Destiny echó hacia atrás la cabeza, recostándose en la pared. Llevaba cerca de tres horas custodiando la puerta de James, tal como él se lo había pedido. Estaba aburrida hasta los huesos, incluso Choco y Late se cansaron de olisquear y rascar la puerta de su dueño, quien se rehusaba a autorizar el ingreso de cualquier criatura que tuviese vida en su habitación.
James no había articulado palabra alguna durante su regreso a la mansión, haciendo que las sospechas de Destiny por la mujer misteriosa incrementaran.
Se puso de pie para comprobar la puerta sin obtener resultado, continuaba cerrada con llave y ella estaba demasiado asustada para tocar y preguntarle si deseaba algo de cenar. Así que resolvió dejarlo descansar un rato más mientras ella bajaba a la cocina para servirse un bocadillo. Los perros aullaron y se fueron corriendo uno tras otro en dirección contraria a las habitaciones de James.
Destiny no sabía qué encontraría en esos pasillos, ya que nadie se había molestado en darle un recorrido por la casa, los únicos lugares que ella conocía eran su habitación y la cocina. Ni siquiera tenía a nadie con quien sostener una conversación amigable, los empleados seguían mirándola con recelo, como si ella fuese una zorra.
Y probablemente Destiny estuviera haciendo sus propias aportaciones para que lo pensaran, pavoneándose en esa gran mansión únicamente con su diminuto pijama de satén encima.
Preparó su refrigerio y dejó lista una tetera con café bien cargado para James, algo le daba la impresión que él estaba emborrachándose para eludir sus problemas. Antes de regresar a sus tareas de niñera decidió echar un vistazo más allá del vestíbulo y la cocina, mordisqueando sus galletas con cuidado de no dejar ningún rastro de migajas en el pulido piso de mármol.
Era curiosa la forma en la que los ricos desperdiciaban su dinero en obras de arte que no tenían ningún sentido. Ella se tomó su tiempo de analizar las diversas esculturas y pinturas que encontró a su paso y al no sentirse identificada con ninguna, se escabulló dentro de una habitación que identificó como la biblioteca. La majestuosidad del recinto la dejó sin habla, ni siquiera la biblioteca pública era tan bonita.
Colocó su plato vacío sobre el escritorio para subir las suntuosas escaleras en forma de espiral, sintiéndose maravillada. Era como estar dentro de un cuento de hadas. Los libros se apilaban en los infinitos estantes que tapizaban las paredes y las bolas de cristal que colgaban del techo se confundían con juguetonas luciérnagas en la noche.
—Esto es asombroso —suspiró.
Se frotó los brazos refugiándose del frío de la noche que se filtraba por el enorme corredizo que ofrecía una memorable vista del jardín y ella deseó quedarse a vivir ahí por siempre. En momentos como ese, era inevitable preguntarse cómo sería haber crecido bajo el amparo de sus verdaderos padres y si tendrían una casa tan bonita como esa. Aunque con el amor y protección de cualquiera de ellos hubiera sido suficiente.
Se quedó largo rato observando la fotografía familiar de los Miller, la mujer harapienta que conoció la noche anterior, efectivamente era la madre de James. Sus dos progenitores poseían una belleza soberbia. A diferencia del pequeño James en medio de ellos, quien lucía una mirada plagada de tristeza.
El resto de fotografías de la galería eran de James en sus épocas de estudiante y con un sonrojo templando sus mejillas, Destiny admitió que James fue un niño brillante desde sus inicios. El exhibidor de la esquina estaba repleto de trofeos y medallas al mérito y no precisamente por haberse destacado en actividades deportivas, sino más bien, intelectuales. ¡Qué gran sorpresa! Quién imaginaría a James Miller como un auténtico nerd.
—¿Te gustan?
Destiny dio un respingo, reaccionando a la tétrica voz de Jang, quien se encontraba justo detrás de ella, apreciando con orgullo los trofeos de su nieto.
—Los traje todos desde Inglaterra el día que mi nieto decidió mudarse conmigo.
Destiny podía sentir el gran amor maternal que esa singular anciana guardaba para James. En esa ocasión Jang llevaba la cara lavada y sus cabellos canosos cubiertos con un gorro tejido, haciéndola parecer una abuela común y corriente. Sin embargo sus ojos azules resplandecían con la ferocidad de una juventud que se rehusaba a extinguirse en ella.
—Él era un hijo obediente y un estudiante con muchos talentos —relató Jang, negando con la cabeza—. Pero también era un niño muy solitario. James nunca reclamó la atención de nadie haciendo estupideces como la mayoría de jóvenes. Él trabajó duro para ganarse un lugar en esta familia. Sin embargo nosotros no supimos valorarlo lo suficiente.
La confesión tomó por sorpresa a Destiny, quien solo atinó a sostener la mirada de la anciana. Aunque era extraño que después de confundirla con una cazafortunas le estuviese confiando ese tipo de intimidades a ella.
—Espero que no juzgues apresuradamente a mi nieto. James no es el típico mujeriego cabeza hueca que aparenta ser. Él solo está atravesando una mala racha, como todos nosotros alguna vez en la vida —le retó, sacándose del bolsillo una llave que depositó en las manos de la chica—. Ve a hacer tu trabajo, niña. Tú sabrás de qué forma consolarlo.
Jang se retiró de la habitación dejando atrás a una desconcertada Destiny. Asumía que esa llave era de la habitación de James, cosa que la enfureció bastante, ya que eso significaba que la anciana seguía pensando que ella era solamente una prostituta más contratada por él.
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