Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 1: Mi prometido planea matarme.
Durante diecisiete años creí que mi vida estaba perfectamente trazada.
Había nacido como única hija del Duque Aster, había recibido desde pequeña la educación que correspondía a una futura emperatriz y, desde que cumplí nueve años, mi nombre permanecía unido al del Príncipe Heredero Cassiel en cada documento oficial del Imperio.
Tenía la vida perfecta.
Nuestra boda se celebraría en veintitrés días.
Conocía cada detalle.
Sabía qué flores decorarían la Catedral Imperial, qué joyas llevaría sobre el cabello y hasta cuántos metros de seda habían utilizado para confeccionar el vestido que llevaba meses guardado bajo llave en una habitación de nuestra mansión.
Lo que no sabía era cuánto tiempo pensaba esperar mi futuro esposo antes de asesinarme.
Descubrí aquel pequeño inconveniente una tarde lluviosa, mientras caminaba por uno de los corredores privados del Palacio Imperial con una caja de madera entre las manos.
Había ido a buscar a Cassiel sin anunciarme.
Era una costumbre que había adquirido durante los últimos años. Él mismo decía que las formalidades eran innecesarias entre nosotros, especialmente cuando faltaba tan poco para convertirnos en marido y mujer.
Por eso no me pareció extraño que los guardias me permitieran acceder a sus aposentos privados.
Lo extraño fue escuchar la voz de Rosie.
Disminuí el paso.
Mi prima había dicho aquella mañana que permanecería en la mansión porque tenía un terrible dolor de cabeza. Incluso había rechazado acompañarme al palacio por ese motivo.
Sin embargo, su voz provenía del pequeño salón situado detrás del despacho de Cassiel.
—No me gusta —dijo ella, reconocí su voz.
Estuve a punto de llamar a la puerta, pero algo en su tono me detuvo.
No parecía enferma.
—No tiene que gustarte —respondió Cassiel—. Solo tiene que funcionar.
Permanecí inmóvil.
La lluvia golpeaba los enormes ventanales del corredor y las gotas descendían por el cristal deformando los jardines del palacio al otro lado. A esa hora había pocos sirvientes circulando por aquella ala, así que las voces llegaban hasta mí con una claridad incómoda, incluso podría jurar reconocer las expresiones que hacían al momento de hablar.
Miré la caja que sostenía.
Dentro había un reloj de bolsillo que había pertenecido al abuelo de Cassiel, el anterior Emperador. Me había costado una pequeña fortuna conseguir que un artesano lo restaurara porque quería entregárselo antes de nuestra boda.
De pronto, aquel regalo pesaba demasiado.
—¿Y después qué? —preguntó Rosie.
—Después será sencillo.
No sé qué me impulsó a acercarme.
Tal vez fue la manera en que Cassiel lo dijo. Tal vez alguna parte de mí había comprendido antes que el resto que había algo detrás de aquella puerta que no estaba preparada para encontrar.
Me acerqué lo suficiente para mirar por la abertura.
Vi primero la chimenea encendida y una mesa cubierta de documentos. Después distinguí a Cassiel.
Y luego vi la mano de mi prometido sobre la cintura de mi prima.
Rosie estaba sentada sobre el escritorio.
Cassiel permanecía entre sus piernas.
Durante unos segundos intenté encontrar alguna explicación que no fuera la evidente. Mi mente recorrió posibilidades absurdas con una desesperación casi humillante e indigna.
Entonces Rosie levantó una mano y acarició el cabello de Cassiel.
—No quiero esperar años —murmuró—. Me prometiste que no tendría que hacerlo.
—Y no tendrás que hacerlo.
Cassiel se inclinó y besó su cuello.
Algo dentro de mi pecho se quebró con una suavidad que me sorprendió.
No grité.
Ni siquiera lloré.
Solo los observé.
Cassiel llevaba años diciéndome que estaba demasiado ocupado para acompañarme a cenar.
Rosie llevaba años consolándome cada vez que eso ocurría.
Apreté los dedos alrededor de la caja.
Quería entrar y exigir explicaciones. Incluso consideré durante un instante la posibilidad de arrojar aquel maldito reloj contra la cabeza de alguien.
Todavía no había decidido contra cuál de los dos.
Entonces escuché mi nombre.
—¿Y Alamea? —preguntó Rosie.
Cassiel se apartó ligeramente.
—¿Qué pasa con ella?
—No es estúpida.
—Nunca dije que lo fuera.
—Cuando te cases con ella tendrá acceso directo a los registros de la Corona. Si descubre algo...
Cassiel rio y mi estómago se revolvió.
Había escuchado aquella risa cientos de veces. Hasta ese momento nunca me había parecido desagradable.
—Para cuando pueda descubrir algo, ya no importará.
Rosie lo observó en silencio.
—Cassiel...
—Necesito a los Aster, necesito la Casa Aster —dijo él—. Necesito sus tierras, su dinero y, sobre todo, necesito que el Duque entregue sus tropas cuando llegue el momento. Mientras Alamea continúe siendo su única heredera, el matrimonio es la forma más sencilla de conseguirlo.
Sentí que los dedos comenzaban a entumecérseme.
—Después de la coronación —continuó—, ella dejará de ser necesaria.
