En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
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Capítulo 11: El camino comienza (Parte 1)
La mañana llegó lentamente a la Casa de los Puentes y Elia abrió los ojos antes de que alguien la llamara.
Durante unos segundos permaneció acostada, mirando el techo de madera sobre su cabeza.
Y todavía tenía sueño, pero su mente ya estaba despierta.
Seis meses.
Esa era la cantidad de tiempo que según Orven, faltaba aproximadamente para su evaluación final.
Seis meses para demostrar que podía convertirse en una aventurera.
Elia se sentó en la cama.
—Seis meses...
Miró hacia a la ventana y afuera el sol estaba saliendo.
El día era el mismo de los anteriores, pájaros cantando, carretas pasando por las calles.
Elia apoyo la mano en la cama y se levantó de un salto.
—Buenos días.
Por supuesto lo dijo para si misma.
—Me gustaría una compañera de cuarto.
La niña sonrió.
Después de levantarse comenzó a vestirse.
Su cuerpo todavía conservaba algo del cansancio de los entrenamientos anteriores, Bram había dejado bastante claro que aumentar la fuerza no consistía simplemente en levantar pesos cada vez mayores.
También necesitaba aprender a controlar sus movimientos, mantener el equilibrio y soportar el cansancio.
Elia quería entrenar y mucho, pero antes de salir recordó las palabras de Madre Liria.
"Come primero."
Así que bajó al comedor.
La casa ya comenzaba a llenarse de ruido, un niño discutía con otro porque ambos querían la misma cuchara.
Nima estaba sentada junto a Tarin, intentando convencerlo de que Pipa necesitaba desayunar.
—Pipa no come.
Dijo Tarin.
—Sí come.
—Nima, es una muñeca.
—Eso no significa que no tenga hambre.
Tarin miró a Elia cuando entró.
—Ayúdame.
Elia se sentó.
—¿Qué pasó?
—Tu amiga cree que tengo que darle comida a Pipa.
Nima abrazó la muñeca.
—Pipa tiene hambre.
Elia miró a Nima.
Después miró a Pipa.
—Quizá pueda comer un poquito.
Tarin abrió los ojos.
—¿Tú también?
Elia tomó un pequeño pedazo de pan y lo acercó a la muñeca.
—Listo.
Nima sonrió satisfecha.
—Ahora sí.
Tarin negó con la cabeza.
—No puedo creer que haya perdido esta discusión.
—No perdiste.
Dijo Elia.
—¿Entonces?
—Decidimos que Pipa puede desayunar.
—Eso es perder.
Elia soltó una pequeña risa.
Madre Liria llegó con más comida y dejó los platos sobre la mesa.
—Buenos días.
—Buenos días.
Respondió Elia.
Madre Liria la observó.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Tarin intervino.
—Está planeando entrenar otra vez.
Madre Liria miró a Elia.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Y no estás cansada?
Elia tardó un momento en responder.
—Un poco.
—Entonces hoy no entrenes tanto.
—Pero...
—No.
Elia bajó la mirada.
—Está bien.
Madre Liria sonrió.
—No tienes que hacerlo todo en un solo día.
Elia comenzó a comer.
Aquella frase parecía sencilla, pero se quedó en su cabeza, no tenía que hacerlo todo en un solo día.
Quizá tampoco tenía que aprenderlo todo en seis meses, después del desayuno, Elia ayudó a recoger los platos.
Antes de salir, Tarin se acercó.
—¿Vas al gremio?
—Sí.
—¿Por una misión?
—Quiero preguntar si hay alguna.
Tarin suspiró.
—¿No acabas de volver de una?
—Sí.
—Entonces quizá deberías descansar.
—Todos están diciendo eso.
—Probablemente tengas que escuchar.
Elia sonrió.
—Volveré antes de la cena.
—Eso dijiste la última vez.
—Esta vez será diferente.
—Eso también dijiste la última vez.
Elia se quedó pensando.
—Entonces intentaré que esta vez sea asi.
Tarin sonrió.
—Eso suena mejor.
Elia salió de la Casa de los Puentes.
El aire de la mañana era fresco y las calles de Ardentia comenzaban a llenarse y mientras caminaba, pensaba en todo lo que había aprendido durante las últimas semanas.
Sabía utilizar agua, fuego y electricidad, podía crear criaturas hechas de agua.
