Una corona es hurtada por el Capitán Adam, un Fey Pirata. Con la ayuda de Jena, una joven arcángel, encarnación de la oscuridad.
Ese mismo robo regresa años más tarde con las consecuencias, para empujar a Eva, una Reina Elfo, a buscar una de las coronas del fin del mundo con ayuda de Jena, Len, uno de los cinco héroes elementales; Vin Ryder, una diosa de la Guerra; y Adam, el caótico Capitán de Pandora.
¿Eva podrá conseguir la corona? ¿La tripulación del barco Pandora podrá sobrevivir al viaje al fin del mundo?
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Capitulo #9: Ojos Vendados
Siempre pensé que usar un arco era una tarea que solo los que tenían una vista superior y un talento extraordinario podían lograr. Pensaba tanto eso que realmente nunca me interesó usar un arco, no hasta que tuve que superar el entrenamiento de uno de mis tantos maestros en mi vida.
Para superarlo, tenía que hacer que una flecha derribara una manzana con el arco sin que la flecha impactara con una de las doce hachas que estaban colocadas de tal forma que solo dejaban un pequeño hueco.
Mi maestro primero me enseñó lo básico de cómo usar un arco y también a dejar de darme golpes con el hilo. Ese hilo, siendo sincera, dolía muchísimo cuando te golpeaba en un dedo, con decir que dolía tanto como cuando te golpeas en el dedo chiquito del pie.
—¡Mi dedo! Mi dedito, ay… —chillé con mi dedo en mi boca para detener el dolor—.
—Deja de quejarte, te dije muchas veces que esa no era la forma de agarrarlo —me regañó, dándome un golpe en la cabeza con la palma abierta—.
—Sí, pero recuerde que no soy tan buena en esto —le contesté apretando la mandíbula y con las manos en los costados—.
—Lo sé, sí, lo sé. Ahora dispara, su majestad.
Con un largo suspiro tensé el arco con cierta suavidad y elegancia, agarré una flecha del estuche de lana sujeto en mi espalda y, con la precisión que mi maestro me había enseñado, apunté a esa manzana. Mi visión en la que apuntaba a la manzana se dividía en dos, al ritmo de mi respiración y mis latidos.
—¡Espera! ¡Princesa! ¡Quieta! —me detuvo mi maestro acercándose a mí—. Antes de que dispares, debes mejorar tu postura al disparar una flecha —continuó moviendo mis brazos para que estuvieran más firmes—. Respira hondo y ponte recta… —separó mis piernas para que estuvieran alineadas a mis hombros—. Separa los pies un poco, así tendrás muchísimo más equilibrio —me agarró de las manos para que soltara un poco la flecha—. Intenta que el agarre sea más suave, al disparar debes estar relajada, no rígida.
Con un último respiro dejé que la flecha saliera disparada igual que el aire que solté por la boca al respirar hondo. La flecha cruzó más de la mitad de ellas, impactando en la hoja de la novena hacha de las doce. No fue una victoria, pero fue un paso más hacia el final del entrenamiento.
—Vas bien, su majestad —me felicitó mi maestro, dándome palmadas en la cabeza—.
—M-Maestro. Sigo sin entenderlo —le dije bajando el arco y volteando a verlo con el ceño fruncido—. ¿Por qué un arco? ¿Por qué no una espada como mi hermano? ¿O a pelear en puño limpio como a su hija Rinko?
—Ves la manzana, niña. Solo podrás darle con una flecha si usas más allá de la vista, y no hablo solo de tus sentidos, sino de todo. Eso solo puede hacer alguien que domine el elemento del viento.
Seguía sin entender del todo sus palabras, aun así, asentí con una pequeña resignación por seguir disparando flechas hacia esa manzana del demonio. Con las correcciones de mi maestro pude llegar lejos, pero seguía sin superar las diez hachas de las doce.
—Ugh, ¿por qué? —gruñí soltando un suspiro y con mis orejas puntiagudas moviéndose por mi impotencia—.
“¡Esto es imposible! ¡Es imposible! ¡Es imposible que consiga esto!”, pensé haciendo un puchero y pateando las piedras del suelo.
—Niña, quédate quieta unos momentos, ¿sí?
—Agh, ahora que ma… —me quedé quieta al sentir cómo mi maestro me ponía una venda alrededor de mis ojos, para dejarme en completa oscuridad—. Ma… ¿Maestro?
—Shh, ahora intenta disparar otra vez, solo que esta vez relájate y enfócate.
—Psh, ma-maestro, ¿cómo voy a hacer eso con los ojos vendados? Si ni siquiera puedo ver con esta porque… —intenté levantar la venda, pero mi maestro me metió un manotazo en la mano—. ¡O-Oiga! ¡Lo pueden mandar a la horca por eso! ¡Soy una princesa! ¡No un perro!
—¡No! No te lo quites, niña —mi maestro me dio un manotazo en la cabeza—. ¡Ahora dispara!
A regañadientes me dispuse a disparar con el arco, con los ojos vendados. Por lógica, los primeros disparos no fueron certeros e incluso logré hacerle un rasguño por accidente a mi maestro.
—¡Mocosa! Ten más cuidado.
—¡¿Cómo quiere que tenga cuidado?! ¡Si no veo! —gruñendo, intenté levantar la venda, pero mi maestro me metió un manotazo en la mano—. ¡Oiga! ¡¡Deje de pegarme!!
—¡No te quites la venda, niña!
—¿Y cómo voy a disparar? ¡Si no veo!
—Enfócate en lo que sientes, niña. En el cosquilleo que sientes ante el peligro. ¡Enfócate en tu intuición!
Haciendo un puchero volví a prepararme para disparar. Antes de disparar la flecha, intenté enfocarme en ese cosquilleo que recorría mi cuerpo de vez en cuando.
Mi respiración se volvió más relajada por momentos, mis latidos se hicieron suaves, los sonidos de mi alrededor se hicieron tan lentos que el tiempo del mundo se había ralentizado y, al sentir un cosquilleo más intenso en los dedos que sostenían mi flecha, solté la flecha de manera instintiva.
“Fallé…”, pensé mordiendo mi labio.
Creía que había fallado por centésima vez en el día, hasta que escuché el sonido de mi flecha atravesando la manzana y clavándola en un árbol.
—¿Qué? —jadeé levantando la venda al instante en el que escuché el impacto de la manzana y mi flecha—.
En cuanto volví al presente y desperté en mi camerino, aproveché que mis mareos se habían vuelto menos intensos. Mi cuerpo aún seguía algo cansado, pero me levanté de mi cama para replicar el entrenamiento que había hecho en mi adolescencia.
Usé todas las hachas que la tripulación tenía. Por suerte, en todo el barco solo había unas catorce hachas. Iba a usar el arco que tenía entre mis cosas, pero…
“¿Vas a usarlo, Eva?”, me dijo Vin por telepatía, mientras su mochuelo estaba viéndome desde la ventana de mi camerino.
—Yo… —de reojo pude ver un rifle de hielo propulsado por unas runas del viento. Con una pequeña sonrisa, dejé el arco en mi cama para agarrar el rifle—. Si me quedo con lo que ya sé, nunca podré avanzar, ¿no? Vin.
En un intento por aprender a usar ese rifle, me puse la venda en los ojos para dispararle a una manzana dorada que estaba detrás de la fila de catorce hachas.