El Desmadre de los Sentimientos

El teléfono vibró por quinta vez en menos de diez minutos. Julieta observó la pantalla con el mismo entusiasmo que un gato ante un baño: era Marina, su hermana mayor. Dejó que el aparato siguiera bailando sobre la mesa de cristal del salón mientras fingía estar absolutamente concentrada en su taza de café.

—¿No vas a contestar? —preguntó Marco desde la cocina, donde intentaba preparar lo que él llamaba "un desayuno proper" y ella "comida pretenciosa de Instagram".

—Es Marina —respondió Julieta, hundiendo la nariz en su taza—. Si no contesto, eventualmente se cansará... o llamará a la policía. Lo que ocurra primero.

El aroma del café recién hecho inundaba el apartamento, mezclándose con el olor a tostadas que empezaban a dorarse peligrosamente. Era domingo por la mañana, y el sol de Madrid se colaba perezosamente por los ventanales del lujoso piso en Serrano.

El recuerdo golpeó a Julieta como una ola inesperada: tenía doce años y Marina, con sus diecisiete, la cubría después de que rompiera accidentalmente el jarrón favorito de su madre. "Siempre te protegeré, pequeña caótica", le había dicho mientras recogían los pedazos. Desde entonces, Marina había sido su escudo, su consejera, su vara de medir... y su dolor de cabeza más persistente.

El timbre del portero automático interrumpió sus pensamientos.

—¿Sí? —contestó Marco.

—¡Buenos días! —la voz cantarina de Marta resonó por el interfono—. Hay una señorita muy elegante preguntando por Julieta. Dice que es su hermana.

Julieta escupió el café.

—¡Imposible! ¡Marina está en Barcelona! —pero incluso mientras lo decía, sabía que subestimaba la determinación de su hermana.

—También hay dos caballeros con ella —continuó Marta, saboreando cada palabra—. Uno bastante atractivo, por cierto.

Marco y Julieta intercambiaron miradas.

—Antonio y Juan —murmuraron al unísono.

Cinco minutos después, el impecable salón de Marco se había transformado en algo digno de una comedia de situación. Marina, con su traje sastre que perfectamente podría haber sido sacado de un catálogo de ejecutivos serios, se había instalado en el centro del sofá, como si ese fuera su trono legítimo. Su postura era tan recta que uno podría pensar que en cualquier momento se pondría a dictar órdenes. Su expresión, fija y digna, parecía decir: "Tengo todo bajo control", aunque en realidad nadie estaba seguro de qué exactamente estaba bajo control. A su lado, Antonio y Juan permanecían como dos estatuas vivientes, más bien incómodas, con las manos nerviosas en los bolsillos o dándoselas de serios mientras intentaban no hacer ruido con las piernas cruzadas. Parecían en cualquier momento estar listos para intervenir, aunque nadie sabía realmente en qué.

Y luego estaba Marta. Ah, Marta. Nadie recordaba exactamente cómo había llegado, pero ahí estaba, acomodada en un sillón de dos plazas con la misma sonrisa de satisfacción de quien acaba de conseguir el último boleto para un concierto agotado. No hacía falta preguntar: su presencia estaba más que justificada en su propia mente. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad mal disimulada y la ligera autocomplacencia de quien ya había sacado provecho de la situación, como si todo lo que estaba pasando fuera parte de un plan maestro que solo ella entendía.

—Así que... —comenzó Marina, observando el espacio como si fuera una inspectora de Hacienda— ¿cuánto tiempo pensabas mantener esto en secreto, Juli?

—Técnicamente, no era un secreto —Julieta jugueteó con el borde de su camiseta oversized de Los Simpson—. Solo era... información selectivamente compartida.

—¿Información selectivamente compartida? —Marina arqueó una ceja—. ¿Como aquella vez que "selectivamente compartiste" que te habías gastado todos tus ahorros en un viaje a Japón?

—¡Eso fue diferente! —protestó Julieta—. ¡Y traje souvenirs!

—Un peluche gigante de Totoro no cuenta como inversión financiera responsable.

Marco, que hasta ese momento había mantenido un prudente silencio, carraspeó.

—Marina, entiendo tu preocupación, pero...

—Oh, no te preocupes, Marco —interrumpió Marina con una sonrisa que hizo que Julieta se encogiera—. Estoy segura de que mi hermana te convenció de esto con la misma lógica que usa para justificar tener cinco suscripciones diferentes de streaming.

—En realidad —intervino Juan, incapaz de contenerse—, fue bastante romántico. Marco estaba tan nervioso que se bebió seis tequilas seguidos.