Había empezado a comprender que el cuerpo también era importante para un mago y había descubierto algo extraño durante sus meditaciones.
Las nueve luces, las nueve pequeñas estrellas que aparecían dentro de su percepción.
Todavía no sabía qué eran, tampoco sabía si podía utilizarlas, pero no podía dejar de pensar en ellas.
Cuando llegó al gremio, encontró a Hessa detrás del mostrador.
—Buenos días, Elia.
—Buenos días.
Hessa levantó una ceja.
—¿Vienes a cobrar otra misión?
—Todavía no tengo una.
—Entonces vienes a pedir una.
Elia asintió.
—Exactamente.
—Lo imaginé.
Hessa comenzó a revisar unos documentos.
—Hay algunas solicitudes.
—¿Puedo hacer alguna?
—Tendrás que preguntarle a Orven.
—¿Por qué?
—Porque ahora que está preparando tu evaluación, quiere decidir qué misiones son apropiadas para ti.
Elia hizo una pequeña mueca.
—Siempre decide él.
—Es su trabajo.
—Podría decidir yo alguna vez.
Hessa sonrió.
—Cuando seas una aventurera independiente, podrás discutir con quien quieras.
—¿Incluso con Orven?
—Especialmente con Orven.
Elia sonrió.
Luego caminó hacia el despacho y golpeó la puerta.
—Adelante.
Entró.
Orven estaba revisando varios informes.
—Elia.
—Buenos días.
—Buenos días.
La niña permaneció frente al escritorio.
Orven levantó la mirada.
—¿Qué necesitas?
—Una misión.
Orven dejó la pluma.
—Acabas de terminar una.
—Lo sé.
—Y entrenaste ayer.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué quieres otra?
Elia pensó durante un instante.
—Porque quiero mejorar.
Orven la observó.
—¿Y crees que mejorar significa hacer una misión tras otra?
—No necesariamente.
—Entonces explícame.
Elia se quedó callada, no tenía una respuesta perfecta.
—Quiero aprender.
Dijo finalmente.
—Si solo entreno, aprendo a pelear. Pero durante las misiones tengo que pensar.
en casa movimiento.
Orven sonrió ligeramente.
—Esa es una respuesta mucho mejor.
Se levantó y caminó hasta una estantería.
—Precisamente por eso tengo una misión que podría servirte.
Elia se acercó.
—¿Qué misión?
Orven sacó un documento.
—Un grupo de recolectores de plantas medicinales dejó de trabajar en una zona del bosque al norte de la ciudad.
—¿Por qué?
—Dicen que algo está destruyendo sus herramientas y moviendo sus trampas.
—¿Monstruos?
—Posiblemente.
Elia tomó el documento.
Leyó lentamente.
—¿Hay heridos?
—No.
—¿Muertos?
—Tampoco.
—Entonces todavía no saben qué está pasando.
—Exactamente.
Elia levantó la mirada.
—¿Puedo ir?
—No sola.
—Lo sé.
—Irás acompañada por dos aventureros de rango Plata.
Elia asintió.
—¿Cuándo?
—Mañana por la mañana.
Elia sonrió.
—Bien.
Orven volvió a sentarse.
—Pero escucha con atención.
Elia se quedó quieta.
—En esta misión no pelearan a menos que sea necesario.
—¿Entonces?
—Deben descubrir qué está pasando.
Elia bajó la mirada hacia el documento.
—Entiendo.
—Y si encuentran una criatura que no representa una amenaza, no atacarán simplemente porque esté ahí.
Elia recordó las palabras de Orven del día anterior.
—Primero entender.
—Exacto.
Orven señaló el documento.
—Tu evaluación no consiste solamente en demostrar que puedes lanzar hechizos.
Elia asintió.
—Lo sé.
—Quiero ver cómo piensas cuando las cosas no salen como esperabas.
La niña guardó silencio.
Después preguntó.
—¿Y si tomo una mala decisión?
Orven respondió sin dudar.
—Entonces aprenderás de ella.
Elia levantó la cabeza.
—¿Eso significa que puedo equivocarme?
—Por supuesto.
—Pensé que un aventurero no podía hacerlo.
Orven soltó una pequeña risa.
—Si eso fuera cierto, no existirían aventureros.
Elia sonrió.
—Entonces iré.
