Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 18: La Fiebre Negra.
Había preguntas que una mujer esperaba hacer después de casarse.
Qué tierras pertenecían a su esposo. Cómo administraba su fortuna. Si quería tener hijos.
Yo, en cambio, estaba en medio del patio de Draeven preguntándole al mejor amigo de mi marido qué significaba exactamente que mi esposo estuviera en celo.
—Explíquelo.
Ronan miró hacia el lugar por donde Killian había desaparecido.
—Preferiría no hacerlo.
—Mala suerte.
—Alamea...
—¿Por qué todos en el Norte conocen las cosas extrañas que le ocurren a mi esposo excepto yo?
—Porque lleva casada con él unas dos semanas.
—Tiempo suficiente para descubrir que duerme encadenado una vez al mes.
Ronan pareció considerarlo.
—Buen punto.
—Ronan...
—Está bien.
Se pasó una mano por el rostro.
—La Fiebre Negra aparece en algunos portadores de criaturas antiguas cuando el vínculo reconoce a una pareja compatible.
Parpadeé.
—¿Compatible para qué?
Ronan me miró.
Lo miré.
Sus cejas subieron ligeramente.
—No.
—Sí.
—¿Intimidad?
—Entre otras cosas.
Sentí que el rostro comenzaba a arder.
Magnífico.
Mi esposo estaba huyendo por Draeven porque su lobo mágico había decidido involucrarse en nuestra vida matrimonial.
—¿Y qué otras cosas?
—Vínculo mágico. Descendencia. Estabilidad del portador.
La última palabra consiguió devolverme la seriedad.
—¿Estabilidad?
—Eamon podrá explicarlo mejor.
—Entonces busquemos a Eamon.
Encontramos al anciano en la biblioteca.
Ronan ni siquiera saludó.
—Killian entró en Fiebre Negra.
Eamon dejó caer el libro que sostenía. Comenzaba a sospechar que aquello era una costumbre entre los estudiosos del Norte.
—Imposible.
—Eso dijo usted cuando Morvath se arrodilló ante mí —comenté—. Estamos acumulando bastantes imposibles.
Eamon me señaló.
—¿Estaba usted cerca cuando comenzó?
—Sí.
—¿Lo tocó?
—No.
—¿Sangró?
—No.
—¿Estaba asustada?
—Estaba hablando con mi esposo. Naturalmente estaba irritada.
Ronan disimuló una risa.
Eamon comenzó a buscar libros.
—¿Qué ocurre exactamente durante esta fiebre? —pregunté.
—Depende del vínculo.
—Quiero una respuesta que no empiece con depende.
—Entonces eligió el tema equivocado.
Encontró un volumen.
—Morvath pertenece a una especie de criaturas vinculadas a los antiguos soberanos del Norte. Sus portadores desarrollaban ciertas respuestas cuando encontraban una Guardiana compatible.
—Ronan dijo pareja.
Eamon miró a Ronan. Ronan estudió el techo.
—Ambas cosas son ciertas.
Sentí que empezaba a comprender. Y no me gustaba cuánto se aceleraba mi corazón.
—¿Killian ha tenido esto antes?
Silencio.
—¿Eamon?
—No.
Aquello me sorprendió.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Entonces cómo saben qué es?
—Porque existen registros de otros portadores.
Eamon abrió el libro.
—La última Fiebre Negra documentada ocurrió hace cuatrocientos doce años.
Me quedé mirándolo.
—¿Cuatrocientos años?
—Morvath no reconoce fácilmente a una compañera.
—Deje de llamarme compañera.
—No soy yo quien la llamó así.
Señaló el libro.
Me acerqué.
Había una ilustración de un enorme lobo negro junto a dos figuras humanas. Un hombre. Una mujer. La mujer llevaba en el cuello el símbolo de mi colgante.
Sentí un escalofrío.
—Una Guardiana.
—Sí.
Eamon pasó una página.
—El vínculo entre criatura y portador consume lentamente al humano. Las Guardianas podían equilibrarlo.