Rosie bajó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Hubo una pausa. En ese momento mi cuerpo comezó a temblar de una forma que no podía controlar.
Cassiel tomó tranquilamente una copa de la mesa.
Mi corazón golpeó contra mis costillas. Sentía poco a poco que me faltaba el aire.
—Significa exactamente lo que estás pensando.
Rosie palideció.
—Vas a matarla.
Esperé que Cassiel se horrorizara.
Esperé una carcajada, una negación o cualquier señal que me indicara que había entendido mal.
—No personalmente —respondió—. Sería vulgar.
Rosie dejó escapar una pequeña risa nerviosa.
Tuve que apoyar una mano contra la pared.
El corredor pareció inclinarse bajo mis pies y por un instante temí perder el equilibrio.
Veintitrés días.
En veintitrés días caminaría hacia el altar.
Cassiel obtendría la Casa Aster.
Se convertiría en Emperador.
Y cuando ya no necesitara nada de mí, moriría.
Mi novio me quería asesinar...
Sentí una náusea repentina al recordar todas las veces que había imaginado nuestra vida después de la boda. Había escogido habitaciones para nuestros futuros hijos. Había estudiado durante años las obligaciones de una Emperatriz porque quería gobernar correctamente a su lado.
Había amado a Cassiel desde que era prácticamente una niña.
¿Y él?
Él, aparentemente, llevaba algún tiempo organizando mi funeral.
—¿Y el Duque? —preguntó Rosie.
Mi atención regresó inmediatamente a la habitación.
—Su padre es el problema inmediato.
Todo mi cuerpo se tensó.
—No puedes hacerle nada todavía —continuó Rosie—. Si le ocurre algo antes de la boda, Alamea heredará oficialmente el ducado.
—Precisamente.
—No entiendo.
Cassiel guardó silencio durante unos segundos.
Cuando habló nuevamente, su voz fue mucho más baja.
—El Duque está investigando.
—¿Investigando qué?
La respuesta tardó en llegar.
—La muerte de su esposa.
El mundo se me vino encima por segunda vez ya en lo que llevaba escuchando.
Mi madre había muerto cuando yo tenía doce años.
Una fiebre repentina que duró tres días.
Eso era todo lo que sabía.
Mi padre jamás hablaba de aquella semana. Durante años interpreté su silencio como dolor. Incluso había aprendido a no hacer preguntas porque veía cómo cambiaba su expresión cada vez que mencionaba a mamá.
Ahora comprendía que quizá había otra razón.
—Pensé que eso estaba solucionado —murmuró Rosie.
Rosie sabía algo.
Mi propia prima me había estado mintiendo desde hace años.
—También yo —respondió Cassiel.
—Entonces quizá deberíamos...
—No digas estupideces.
La dureza de su voz consiguió silenciarla.
Retrocedí.
Ya no quería entrar.
La traición de Cassiel había dejado de ser lo más importante.
Incluso Rosie había dejado de serlo.
Mi padre estaba investigando la muerte de mi madre y Cassiel lo consideraba un problema.
Necesitaba llegar hasta él.
Di un paso hacia atrás y después otro. La gruesa alfombra amortiguó mis movimientos mientras me alejaba de aquella puerta.
Cuando alcancé el corredor principal, enderecé la espalda.
No podía correr.
Los guardias recordarían haberme visto abandonar los aposentos del príncipe con el rostro desencajado. Los sirvientes hablarían. En un palacio, un susurro podía recorrer veinte habitaciones antes de que uno llegara a las escaleras.
Así que caminé.
Saludé a dos damas de la corte.
Incluso conseguí sonreír cuando el capitán de la guardia inclinó la cabeza al verme pasar.
Solo cuando crucé las enormes puertas del palacio permití que mis manos comenzaran a temblar nuevamente.
La lluvia había cubierto Veridian de un gris profundo. Mi carruaje esperaba al pie de las escaleras y el cochero descendió inmediatamente para abrirme la puerta.
—¿Regresamos a la mansión Aster, mi lady?
Miré hacia las ventanas superiores del palacio.
En alguna de ellas estaba Cassiel.
Mi prometido.
El hombre que había sostenido mi mano durante el funeral de mi madre.
El hombre que había prometido protegerme.
El hombre que acababa de decidir que mi asesinato era una cuestión de conveniencia.
—Sí —respondí—. Rápido.
Subí al carruaje y cerré la puerta.
Solo entonces abrí las manos.
Las uñas habían dejado pequeñas medias lunas rojas sobre mis palmas.
Las contemplé mientras el carruaje comenzaba a avanzar por las calles mojadas de la capital.
No lloré.
No podía hacerlo todavía.
Primero tenía que encontrar a mi padre.
Necesitaba contarle todo lo que había escuchado. Necesitaba preguntarle qué estaba investigando y por qué Cassiel sabía algo sobre la muerte de mamá.
Después podría encerrarme en mi habitación y decidir cuánto quería llorar por el hombre con quien había pensado pasar el resto de mi vida.
El carruaje aceleró.
Por primera vez desde que tenía nueve años, imaginé un futuro en el que no me casaba con Cassiel.
Todavía no sabía cómo conseguirlo.
Tampoco sabía que, mientras yo atravesaba desesperadamente las calles de Veridian para advertirle a mi padre, alguien ya había llegado a la mansión Aster antes que yo.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