—Mañana.
—Mañana.
Elia tomó el documento.
Cuando estaba a punto de salir, Orven la llamó.
—Elia.
Ella se giró.
—¿Sí?
—No intentes demostrar que eres fuerte.
La niña lo miró en silencio.
—Intenta demostrar que puedes ser responsable de tu propia fuerza.
Elia tardó unos segundos en responder.
—Lo intentaré.
Salió del despacho.
Mientras caminaba por el gremio, apretó el documento contra su pecho.
Una nueva misión, nuevas personas, un nuevo lugar y una nueva oportunidad para aprender.
Pero, sobre todo, una oportunidad para descubrir si realmente estaba avanzando hacia la aventurera que quería ser.
Afuera, el sol ya estaba alto.
Elia miró hacia el cielo.
—Seis meses...
Después bajó la mirada al documento.
—Tengo tiempo.
Y comenzó a caminar de regreso a la Casa de los Puentes.
Todavía no sabía que aquella misión aparentemente sencilla sería el comienzo de algo que cambiaría poco a poco su manera de entender la magia, las criaturas y el mundo que había fuera de Ardentia.
Elia regresó a la Casa de los Puentes poco después del mediodía.
Apenas abrió la puerta, escuchó voces provenientes del patio.
—¡Te dije que no era así!
—¡Sí era!
—¡No!
—¡Sí!
Elia se quedó quieta en la entrada.
Reconoció inmediatamente las voces.
—Otra vez...
Caminó hacia el patio y encontró a tres niños alrededor de una mesa pequeña y sobre ella había varias piezas de madera que parecían formar algún tipo de rompecabezas.
Tarin estaba sentado en un banco cercano, observándolos con los brazos cruzados.
Cuando vio a Elia, levantó una mano.
—No pienso intervenir.
—¿Por qué?
—Porque llevo diez minutos intentando explicarles que las piezas no encajan de esa manera.
Uno de los niños se giró.
—¡Tarin dice que no sabemos hacerlo!
—No dije eso.
—Sí dijiste.
—Dije que lo estaban haciendo mal.
Elia se acercó a la mesa.
—A ver.
Los niños se apartaron para dejarle espacio.
Elia observó las piezas.
—Esta va aquí.
Colocó una.
—Y esta aquí.
Colocó otra.
Las dos piezas encajaron.
Los niños se quedaron en silencio.
Tarin sonrió.
—Gracias.
Elia lo miró.
—¿Por qué?
—Me acabas de ahorrar otros diez minutos.
Uno de los niños tomó las piezas.
—Yo podía hacerlo.
—Claro.
Respondió Tarin.
—Solo necesitabas veinte minutos más.
El niño lo miró con desconfianza.
—¿Te estás burlando?
—Un poco.
El niño comenzó a reír.
Elia dejó el documento de la misión sobre una mesa.
Nima apareció corriendo.
—¡Elia!
—¿Qué pasa?
—¿Trajiste algo?
—No.
Nima hizo una expresión decepcionada.
—¿Ni una moneda?
—No.
—¿Ni una piedra?
—¿Por qué te llevaría una piedra?
Nima se encogió de hombros.
—Porque a veces encuentras cosas interesantes.
Tarin miró el documento.
—¿Eso es una misión?
Elia asintió.
—Sí.
—¿Otra?
—Sí.
Tarin suspiró.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Voy mañana.
—¿A dónde?
—A un bosque al norte.
Nima se acercó.
—¿Hay monstruos?
—No se sabe bien.
—Entonces probablemente sí.
Elia sonrió.
—Puede ser.
Tarin tomó el documento y lo leyó.
—¿Vas con alguien?
—Dos aventureros de rango Plata.
—¿Los conoces?
—Todavía no.
Tarin devolvió el documento.
—Entonces intenta no discutir con ellos.
Elia frunció el ceño.
—Yo no discuto.
Tarin la miró.
—¿Quieres que enumere las veces que has discutido con Bram?
—No.
—¿Con Orven?
—Tampoco.
—¿Con Hessa?
—Ella empieza.
Tarin soltó una carcajada.
—Claro.
Elia tomó nuevamente el documento.
—No voy a discutir.
—Bien.
—Solo haré preguntas.
—Eso sí te creo.
Nima levantó la mano.
—Yo tengo una pregunta.