Miré las líneas negras dibujadas sobre el cuerpo del hombre.
—Las marcas...
—Exactamente.
—Entonces Killian me necesita para sobrevivir.
—Posiblemente.
—Eso no explica el celo.
Ronan tosió.
—Esa parte es bastante más sencilla y primitiva.
Lo fulminé con la mirada. Eamon continuó:
—El vínculo busca perpetuarse.
Comprendí.
—Hijos.
—Sí.
El calor regresó a mi rostro.
—¿Morvath quiere que tengamos hijos?
—Morvath quiere preservar el vínculo.
—Puede quererlo todo lo que quiera...
Eamon sonrió ligeramente.
—Por eso Killian huyó.
Aquello me hizo callar.
—¿Qué?
—La Fiebre intensifica los sentidos, el instinto territorial y el deseo. Pero no controla la voluntad.
Sentí alivio.
—Entonces Killian sigue siendo Killian.
—Completamente.
—¿Y por qué se encerró?
Ronan respondió esta vez.
—Porque sabe exactamente qué desea.
El silencio se volvió incómodo.
—Ya veo.
Ronan tuvo la decencia de mirar hacia otro lado.
—¿Cuánto dura?
—Tres días —respondió Eamon—. Quizá cuatro.
—¿Y qué debo hacer?
Ambos respondieron simultáneamente.
—Mantenerse lejos.
Fruncí el ceño.
—Eso parece excesivo.
—Killian probablemente pueda controlarse —explicó Eamon—, pero su proximidad intensificará la fiebre.
—Entonces no me acercaré.
Ronan pareció aliviado.
—Excelente.
Me levanté.
—¿Dónde está?
Su alivio murió.
—Reina Alamea...
—Solo pregunté.
—No diremos absolutamente nada.
—Ronan...
—Me pidió específicamente que no se lo dijera.
Entrecerré los ojos.
—¿Dónde está mi esposo?
Él desvió su mirada sin decir ni una sola palabra. Sonreí.
—Gracias.
—No dije nada.
—Miró hacia la ventana de la torre oriental.
Ronan cerró los ojos.
—Odio este matrimonio.
No fui a buscarlo. No inmediatamente. No tenía intención de perseguir a un hombre que me había pedido distancia mientras atravesaba algo que claramente no podía controlar.
Pero al caer la noche comenzó la tormenta.
Y Morvath apareció frente a mi puerta.
El lobo arañó la madera.
—¿Qué quieres?
Gruñó.
—Tu capacidad comunicativa necesita trabajo.
Morvath comenzó a caminar.
Después miró hacia atrás.
—No.
Continuó.
—Eamon dijo que debía mantenerme lejos.
Morvath gruñó.
—Tú eres precisamente la causa del problema.
Me mostró los dientes.
—Está bien.
Lo seguí.
La tormenta golpeaba las ventanas mientras atravesábamos Draeven. Morvath me condujo hasta la torre oriental. Había dos guardias frente a la puerta. Ambos parecieron horrorizados al verme.
—Mi reina...
—¿Está dentro?
Nadie respondió. Escuché un golpe. Después una respiración pesada.
—Killian.
Silencio.
Me acerqué.
—Killian...
—Vete.
Su voz atravesó la madera. Era mucho más grave de lo normal.
—Morvath me trajo.
—Morvath es un traidor.
El lobo se sentó. Casi parecía satisfecho. Apoyé una mano contra la puerta.
—¿Está bien?
—Sí.
Otro golpe.
—Eso no sonó bien.
—Alamea.
—¿Qué?
Silencio.
Después escuché:
—Puedo olerte desde aquí.
Retiré la mano. Los guardias contemplaron repentinamente lugares muy interesantes de las paredes.
—Eso es inquietante.
Una risa ronca llegó desde dentro.
—Lo sé.
—Eamon me explicó la Fiebre.
La risa desapareció.
—Voy a matarlo.
—Ronan también ayudó.
—A los dos.
Sonreí.
—Me dijeron que nunca había ocurrido antes.