—¡Cinco! —corrigió Marco automáticamente, para luego sonrojarse.

Antonio soltó una risita.

—Lo más gracioso fue cuando intentaron buscar una capilla en Google Maps y acabaron en una tienda de capillas para pájaros.

—¿Podemos centrarnos? —Marina se masajeó las sienes—. Juli, ¿qué vamos a decirle a mamá?

El silencio cayó sobre la habitación como una manta pesada. Julieta sintió todas las miradas sobre ella, especialmente la de Marco, que últimamente la miraba de una manera diferente, como si estuviera descubriendo algo nuevo cada día.

—Nada —respondió finalmente—. No vamos a decirle nada, porque esto es mi vida, Marina. Y por una vez, quiero vivirla sin un manual de instrucciones.

La determinación en su voz sorprendió a todos, incluida ella misma. Marco se acercó y tomó su mano, un gesto simple que decía más que mil palabras.

—Además —continuó Julieta, ganando confianza—, ¿sabes qué? Puede que esto parezca una locura, pero... —miró a Marco y sonrió— a veces las mejores decisiones son las que no tienen sentido.

Marina observó a su hermana durante un largo momento, y por primera vez, pareció ver más allá del caos habitual.

—Está bien —suspiró finalmente—. Guardaré el secreto. Pero cuando mamá se entere, tú serás la que explique por qué su hija menor se casó vestida con una camiseta de Baby Yoda.

—¡Era Grogu! —protestaron Julieta y Marco al unísono, para luego mirarse sorprendidos.

La tensión que había flotado en el aire se desvaneció como si alguien hubiera dado el botón de pausa a una película incómoda, y de repente el salón se llenó de risas. Juan, con su risa contagiosa, comenzó a relatar historias de Marco en la oficina, esas que solo podrían ser descritas como "típico Marco", pero que él narraba con la emoción de quien cuenta el último episodio de una telenovela. Se refería a su compañero como el "rey organizado", mientras Antonio no dejaba de lanzar comentarios sarcásticos que, aunque afilados, eran un claro reflejo de su amistad. "¿Y cómo va la misión de salvar a Julieta de sí misma?", bromeaba, mirando a Marco con una sonrisa torcida, mientras todos se echaban a reír, excepto Marco, que solo podía rodar los ojos, resignado.

Marta, como siempre, se mantenía al margen de la conversación, pero no podía evitar su impulso de observarlo todo, como si estuviera en medio de una telenovela donde todos los personajes se movían según un guion invisible. Con discreción, sacaba mentalmente sus notas, ya pensando en cómo actualizaría la crónica social del edificio. "Marco y Julieta, matrimonio inesperado... y con mucha tela por cortar," pensaba, sin duda saboreando la jugosa historia que ya tenía en mente.

Finalmente, cuando la puerta se cerró tras el último de los invitados, y la última risa se desvaneció, el apartamento volvió a su calma habitual. El silencio era acogedor, el tipo de calma que solo llega cuando los ecos de la gente desaparecen y la normalidad vuelve a apoderarse de los espacios. Marco se dejó caer sobre el sofá, cerrando los ojos por un momento. No era lo que había imaginado para su tarde, pero ahí estaba, con la cabeza llena de comentarios, bromas y una ligera sensación de incertidumbre que parecía casi... familiar.

Entonces, al girar hacia el balcón, vio a Julieta. Allí estaba, en ese rincón que parecía suyo, contemplando el atardecer madrileño. La luz del sol se colaba a través de las cortinas, iluminando su rostro de una manera tan suave que Marco sintió una extraña calidez en el pecho. Ella se veía serena, como si hubiera dejado atrás toda la agitación del día, y él no pudo evitar pensar en aquellos atardeceres pasados, cuando sus conversaciones eran mucho más simples, más ligeras.

—¿En qué piensas? —preguntó, ofreciéndole una taza de té.

—En que tienes razón —respondió ella, aceptando la bebida—. El té de jazmín sí sabe diferente al té verde normal.

Marco rió, un sonido que cada vez se volvía más frecuente.

—Sabes que no me refería a eso.

—Lo sé —Julieta se recostó contra él—. Pensaba en que quizás no soy tan desastre como todos creen. O quizás sí lo soy, pero está bien serlo.

—Eres un desastre —confirmó Marco, besando su cabeza—. El desastre más organizado que conozco.

El sol se ponía sobre Madrid, pintando el cielo de naranja y rosa. Desde algún lugar del edificio, llegaba la voz de Marta relatando los acontecimientos del día por teléfono. Y en ese momento, en ese preciso instante, todo parecía estar exactamente donde debía estar.

