Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 13
Tenía los labios calientes y temblorosos, la respiración entrecortada, los pechos endurecidos, y un inquietante hormigueo en el estómago...
Hacer el amor. Sentirlo en su interior. Solo tenía que mirar a Hassan para saberlo. Estaba a punto de reclamar lo que le pertenecía.
-Te arrepentirás de esto -le advirtió ella sin mucha convicción.
-¿Me estás rechazando? -replicó él, en un tono que indicaba su interés por la respuesta, pero solo por pura curiosidad.
No, pensó Geisa. No estaba negándole nada de lo que quería tomar esa noche. Levantó una mano y le tocó la boca con un dedo. Le trazó la línea de los labios. suspiró, y se puso de puntillas para besarlo de nuevo.
Él la sujetó por las caderas y la apretó, mientras ella le pasaba la mano por el cuello y entrelazaba los dedos por su cabello oscuro. Fue un abrazo largo e in- tenso. El vestido de Geisa cayó al suelo, dejándola con un sujetador dorado, unas braguitas largas y medias. Hassan conocía bien los puntos erógenos de su piel y, cuando le quitó el sujetador y deslizó los dedos bajo las braguitas para apretarle el trasero, ella le permitió que la tocara cuanto quisiera. Los dos se conocían, los dos se querían... Los dos se preocupaban el uno por el otro. Tal vez se pelearan y discutieran muy a menudo, pero nada destruía el amor. Era algo vital para ellos, como el aire que respiraban.
-Me deseas -dijo él.
-Siempre te he deseado.
-Soy tu otra mitad.
La mitad partida, pensó Geisa dejando escapar un suspiro de melancolía.
Él volvió a tomar posesión de su boca, como si quisiera impedirle que siguiera pensando. La acostó en la cama y le quitó las braguitas. Entonces empezó a desnudarse él mismo, sin apartar los ojos de ella.
Geisa se quitó sensualmente las medias, mientras él dejaba caer al suelo su capa y su túnica. Un torso bronceado y musculoso quedó a la vista. Los verdes ojos de Geisa chisporrotearon, y su palpitante centro de feminidad se humedeció cuando él se quitó los calzoncillos negros.
Hassan esbozó una media sonrisa, y se tumbó sobre ella. Era la sensación más dulce que Geisa hubiera experimentado jamás. Él era su amante árabe. El hombre a quien había visto en una sala abarrotada de personas años atrás. Y desde entonces no había podido fijarse en ningún otro.
Se besaron y acariciaron, sin llegar al contacto total, hasta que Hassan se deslizó entre sus muslos y ambos se unieron lentamente.
Ella soltó un gemido que lo hizo detenerse.
-¿Qué pasa? -le preguntó con ansiedad.
-Te he echado mucho de menos -respondió ella con un hilo de voz.
Aquellas palabras fueron el catalizador definitivo al ímpetu de Hassan. Geisa creyó morir un poco, sacudida por un torrente de placer que se propagaba como fuego líquido por sus venas. Los dos se hicieron uno, se aferraron, gimieron, se estremecieron, y se vaciaron en la oleada de pasión definitiva.
Luego, ninguno se movió, y el silencio se cernió sobre ellos. Todo había sido maravilloso, pero también vacío. Y nada iba a cambiar eso…