Killian no respondió.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Por qué ahora?
Escuché pasos.
La sombra de Killian apareció debajo de la puerta.
—Sabes por qué.
Mi corazón dio un golpe.
—Quiero escucharlo de usted.
—No.
—Killian...
—No tienes idea de lo que estás pidiendo.
Su voz sonó justo al otro lado de la madera. Solo una puerta nos separaba.
—Entonces explíqueme.
Pasaron varios segundos.
—Todo en mí sabe dónde estás.
Dejé de respirar.
—Puedo escuchar tu corazón desde aquí. Reconozco tus pasos entre los de cualquier persona de esta fortaleza...
Su voz bajó todavía más.
—Y tu olor...
Se interrumpió.
Morvath levantó las orejas.
—¿Mi olor qué?
—Alamea...
La advertencia hizo que un escalofrío descendiera por mi espalda.
—No abras esta puerta.
No tenía intención de hacerlo. Al menos eso me repetí.
—¿Podría hacerme daño?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Jamás.
Apoyé nuevamente la palma sobre la madera.
—Entonces ¿por qué?
Escuché cómo Killian hacía lo mismo desde el otro lado. No podía verlo. Pero podía sentirlo. La corriente conocida apareció entre nosotros incluso a través de la puerta.
Una débil luz plateada rodeó mis dedos.
—Porque quiero tocarte...
Su voz apenas fue un murmullo.
Mi corazón se aceleró.
—Eso no parece particularmente terrible.
—No quiero solamente tocarte.
Cerré los ojos.
Muy bien.
Aquello era diferente.
—La fiebre no puede obligarlo a hacer nada, Eamon me lo dijo.
—Entonces Eamon debería haber explicado también que ese es precisamente el problema.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Killian guardó silencio durante tanto tiempo que pensé que no respondería.
Finalmente habló.
—Que Morvath puede intensificar lo que siento.
Su mano continuaba al otro lado de la puerta.
—Pero no puede crear algo que no existe.
Abrí los ojos. El aire abandonó lentamente mis pulmones. No era Morvath. No completamente.
Killian me deseaba incluso antes de la fiebre. Probablemente desde hacía más tiempo del que cualquiera de los dos quería admitir.
—Killian...
—Vuelve a tu habitación.
Esta vez no discutí y retiré la mano. La luz desapareció. Di un paso atrás. Después otro. Morvath permaneció sentado.
—Ven.
El lobo no se movió.
—Morvath.
Sus ojos plateados estaban fijos en la puerta. Entonces escuché algo dentro. Un gruñido ahogado. Después el sonido de madera rompiéndose.
Los guardias se tensaron.
—¿Killian?
—Vete, Alamea.
Su respiración era cada vez más pesada.
Me obligué a retroceder.
—Buenas noches.
No respondió.
Comencé a caminar.
Había avanzado apenas unos metros cuando escuché su voz.
—Alamea.
Me detuve.
—¿Sí?
Hubo una pausa.
—Cierra tu puerta esta noche.
Me giré.
—¿Con llave?
—Con todas las que encuentres.
Sentí que mis mejillas ardían.
—¿Eso era una broma?
—No.
Continué mirándolo aunque solo pudiera ver la puerta.
Entonces Killian añadió:
—Y no dejes entrar a Morvath.
Miré al lobo.
Morvath me observó.
—Creo que él tiene otros planes.
Killian maldijo desde el interior. Sonreí y regresé hacia mis habitaciones. Pero aquella noche no conseguí dormir. No porque temiera que Killian cruzara la puerta. Sabía que no lo haría.
El problema era mucho peor. Cada vez que cerraba los ojos recordaba sus palabras: Morvath puede intensificar lo que siento. Pero no puede crear algo que no existe.
Y por primera vez desde que comenzó aquel absurdo matrimonio, tuve que enfrentarme a una posibilidad mucho más peligrosa que Cassiel, una guerra o una criatura ancestral.
Quizá el deseo de Killian no era el único que había empezado mucho antes de la Fiebre Negra.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