Incluso el caos.

Especialmente el caos.

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Yanet Cristina Vilugron Salazar

Yanet Cristina Vilugron Salazar

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2024-12-06

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Capítulos
1 Una Noche de Locura
2 Con Una Resaca
3 El Secreto
4 Contrastes en Convivencia
5 Revelaciones y más Problemas
6 El Desmadre de los Sentimientos
7 La Apariencia de la Perfección
8 El Desafío de la Verdad
9 Confusión y Caos
10 Aceptando el Caos
11 La Verdad Sale a la Luz
12 Invitación a Almorzar
13 Conociendo a la Familia
14 El Seminario de los Desastres
15 La Cena de los Malentendidos
16 Éxito Culinario Familiar
17 Vacaciones en Familia
18 Actividad Familiar
19 Una Invitada Especial
20 Conquistando el Corazón Familiar
21 La Armonía Aparente
22 El Encuentro de Cristina y Raúl
23 Una Siembra de Dudas
24 Encuentro Casual
25 Chismes y Rumores
26 Chismes Expandidos
27 Recarga Laboral
28 Un Cruce de Miradas
29 Seducción Fallida
30 Repartidor de Pizzas
31 Algo no Cuadra
32 Algo Traman
33 Invitación a la Cena
34 Las 'Magdalenas'
35 La Mentira de Beatriz
36 Recuerdos y Bromas
37 Fuga de Gas
38 La Cena de Marta
39 Despertar con Café
40 Visita Inesperada
41 Confrontando a Cristina
42 Momentos no Planeados
43 Un E-mail
44 Llamada con Veneno
45 Invitación a Almorzar
46 El Caso Pixel Paradise
47 Investigación: Mundo de Videojuegos
48 Monólogos de Cristina
49 Proteger la Confidencialidad
50 Cómo una Dulce Travesura
51 Otra Cena Vecinal
52 Sala Secreta
53 Conspirando
54 Un Caos Canino
55 Nadie lo Olvidará
56 Aparente Normalidad
57 Competencia Creativa
58 Convenciendo Para El Proyecto
59 Desfile Innovador
60 Chismes y Grupo de WhatsApp
61 El Collar Misterioso
62 ¿Quién rayos fue?
63 Una Verdad Traslúcida
64 Solución Caótica
65 Una Gran Idea
66 Expertos en la Cocina
67 Una Cena Perfecta
68 Una Invitada No Esperada
69 Una Furia Contenida
70 Diluida Esperanza de Descanso
71 Objetivo Canino, Las Magdalenas
72 Un Problema Canino
73 Un Sentido Profesional
74 Diagnóstico Perruno.
75 Terapia Perruna (1/2)
76 Terapia Perruna (2/2)
77 Una Aparición Repentina
78 Perfecta 'V' Invertida
79 ¡Atención, queridos lectores de Dulce Travesura!
80 Una Noche de Trabajos Compartidos
81 La Ventana Indiscreta
82 El Chisme Es Más Importante
83 Irrumpiendo el Apartamento
Capítulos

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1
Una Noche de Locura
2
Con Una Resaca
3
El Secreto
4
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5
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6
El Desmadre de los Sentimientos
7
La Apariencia de la Perfección
8
El Desafío de la Verdad
9
Confusión y Caos
10
Aceptando el Caos
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La Verdad Sale a la Luz
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Invitación a Almorzar
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Conociendo a la Familia
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El Seminario de los Desastres
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La Cena de los Malentendidos
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Éxito Culinario Familiar
17
Vacaciones en Familia
18
Actividad Familiar
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Una Invitada Especial
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Conquistando el Corazón Familiar
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La Armonía Aparente
22
El Encuentro de Cristina y Raúl
23
Una Siembra de Dudas
24
Encuentro Casual
25
Chismes y Rumores
26
Chismes Expandidos
27
Recarga Laboral
28
Un Cruce de Miradas
29
Seducción Fallida
30
Repartidor de Pizzas
31
Algo no Cuadra
32
Algo Traman
33
Invitación a la Cena
34
Las 'Magdalenas'
35
La Mentira de Beatriz
36
Recuerdos y Bromas
37
Fuga de Gas
38
La Cena de Marta
39
Despertar con Café
40
Visita Inesperada
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Confrontando a Cristina
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Momentos no Planeados
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Llamada con Veneno
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Invitación a Almorzar
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El Caso Pixel Paradise
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Investigación: Mundo de Videojuegos
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Proteger la Confidencialidad
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51
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Conspirando
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Un Caos Canino
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Nadie lo Olvidará
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Una Aparición Repentina
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