Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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una noche Agitada
—¿Te gusta? —preguntó Andrés.
—Sí, es realmente bonito —sonrió Agustina—. Hace mucho no salimos así.
—Sí. Oye, ¿qué tal si ordenamos algo? —propuso Andrés, un poco tímido.
—Sí, claro... —Agustina tomó la carta y comenzó a buscar qué comer—. ¿No está muy caro?
Andrés soltó una risa.
—No lo puedo pagar. Recuerda que trabajo en un gran hospital.
Arriba, Louis miraba hacia todos lados, buscando con la mirada a Agustina.
—Louis, ¿qué quieres ordenar? —preguntó Carolina, curiosa.
—Agustina... —susurró Louis.
Carolina no alcanzó a escucharlo.
—¿Qué, amor? ¿Qué pediste? —preguntó.
Louis volvió en sí.
—Ah... agua.
—¿Agua, amor? ¿Por qué no pides otra cosa? ¿Una sidra, champán? —sugirió Carolina.
La mesera estaba anotando el pedido.
—Quiero carne con un saltado de arroz —pidió Carolina—. Amor, ¿qué quieres tú?
Louis seguía mirando hacia abajo.
—Quiero que se separen —murmuró mientras apretaba la servilleta.
—¡LOUIS! —Carolina golpeó la mesa.
Él la miró fijamente.
—¿Qué pasa, cielo?
—¿Por qué no me haces caso? —reclamó, enojada.
—Perdón. Es que... no importa —sonrió—. Comamos.
—Amor, todavía estamos ordenando —respondió ella, sin entender.
Louis rio nerviosamente.
—Perdón, cielo. Quiero lo mismo que ella pidió.
Carolina sonrió.
—¿En serio vas a querer eso? ¿No querrás pollo o algo así? —preguntó, curiosa.
Él negó con la cabeza y esperó su comida.
Abajo, Agustina y Andrés estaban comiendo.
—¿Quieres pollo o langosta? —preguntó Andrés.
Ella sonrió.
—Quisiera pollo con ensalada.
—Yo quiero una langosta —respondió Andrés entre risas.
Mientras tanto, Carolina miraba a Louis, quien no dejaba de mirar hacia otros lados.
—Louis, ¿qué estás mirando? Desde que llegamos no dejas de mirar hacia allí abajo —reclamó, molesta.
—Sí, sí, amor. Todo lo que tú digas —respondió él, mientras volvía a mirar hacia abajo.
Andrés y Agustina estaban riendo.
—¿En serio pasó eso con una paciente? —preguntó Agustina entre risas.
—Sí. Quería que le diera un jarabe menos amargo para su bebé —respondió Andrés riendo—. Agustina, ¿y qué tal tú y Leo?
—Está bien. Está muy feliz de que esté su papá —respondió con una sonrisa.
—¿Y tú estás feliz de que él esté? —preguntó Andrés, curioso.
Agustina soltó un suspiro.
—En verdad, no sé qué decir. Está casado. No puedo decir mucho sobre él.
Andrés la observó.
—Oye, hace unos días te vi con Eric. ¿Qué es eso? ¿Acaso te sigues hablando con esa gente? ¿No quedó todo mal? —preguntó, serio.
—Ah, es que me quedé curiosa —Agustina dejó el tenedor sobre el plato—. Quería saber qué pasó esa noche. Eric me ayudó al día siguiente.
Andrés la miró con curiosidad.
—Una pregunta. ¿Cómo conoces a Eric?
—Bueno, antes de ser novia de Martín, era amiga con derechos de Eric. Después conocio Eric a Evelyn y todo cambió. Ahí, Andrés, no me mires así —rio—. Era una chiquitita que no sabía qué hacer.
—¿No te sabías la de estudiar? —bromeó Andrés.
—No... Estaba rebelde. ¿Y tú cómo conociste a Louis? Porque con Mónica eran amigos de infancia.
Andrés sonrió.
—Bueno, él era un nerd. Yo tampoco tenía amigos y Louis tenía problemas. Además, su hermano mellizo cuidaba a su mamá y el mayor trabajaba. Y Louis... bueno, quería esa beca.
Cuando Agustina escuchó la palabra beca, sintió un dolor en el pecho y recordó aquel día.
—¿La beca? ¿Cómo la ganó? —preguntó con curiosidad.
—Bueno, estudió mucho para ganarla. Él siempre soñó con ser doctor —explicó Andrés con una sonrisa—. Y no podía pagarla. Extrañamente, alguien pagó la beca completa y la ganó el día después de la noche de la fiesta.