Elia la miró.
—¿Qué?
—¿Vas a volver mañana?
Elia dejó de sonreír durante un instante porque aunque la pregunta era sencilla.
La forma en que Nima la había hecho no lo era, Elia se agachó frente a ella.
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Aunque haya monstruos?
—Aunque haya monstruos.
Nima la abrazó.
Elia respondió al abrazo.
—Voy a volver.
Tarin observó la escena en silencio y preguntó.
—¿Cuándo sales?
—Al amanecer.
—Entonces deberías preparar tus cosas.
Elia se levantó.
—Ya voy.
—Y come algo antes.
—Ya comí.
—¿Cuándo?
—Hace poco.
—¿Qué comiste?
Elia guardó silencio y Tarin entrecerró los ojos.
—Elia.
—Pan.
—¿Solo pan?
—Y una fruta.
—Eso no es suficiente.
—Sí lo es.
—No.
—Sí.
—No.
Nima levantó la mano.
—Yo creo que Tarin tiene razón.
Elia miró a ambos.
—Traidores.
Tarin sonrió.
—Vamos a comer.
Elia terminó sentándose con ellos.
La comida fue sencilla, pero suficiente y mientras comían, Madre Liria se acercó.
—¿Tienes una nueva misión?
—Sí.
—¿Dónde?
—En un bosque al norte.
Madre Liria se quedó pensativa.
—¿Es peligroso?
—Todavía no saben.
—Eso no me tranquiliza.
Elia bajó la mirada.
—No voy sola.
—Lo sé.
Madre Liria se sentó junto a ella.
—Aun así, quiero que tengas cuidado.
—Lo tendré.
—Y si algo sale mal...
Elia levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Regresas.
La niña asintió.
—Regreso.
Madre Liria le acomodó un mechón de cabello.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
Elia recordó las palabras de Orven.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Elia sonrió.
—Estoy empezando a entenderlo.
Madre Liria sonrió también.
—Entonces estás creciendo.
Después de comer, Elia fue a su habitación.
Preparó una pequeña mochila.
Primero guardó agua, después algo de comida, una manta ligera, un pequeño cuaderno, un lápiz y una cuerda.
Se quedó mirando la muñeca.
—Tú te quedas aquí con Nima.
Nima apareció en la puerta.
—¿Por qué?
Elia se giró.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Un rato.
—No puedes entrar sin hacer ruido.
—Sí puedo.
—No deberías.
Nima caminó hasta la cama.
—¿Por no llevas a Pipa?
—Buena pregunta.
Nima abrazó la muñeca.
—Yo puedo cuidarla.
Elia pensó.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Incluso si no estoy?
—Sí.
Elia le entregó a Pipa.
—Entonces cuídala.
Nima la recibió con ambas manos.
—Lo prometo.
Elia sonrió.
—Y no la lleves al patio cuando esté lloviendo.
—¿Por qué?
—Porque se moja.
Nima miró a Pipa.
—Ella puede nadar.
Elia se quedó mirándola.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Nima.
La niña comenzó a reír.
—Está bien.
Elia también terminó riéndose.
Después Nima salió, Elia cerró la mochila.
Entonces vio el cuaderno y lo abrió.
En una de las primeras páginas había anotado algunas cosas sobre las Cinco Llaves.
Elia tomó el lápiz y debajo escribió.
Invocaciones.
Luego.
Núcleo mágico.
Y después.
Mantenimiento de mana.
Se quedó mirando las palabras.
Sira había dicho que una criatura invocada necesitaba mana no solamente para aparecer, sino también para conservar su estructura.
Elia quería encontrar una forma diferente.
Si lograba crear un núcleo mágico capaz de almacenar energía, quizá podría hacer que sus criaturas existieran durante mucho más tiempo.
Pero había un problema.
El núcleo también necesitaría energía.
Y si ella tenía que alimentarlo constantemente, no habría solucionado nada.
—Necesito que se recupere solo...
La idea parecía imposible, pero no completamente.
Elia había escuchado historias de objetos mágicos capaces de absorber mana del ambiente.
Cristales que almacenaban energía.
Piedras que podían utilizarse como fuentes de magia.
Incluso había escuchado hablar de ciertos artefactos antiguos que funcionaban durante años sin que nadie los alimentara.
No sabía si aquellas historias eran verdaderas.
