"Sombras del Legado"

Los años transcurrieron como susurros en la brisa, llevando consigo la prosperidad y la estabilidad al reino de Arvandon. Sin embargo, en el palacio real, un manto de preocupación cubría la luz de la paz. El rey, sabio y amado, veía cada día acercarse con una sombra más profunda.

Las lágrimas del tiempo corroían su vitalidad, y su salud menguaba inexorablemente. Los médicos susurraban palabras inciertas, pero los síntomas que afligían al monarca hablaban por sí solos, acercándolo al umbral de la eternidad.

El rey de Arvandon, con la pesada carga de su corazón, convocó a su heredero, el príncipe, para una conversación trascendental. La noticia sacudió al joven hasta lo más profundo de su ser: su padre, su guía y mentor, le pedía que tomara las riendas del reino.

El príncipe se sintió abrumado por la inesperada responsabilidad. La angustia lo invadió, entrelazándose con la melancolía de perder a quien había sido su faro en la vida. En la quietud de la noche, confió su pesar a Lysandra, su fiel compañera, quien, con palabras de aliento y el temple de su amor, le recordó el deber y el deseo de su padre: guiar a su pueblo hacia un futuro brillante.

El rey, forjado por los años y la experiencia, enfrentaba una batalla inminente, pero esta no era contra ejércitos, sino contra un enemigo más silencioso y siniestro: un tumor indomable, intruso en su reino interno. La medicina susurraba sobre la imposibilidad de cura, el tiempo deslizándose entre los dedos como arena efímera.

El monarca, sabiendo la fragilidad de sus días, optó por no sucumbir ante la melancolía que amenazaba con invadir su espíritu. Más bien, decidió tejer sus últimos momentos con hebras de amor, de risas, de viajes hacia lugares lejanos, mientras el sol aún ardía en su cielo.

Sus hijos, agridulces en su júbilo por compartir estos momentos preciosos con su padre, se encontraban abrumados por la inminencia de una despedida. La tristeza, sutil y latente, se reflejaba en sus ojos, contraponiendo el brillo de los instantes compartidos.

El reino, envuelto en un velo de incertidumbre, observaba con ojos preocupados los pasos vacilantes de su rey, un líder que enfrentaba una batalla que ni su corona ni su espada podían resolver. Cada día era una lucha contra la sombra que se cernía sobre su salud, un desafío que ningún ejército podría combatir.

El rey, en su magnanimidad y sabiduría, llevaba consigo la carga silenciosa de una enfermedad sin piedad. A pesar de sus esfuerzos por mantener el semblante sereno, su corte notaba los destellos de dolor oculto en su mirada, los pequeños lapsos de debilidad que se deslizaban entre su determinación. Los susurros de la corte resonaban en los pasillos del castillo, la preocupación y el temor en cada palabra.

Mientras tanto, el reino se aferraba a la esperanza, rezando por un milagro, aunque las sombras de la inevitable despedida se proyectaban más allá de las murallas del castillo. La nobleza, los ciudadanos, todos sentían el peso de una verdad ineludible: su amado rey se desvanecía con el tiempo, sin que existiera un antídoto para su padecimiento.

En la cámara real, se tejían momentos de una fragilidad inesperada. El rey, envuelto en sus ropajes reales, con la dignidad de un monarca, pero la fragilidad de un ser humano, se enfrentaba a sus últimos atardeceres con una calma triste. Sus hijos, al lado del lecho real, ocultaban sus lágrimas, tratando de mantener una fortaleza que amenazaba con desmoronarse.

En medio de la inmensidad sombría que rodeaba al reino, destellos de luz se colaban a través de los densos nubarrones. El rey, decidido a encontrar consuelo y alegría en sus días finales, emprendió viajes por el reino, visitando ciudades y villas. Cada aldea recibía al monarca con amor y respeto, y él, a su vez, irradiaba un aura de afecto y sabiduría.

Los días, aunque contados, eran celebrados con vitalidad en el reino. Las plazas bullían de vida, con músicos que entonaban canciones de esperanza y artesanos que honraban al rey con sus mejores obras. Los mercados rebosaban de colores y aromas, mientras la gente, sabedora del frágil destino de su rey, se unía en festejos en su honor.

Las jornadas se llenaban con risas en los jardines del palacio, donde los niños del rey jugaban, ignorantes del peso que llevaba su padre sobre sus hombros. El rey compartía historias de antaño, transmitiendo sabiduría y amor a sus pequeños, intentando dejar un legado de enseñanzas y afecto que perdurara.

Sin embargo, entre risas y celebraciones, la melancolía acechaba en las sombras. Los encuentros festivos terminaban y el reino se sumía en una quietud cargada de inquietud. La incertidumbre flotaba en el aire, nublando el cielo con un manto de preguntas sin respuesta sobre el futuro del reino.

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