Agustina quedó completamente callada.
Siguieron hablando hasta que, de repente, Louis comenzó a tirar cosas desde arriba.
—¡Ahí! ¡Qué molesto! ¡Esto es comida! —se quejó Andrés mientras miraba hacia arriba.
En la parte de arriba, Carolina regañaba a Louis.
—¡Deja de hacer eso! Vamos a pedir el postre —dijo mientras buscaba en la carta.
—¿El postre? —respondió Louis, pero seguía sin hacerle caso.
Carolina cerró la carta.
—¿Sabes qué?
Se levantó de la mesa.
—No... te importo. Desde que llegamos estás mirando otras cosas.
—Carolina, espera. Es un malentendido —Louis tomó su mano.
—¡Ya déjame, tonto! —respondió ella antes de marcharse, enojada.
Louis fue detrás de ella.
Mientras tanto, abajo, Agustina seguía feliz junto a Andrés.
—Agustina, sabes que tú me... —comenzó a decir Andrés.
Pero antes de terminar, alguien llamó.
—¿Hola? —respondió Agustina.
Su expresión cambió.
—¿Qué? ¿Cómo que Leo tiene fiebre?
Se levantó rápidamente y tomó su cartera.
—Leo tiene fiebre. Ven, Andrés, debes verlo.
Lo tomó del brazo y se lo llevó.
Mientras tanto, en el parque, Carolina caminaba enojada.
Louis la alcanzó.
—Amor, ¿qué pasa? —preguntó.
—Deja de ser así. Me estás mintiendo. No me haces caso. ¿Dónde está mi príncipe que nunca baja su mirada para ver a otras? —reclamó.
Louis suspiró.
—Bueno, Carolina, las cosas cambian. Perdón. Estoy distraído.
—Sí, claro... Tú nunca me amaste —respondió ella, fingiendo llorar.
—No, no llores —dijo Louis, acercándose—. Perdón. Fui un tonto.
Carolina lo abrazó.
—Amor, ¿por qué me tratas así, indiferente? —susurró mientras lo abrazaba.
En la casa de Agustina, ella llegó a toda prisa.
Allí estaban Cristian y Mónica.
—¿Qué le pasó a mi hijo? —preguntó asustada.
—No sé. Empezó a decir que quería a su papá y le subió la fiebre —explicó Cristian.
Andrés revisó a Leo.
—Sí, tiene fiebre alta. Capaz tuvo estrés debido a lo de su papá y eso le provocó la fiebre —explicó—. Será mejor que lo cuides hoy.
Horas después, Andrés se fue con Mónica porque ya era tarde. Cristian también se fue a dormir.
Todo permaneció tranquilo hasta que, en plena noche, un grito despertó a Agustina.
—¡Quiero a papá! —lloró Leo.
Agustina corrió hacia su habitación.
—Pero es tarde, cielo. Papá mañana trabaja —le explicó.
—¡Papá! Quiero a papá —lloró nuevamente.
Agustina no tuvo otra opción y decidió llamarlo.
Por suerte, apenas eran las once de la noche y Louis todavía estaba con Carolina.
—Qué bonita está la noche —sonrió Carolina—. Sabes, mi vestido de novia quiero que sea grande y tenga muchos brillos. Louis, ¿me escuchaste?
Louis parecía distraído.
—Oye, ¿crees que a Leo le gusten los dinosaurios? Vi unos juguetes para él.
Carolina se detuvo y lo miró.
—¿Qué tiene que ver él? —preguntó, enojada.
En ese momento, el teléfono de Louis comenzó a sonar.
Él contestó.
—¿Qué? ¿Leo?
Se alejó de Carolina.
—¡Louis! ¿Dónde vas? —gritó ella.
Pero él ya había comenzado a correr sin hacerle caso.
El parque estaba cerca de la casa de Leo.
Louis llegó y tocó la puerta.
Agustina abrió.
—Qué bien que viniste. Sin ti, Leo no quiere tomar sus medicinas —le explicó.
Louis entró rápidamente.
Fue hasta el cuarto.
Era muy lindo.
—Leo...
El niño lo vio y corrió hacia él para abrazarlo con fuerza.
—¿Por qué no tomas tu medicina? —preguntó Louis.
Leo lo abrazó más fuerte.
—Porque quiero estar con ustedes —susurró.
Poco a poco, el niño se quedó dormido.
Agarró una mano de Agustina y la otra de Louis.
Agustina los miró a ambos.
—Gracias por venir —susurró.
Louis observó a Leo dormido.
—De nada.