Pero si existían, significaba que había algo que estudiar.
Escribió una nueva frase.
Buscar información sobre cristales de mana.
Después cerró el cuaderno.
No intentaría crear el núcleo porque primero aprendería.
Era una de las primeras cosas que estaba comenzando a entender.
La impaciencia podía ser peligrosa.
Por la tarde, Elia fue al patio y Bram ya estaba allí.
—¿Lista?
—Sí.
—Hoy no vamos a hacer entrenamiento pesado.
Elia sonrió.
—¿Por qué?
—Porque mañana tienes misión.
—¿Todos saben que tengo una?
—En esta casa, probablemente lo sabe hasta la cuchara.
Elia soltó una risa.
Bram le entregó un pequeño palo.
—Vamos a trabajar movimientos.
—¿Otra vez?
—Sí.
—Ya hice esto.
—Y todavía cometes errores.
—Eso no es muy motivador.
—No estoy aquí para motivarte.
Bram adoptó una posición.
—Estoy aquí para enseñarte.
Elia levantó el palo.
Y entonces comenzaron, Bram atacaba lentamente mientras Elia bloqueaba.
Retrocedía.
Giraba.
Atacaba.
—Más despacio.
Dijo Bram.
—Estoy yendo despacio.
—No.
—Sí.
—Elia.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
—Estás pensando en ganar.
Elia frunció el ceño.
—¿Y eso está mal?
—No.
Bram bajó el arma.
—Pero si piensas únicamente en ganar, dejas de observar.
Elia respiró.
—Entonces, ¿qué tengo que observar?
—Todo.
—Eso es mucho.
—Por eso entrenamos.
Bram señaló sus pies.
—Tu posición.
Después sus manos.
—Tu agarre.
Luego sus hombros.
—Tu respiración.
—¿También?
—Especialmente.
Elia volvió a colocarse.
Esta vez intentó observarlo todo.
Bram se movió.
Elia no atacó, esperó.
El hombre cambió ligeramente el peso de una pierna a otra.
Elia lo notó.
—Ahora.
Bram atacó y Elia esquivó.
Bram sonrió.
—Bien.
—Lo vi.
—¿Qué viste?
—Que ibas a moverte antes de hacerlo.
—Eso es leer al oponente.
Elia sonrió.
—Entonces estoy aprendiendo.
—Sí.
Bram volvió a atacar.
Esta vez Elia reaccionó demasiado rápido.
Bram detuvo el golpe.
—Otra vez.
Elia suspiró.
—Pensé que lo había hecho bien.
—Lo hiciste.
—¿Entonces?
—Ahora hazlo mejor.
Elia puso los ojos en blanco.
—Eso es exactamente lo que diría Orven.
—Por eso Orven es inteligente.
—Hoy todos son inteligentes.
Bram rio y entonces el entrenamiento continuó durante un rato.
Cuando terminaron, Elia estaba cansada, pero de una manera distinta.
No había utilizado demasiada fuerza, había tenido que pensar y descubrió que podía cansar casi tanto como correr.
Cuando regresó a la casa, encontró una pequeña bolsa junto a su mochila.
Dentro había comida.
Una manta mejor doblada y un pequeño cuchillo para cortar cuerda.
Elia miró a Madre Liria.
—¿Qué es esto?
—Preparativos.
—Yo ya había preparado mis cosas.
—Lo sé.
—Entonces...
—También sé que olvidarías comer si nadie te lo recuerda.
Elia sonrió.
—Gracias.
Madre Liria asintió.
—Ahora cena.
—Sí.
Elia se sentó.
Por primera vez desde que había recibido la misión, dejó de pensar en el bosque.
Pensó en la casa, en las personas que la esperaban, en el lugar que algún día quería construir y entendió que aquella también era una razón para regresar.
No solamente porque lo había prometido sino porque había personas que confiaban en que lo haría.
Esa noche, antes de dormir, Elia dejó la mochila junto a la cama.
Mañana conocería a los dos aventureros que la acompañarían.
Mañana saldría nuevamente de Ardentia y quizá encontraría una respuesta sobre las extrañas criaturas del bosque.
O quizá encontraría algo completamente diferente, Elia cerró los ojos.
—Solo tengo que aprender.
Y por primera vez aquella idea no le pareció una limitación, sino un camino.