Todo lo que hace una mamá por el bien de su hijo.
Anastasia una joven mamá que se verá obligada a tomar una drástica desicion para salvar la vida de su hijo.
Podrá Anastasia salvar asu hijo y también encontrar el amor verdadero.
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No podre vivir sin el
Sin esperarlo, Anastasia se levantó de un salto y, con el corazón hecho trizas, le propinó tres cachetadas al hombre que, con una frialdad que le helaba la sangre, le confesó que siempre supo que tenía un hijo enfermo y que, sin embargo, nunca hizo nada para remediarlo.
—Eres un maldito inhumano —exclamó la joven, con lágrimas que surcaban su rostro sin control—. ¿Cómo puedes decirlo tan tranquilo? ¿Qué clase de persona puede ignorar a un hijo, y más aún sabiendo que está enfermo?
Óscar, sobándose la mejilla donde aún ardían los golpes, la miró con una mezcla de resignación y dolor.
—Sé que merezco las bofetadas que me diste, Anastasia. Merece que me insultes, que me odies… Lo merezco todo. Pero créeme, después de lo que te voy a contar, no solo querrás insultarme y golpearme, sino también matarme —respondió con una serenidad inquietante.
Anastasia, agotada y confundida, volvió a sentarse en el sofá, llevándose las manos a la cabeza mientras intentaba asimilar aquel giro inesperado.
—¿De qué hablas ahora, desgraciado? ¿Qué más vas a salir a decir? —murmuró, con la voz quebrada por la desesperación.
Óscar respiró hondo y, con voz firme, reveló la condición que había mantenido oculta hasta ese momento.
—Seré el donante para nuestro hijo, pero a cambio quiero que me firmes la custodia. Una vez que él se haya recuperado, lo llevaré conmigo a Estados Unidos —dijo, imperturbable.
Anastasia levantó la cabeza de repente y soltó una risa nerviosa, como si aquello fuera una broma de mal gusto.
—Tu “chiste” no es nada gracioso —murmuró, sin poder ocultar su incredulidad.
Pero Óscar no sonreía. Su rostro era una máscara de determinación.
—No es un chiste, Anastasia. Mi esposa no puede tener hijos y desea profundamente ser madre. Nuestro hijo es la única esperanza para que podamos sentirnos completos —explicó con una calma que helaba la sangre—. Por eso te lo pido, aunque sé que es difícil para ti.
El corazón de Anastasia se rompió en mil pedazos. No podía creer que aquel hombre fuera capaz de chantajearla de esa manera tan cruel.
—¿¡Cómo te atreves!? —gritó, atacándolo con sus puños mientras las lágrimas brotaban sin control—. ¿Cómo puedes usar a nuestro hijo para amenazarme? ¡Eres un monstruo!
Óscar no se defendió. Sabía que lo que hacía era terrible, pero creía que no tenía otra opción. Su esposa sufría cada día, rogando por un hijo que no podía darle, y él buscaba desesperadamente una solución, aunque fuera a costa del corazón de Anastasia.
—Lo siento, Ana —dijo con voz quebrada—, pero esa es la condición. Si no accedes, no seré el donante.
Las palabras cayeron como un golpe seco. Anastasia sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
—¡Cállate! —explotó, sin fuerzas para seguir escuchándolo—. No quiero oír más.
Óscar la miró con tristeza, consciente de que estaba destrozando a la mujer que una vez amó.
—Te daré tiempo para pensarlo —dijo antes de levantarse—. La custodia a cambio de ser el donante.
Anastasia volvió a sollozar, sin poder contener la angustia.
—Por favor, Óscar, no me hagas esto —rogó, arrodillándose frente a él—. No podría vivir sin mi hijo. Te lo suplico.
Él bajó la mirada, sintiendo el peso de sus propias decisiones.
—No compliques más las cosas, Ana. Piensa en el niño, en que estará bien, que nunca le faltará nada. ¿Le negarías la posibilidad de vivir? —susurró, intentando hacerla entender.
