Pergunto y Kaya avanza hacia mí, su semblante lleno de ira.
— Toma lo que desees, dinero, joyas, autos, lo que sea te lo daré.
Me abofetea con fuerza, mi mejilla arde.
— Jamás, jamás yacería con un despojo como tú, ¿no te das cuenta?
Ella lanza las palabras cual vilipendio.
— No soy uno de tus juguetes, malnacido.
La sangre en mis venas hierve, aprieto los labios intentando dominar mi enojo, no golpeo mujeres pero otra en su lugar habría descubierto un aspecto mío del cual no me enorgullezco en lo más mínimo.
— Suplicarás para que te fo*lle.
Ella se ríe.
— El poder te ha embotado, te ha vuelto loco y optimista.
Sujeto con firmeza su brazo, sus ojos me desafían ahora con un coraje y una furia deliciosamente atractivos.
— Ya he hecho llorar a niñitas como tú sobre mi mieda no de miedo, no del dolor sino de deseo, serás mía, te follaré en la cama, en la ducha, en el suelo, y lo haré con tu consentimiento, no soy un maldito vio*ador y aunque ansiara poseerte como una perra justo aquí en esta sala, seré paciente y esperaré, un buen jugador sabe cuándo hacerlo y no sé si te has dado cuenta pero estás frente al dueño del maldito lugar, ante tu amo.
La beso tomando con fuerza su cabello, al principio su boca se resiste y sus manos pequeñas empujan contra mi pecho.
— ¿Mi rubia es esquiva? así bravía es como me gusta.
Ella me muerde y ni eso me hace retroceder, una de mis manos invade su cabello tocando su nuca mientras la otra agarra su cintura, su boca se entreabre y mi lengua la invade, recorre el trayecto de sus labios y sólo se detiene cuando ella corresponde, poco a poco acompaña el ritmo de mi beso, saboreo su dulzor a cereza, por alguna razón ese es su sabor, su aroma me embriaga y justo cuando la acerco más a mí, sus manos me empujan, la muy diabla me da una patada, tan fuerte que la suelto.
— ¿Estás loca?
Exclamo de dolor, esa chica acaba de mandar al espacio cualquier posibilidad de contribuir con un heredero para los Bulgare, me mira enfurecida.
— No debías, no tenías derecho a hacer eso sin mi consentimiento.
Cómo puede alguien alterarse tanto por un beso.
— No era más que un maldito beso, ¿por qué exagerar?, parece que nunca has besado a nadie.
Ella me observa confundida, su rostro pequeño está ruborizado y completamente encendido, suelto una carcajada.
— Mier*a, ¿eso es? ¿nunca te han besado?
— No te burles de mí, no lo hagas o recibirás otra patada.
Ella se acerca, yo elevo los brazos en señal de rendición y ella cruza los suyos frente a su torso.
— Quiero ir a casa.
— No puedes.
Ella respira agitadamente.
— Necesito ver a Lesly, la dejé sola.
— Pediré a Gutem que te lleve, tú te quedas aquí.
— ¿Estás loco?
— Sí, loco y perdiendo los estribos, te he dicho que te quedarás aquí.
Ella se sienta con el ceño fruncido, la maldita rubia difícil.
— ¿Y dónde voy a dormir?
— En mi cuarto.
Ella suspira con impaciencia.
— ¿Y tú? ¿dónde dormirás?
— En mi cuarto, ¿dónde más?
Sus ojos se agrandan.
— Está bien, tú dormirás en la habitación de invitados.
Parece suspirar aliviada, subo las escaleras y ella me sigue, abro la puerta de la suite y ella entra.
— No entiendo, ¿por qué me has traído aquí?
— Porque quiero, ahora vete a dormir antes de que decida agradecer ese puntapié con unas palmadas.
Cierro la puerta dejándola sola, escucho su queja, la jovenzuela insolente. Ahora comienza la verdadera pesadilla, tengo que regresar al baile y manejar el condenado problema en el que me he metido, traje a Kaya a casa precisamente porque el consejo del crimen debería estar reuniéndose en este momento para deliberar sobre la muerte de Tato, matar a un líder no es como eliminar a un perro enfermo, tiene consecuencias, disparé por ella y no me pregunten por qué, porque ni yo mismo lo sé.
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