar que la noche terminara de una manera diferente, era abrumadora. Pero él lo leyó en sus ojos.

—No —dijo suavemente, negando con la cabeza—. No esta noche. Esta noche descansas.

La decepción fue aguda, pero también vino acompañada de un profundo agradecimiento. Él no quería aprovecharse de su debilidad. Quería que fuera su elección. Una elección hecha desde la fuerza, no desde la necesidad.

—¿Cómo… cómo sabes siempre lo que necesito? —preguntó ella, con la voz temblorosa.

—Porque te miro —respondió él, como si fuera lo más obvio del mundo—. Y porque es lo que yo necesitaría.

Ella asintió, tragando saliva.

—Gracias. Por… por todo. Por el baile. Por la chaqueta. Por no… por no besarme.

Él esbozó una media sonrisa, cargada de promesas.

—Oh, no me des las gracias por eso aún —dijo, con un tono ligeramente juguetón—. Cuando ocurra, no querrás que me detenga.

Un calor intenso le recorrió el cuerpo. Él alzó la mano y le acarició suavemente la mejilla una vez más.

—Ahora, entra. Bebe agua. Toma tu medicación. Y duerme. Te llamo por la mañana.

Ella asintió, incapaz de articular palabra.

Él dio otro paso atrás, hacia el ascensor.

—Buenas noches, Valentina.

—Buenas noches, Dante.

Él esperó a que ella cerrara la puerta. Valentina se apoyó contra la madera, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo hasta que el sonido del ascensor anunció que se iba.

Deslizó la chaqueta de lana de sus hombros y se la llevó a la nariz, inhalando profundamente su aroma. Una paz profunda, mezclada con una excitación contenida, la inundó.

Se dirigió al baño y se miró en el espejo. Sus ojos brillaban, sus mejillas estaban sonrojadas y en su pecho el corazón latía con una fuerza que no tenía nada que ver con la enfermedad y todo que ver con el hombre que acababa de irse.

Un hombre que veía sus grietas no como defectos, sino como parte del paisaje, y que elegía quedarse a admirar la vista.

Tomó su medicación, y por primera vez, el gesto no le pareció un recordatorio de su fragilidad, sino un acto de autocuidado. Un acto que le permitiría estar allí al día siguiente. Para él.

Al acostarse, abrazó la chaqueta de tweed. La calma que sentía no era la de la resignación, sino la que precede a la tormenta.

Y por primera vez, no le tenía miedo a la tormenta.

Porque sabía, con una certeza que le llenaba el alma, que no la enfrentaría sola.

Dante estaba allí, en la otra orilla, esperándola. Y esa espera valiente y paciente era el regalo más erótico, más romántico y más aterrador que alguien le había hecho nunca.

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America Lopez
encantadora historia, muy auténtica
Thana: Me da gusto que le gustara 🥰
total 1 replies
Melisuga
Una pareja real es un 100 % en sí misma, como un todo único e indivisible. El cómo distribuyen las porciones de ese 100 es una cuestión interna, particular de cada una, y se reacomoda minuto a minuto, según las fortalezas, debilidades y necesidades de cada uno de sus integrantes. Unas veces irán a la mitad y otras, uno tendrá que poner más que el otro para equilibrarse mutuamente. Pero siempre, SIEMPRE serán el 100 los dos JUNTOS.
💖💖💖
Melisuga
Es un proceso muy fuerte y desgastante. Se precisa mucha fuerza de voluntad y mucha fe para salir adelante. Por suerte, ellos la tienen y se sostienen mutuamente.
💖💖💖
Thana: Me alegra mucho que le esté gustando ❤️
total 1 replies
Melisuga
Ha sido un capítulo precioso y muy emotivo.
🥹💖🥹
Melisuga
Otra declaración de amor descarnada y poco común.
Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Thana: Muchas gracias por leerla y disfrutarla ❤️
total 1 replies
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
Melisuga
La intensidad de los sentimientos y la relación de Valentina y Dante me desborda.
💖💖💖
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
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