*** Kaya Chinaider**
Tanto Lesly como yo estamos atadas en la parte trasera de un coche, con los ojos vendados y las manos inmovilizadas con bridas de plástico. Oigo los sollozos de mi prima; es muy sensible y seguro que está aterrorizada. Un bullicio estridente de música suena desde afuera, el auto se detiene y escucho una voz ronca decir:
— Saludos, jefe.
Un hombre habla con tono de respeto; apenas logro oír lo que conversan.
— Díganles que acomoden el almacén, llevaremos a las dos fulanas para allá.
Esa voz es la misma del hombre que me capturó en la mansión. El vehículo se pone en movimiento de nuevo y, al detenerse, un silencio abrumador lo invade todo. Me arrancan del asiento trasero y puedo oír los alaridos de Lesly, quien, desesperada, repite una oración en ruso que apenas entiendo.
— Cállate.
Uno de los que nos escoltan le propina una bofetada, haciéndola caer al suelo, lo que parece enfurecer a alguien, pues un fuerte sonido de algo rompiéndose se oye a continuación y uno de los bandidos cae a mis pies.
— Haz eso otra vez y te arranco la cabeza. Nadie tiene permitido tocar a las chicas, ¿me escuchan?
Grita con fuerza y, aunque no puedo verlo, siento su presencia frente a mí, parado, su respiración agitada como la de una bestia y su perfume amaderado impregnando mi piel. Sus manos tocan la venda de mis ojos y la arrancan con brusquedad.
— Podemos hacer esto de la manera fácil o la difícil, rubiecita.
Desliza su pulgar por el costado de mi cara; es un hombre grande, bien parecido, con rasgos marcados que podrían considerarse atractivos si no fuera por las circunstancias.
— Empecemos con una presentación cordial y educada; no somos dos neandertales.
Me quedo en silencio, un joven delgado y alto se acerca, toca el brazo del hombre, que vuelve su atención hacia él. No me es extraño, ¿pero de dónde le conozco?
— Se olvida, jefe, que ella no comprende nuestro idioma; la chica es rusa.
El sujeto imponente lo mira de manera intimidante, y el joven se aleja, tropezando con sus propios pies, casi se va de espaldas.
— Mi amigo aquí piensa que tú no hablas mi idioma, pero yo soy un poco más listo. Cada vez que digo algo, tu rostro bonito muestra una expresión distinta.
Entorno la mirada como si no entendiera y él sonríe.
— Acaben con la otra niña.
Ordena con un grito.
— No.
Digo, y él levanta la mano.
— Miren quién aprendió a hablar nuestro idioma.
Se ríe de forma temible y se acerca a mi rostro, susurrando a mi oído.
— Comencemos de nuevo, Kaya.
Un escalofrío recorre mi piel, haciéndome temblar por completo.
— Soy Venom, el señor de este lugar y tu amo a partir de ahora.
— ¿Qué quiere de nosotras?
— Qué pronunciación tan maravillosa, para alguien que no hablaba ni entendía una palabra de lo que decíamos.
Se burla, y se acerca un muchacho tan tatuado como él, susurrándole algo. Su mirada se endurece en mi dirección.
— Tu padre es valiente.
Se aleja con las manos en los bolsillos.
— Debe ser alguien influyente para reunir a un ejército con tanta rapidez y venir hasta mi territorio.
Camina hacia la puerta.
— Espero que no le importe perder a algunos hombres. Mis muchachos se encargarán de ellos.
Sale y nos deja solas, las puertas del almacén se cierran y la oscuridad envuelve el lugar. Corro hacia Lesly, que me abraza. Su boca está herida y solloza tras haber llorado mucho.
— Tranquila.
Le ruego.
— Todo saldrá bien, papá nos rescatará.
Le digo, intentando consolarla, aunque en ese momento ni siquiera yo creo en lo que digo. El hombre que acaba de salir por esa puerta amenaza peligrosamente y no será fácil librarnos de él. Al lado de Lesly, me acuesto en un colchón sucio en el suelo. La noche será larga y, sin duda, esto es solo el comienzo del infierno que nos espera.
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