—Tú no sabes nada de él —respondió ella, con la voz rota—. No sabes ni su nombre, ni qué le gusta hacer, ni cuál es su comida favorita. No sabes nada.
—Eso se aprende —replicó Óscar—. Eres joven, Anastasia, y tendrás más hijos. Olvidarás todo lo que pasaste con nuestro hijo.
La rabia volvió a incendiar a Anastasia, quien no dudó en lanzarle un grito.
—¡Cállate, infeliz! ¿Acaso tengo la culpa de que tu esposa no pueda tener hijos? —escupió con furia.
Óscar, por primera vez, perdió la compostura.
—¡Basta, Anastasia! —exclamó, acomodándose el saco—. Sabes lo que quiero. Si verdaderamente amas a nuestro hijo, aceptarás mi propuesta. Es la única forma de que sobreviva.
Con esas palabras, se dirigió hacia la puerta, decidido a poner fin a la discusión. Pero justo cuando estaba a punto de salir, la voz de Anastasia lo detuvo.
—Espera, Óscar —lo llamó con voz temblorosa.
Él giró para mirarla, encontrándose nuevamente con aquella mujer rota pero firme.
—Está bien —aceptó ella, limpiándose las lágrimas—. Te daré la custodia. Pero mañana mismo tienes que venir a hacerte la prueba de compatibilidad.
Si esa era la única manera de salvar la vida de su hijo, Anastasia estaba dispuesta a sacrificar su felicidad, aunque eso significara vivir un infierno.
—Has tomado la mejor decisión —dijo Óscar, intentando tocar su brazo en señal de consuelo, pero ella lo esquivó y salió primero de la casa.
—Mañana a las siete, preséntate en la clínica y pregunta por el doctor Juan. Él te hará la prueba —le advirtió antes de desaparecer tras la puerta.
Anastasia salió tambaleándose, las lágrimas nublando su visión mientras caminaba por las calles del pueblo. El sol se ocultaba lentamente, y con él, su esperanza parecía desvanecerse.
El dolor era insoportable. Ni ella misma entendía la magnitud del vacío que sentía en el pecho al imaginar un futuro sin su pequeño. Ese angelito era su vida, su motor para levantarse cada mañana, su aire para respirar. ¿Cómo podría vivir sin él?
Tras más de media hora de caminar sin rumbo, llegó a la casa que desde hacía casi dos meses se había convertido en su refugio. Frente al gran portón, el vigilante la observó con preocupación.
—¿Está bien, señora? —preguntó con cautela.
Anastasia solo asintió con la cabeza y entró sin decir palabra.
Al llegar a la puerta, la señora Leticia la esperaba, avisada por el guardia sobre el estado en que había llegado la joven. Desde que Anastasia había llegado a la hacienda, se había ganado el cariño de todos por su amabilidad y nobleza. Sin embargo, no todos la veían con buenos ojos. Rocío, la cocinera, era la única que no la soportaba. También provenía de Estados Unidos y conocía a Antonio desde la escuela, aunque nunca hubo entre ellos más que una amistad teñida de admiración unilateral.
Anastasia, al ver a Leticia, se dejó caer en sus brazos, llorando como nunca antes. La señora la envolvió con sus brazos, acariciándole suavemente el cabello, compartiendo el dolor sin saber exactamente la causa.
—Tranquila, mi niña, tranquila —susurró Leticia—. ¿Qué pasó? ¿Por qué has vuelto así?
Anastasia, entre sollozos, apenas pudo responder.
—¿Cómo podría vivir sin él? —gritó con el alma rota—. Él es el aire que respiro, mi vida entera. ¿Cómo voy a sobrevivir sin mi hijo?
Leticia la sostuvo con ternura, intentando calmarla.
—Ya cálmate, mi vida. Mira lo mal que estás —le dijo con voz suave, mientras lágrimas rodaban por sus mejillas—. Aquí estamos contigo.