Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 17
Si me hubieran dicho que yo, Alismeidy, la Alfa que prefería mil veces estar sentada en una acera en Italia comiendo un frío-frío de frambuesa que usando un traje de diseñador, iba a estar frente a un espejo veneciano vistiéndome para mi propia boda con una heredera multimillonaria, yo misma me hubiera dado un bofetón para despertar. Pero el destino tiene un sentido del humor bien pesado, y aquí estaba yo, en una habitación de la mansión Valenti que olía a flores cortadas y a un miedo que se me pegaba a los huesos. Me ajustaba una corbata de seda italiana que me apretaba más que una faja de Doña Altagracia en domingo de misa.
La semana se había pasado volando entre mentiras piadosas y sudor frío. Mis llamadas a Elizabeth eran un ejercicio de tortura. Oír su voz dulce hablándome de cómo el bebé pateaba mientras yo sentía el peso del anillo de compromiso en mi bolsillo era como clavarme un puñal yo misma. Pero hoy, el tiempo se había agotado.
Mientras yo lidiaba con mis demonios, en la suite principal, la escena era un despliegue de poder dinástico. Doña Isabella, con su elegancia de hiena refinada, ayudaba a Alessandra con los últimos detalles del vestido. El silencio solo se rompía por el roce de la seda y el encaje de Bruselas.
—Mírate, Alessandra —dijo Isabella, ajustando el velo con una firmeza que parecía una sentencia—. Hoy dejas de ser una niña caprichosa para convertirte en el pilar de una nueva rama de los Valenti. Alismeidy es una Alfa con fuego, lo vimos esa noche del té, y eso es lo que este linaje necesita para no extinguirse.
Alessandra se miraba al espejo, su piel blanca resaltando contra el marfil del vestido. Sus ojos grises estaban nublados, recordando la noche de pasión que aún le quemaba la memoria.
—Madre, esto es mi matrimonio yo decido que ... —susurró con la voz temblorosa.
—No, querida. A partir de hoy, es tu realidad —la interrumpió Isabella, dándole un consejo que sonó a amenaza—. Una mujer casada en esta familia sabe cuándo mandar y cuándo someterse para obtener lo que quiere. Mantén a esa Alfa cerca, satisface sus instintos, pero nunca olvides quién tiene el control del dinero. El placer de la cama es una herramienta, úsala para asegurar tu herencia.
La capilla privada de la mansión estaba llena. Alfas con relojes que costaban más que mi casa en Santo Domingo y Omegas que olían a perfumes que no existen en el diccionario se pusieron de pie cuando sonó la marcha nupcial.
Mi familia estaba representada solo por Junior, quien caminaba por los pasillos con Sonia del brazo, dándose aires de importancia.
—¡Miren a mi hermana! —voceaba Junior en susurros audibles—. ¡Esa Alfa es sangre de mi sangre! ¡Dominicano en el mapa!
Yo estaba en el altar, sudando la gota gorda. De repente, la música cambió. Entonces, las puertas se abrieron. Apareció Alessandra del brazo de Don Vittorio. ¡Ay, mi santa madre! Si yo pensaba que ella era linda en la oficina, vestida de novia parecía un ángel caído del cielo que venía a cobrarme todas mis culpas. El vestido resaltaba su figura de Omega pura, y cada paso que daba hacia mí era como un tambor en mi pecho. Vittorio caminaba con el orgullo de un conquistador, entregando a su posesión más preciada a la Alfa que él creía haber domado.
Cuando llegaron frente a mí, la reacción de mi cuerpo fue automática. Mi instinto Alfa rugió. No era solo la farsa; era el recuerdo de cómo olía ella cuando se entregaba esa noche. Por un segundo, olvidé el contrato, olvidé a Elizabeth, y solo vi a la mujer que tenía enfrente.
En la primera fila, Marco, el hermano de Alessandra, me miraba con una ceja levantada, flanqueado por su esposa Giulia. Al lado de ellos, varias compañeras de la junta directiva de la empresa cuchicheaban, impresionadas por la "misteriosa Alfa dominicana" que había conquistado a la reina de hielo.
El cura empezó el rito. Llegó el momento de los anillos. Eran piezas de oro blanco macizo, con diamantes que brillaban más que el sol del mediodía en el Malecón.
—Yo, Alessandra Valenti, te tomo a ti, Alismeidy, como mi esposa —dijo ella, su mano temblando ligeramente mientras deslizaba el anillo en mi dedo—. Prometo serte fiel, cuidarte en la salud y en la enfermedad, y proteger este vínculo... ante el mundo y ante mi familia.
Sus ojos me suplicaban que no la dejara caer. Me tocaba a mí. Me aclaré la garganta, sintiendo que el acento dominicano se me quería salir por los poros a pesar del esfuerzo por sonar formal.
—Yo, Alismeidy... —le puse la mano sobre la suya y sentí una chispa eléctrica que casi me hace saltar—, te acepto como mi esposa. Prometo ser tu Alfa, cuidarte con mi vida, y aunque el camino sea difícil y lleno de... situaciones legales inesperadas, estaré ahí para dar la cara por ti. Lo que Dios y el destino han unido, que no lo separe el hombre
Junior soltó un suspiro dramático de fondo. Nos pusimos los anillos. Para mí eran anillos de "feka" porque todo era una mentira legal, pero el peso que sentía en el dedo era el peso de una cadena de hierro.
—Puede besar a la novia —sentenció el cura.
Alessandra se acercó con timidez, pero yo, impulsada por una mezcla de culpa, deseo residual de la noche del té y la necesidad de convencer a Vittorio, la agarré por la cintura. Le di un beso de película, un beso de esos que dejan a la gente sin aliento, con sabor a República Dominicana, con fuego y con hambre. Los invitados estallaron en aplausos. Don Vittorio soltó una carcajada de orgullo, dándole un trago a su copa de champaña.
La recepción fue una locura. Los jardines de la mansión parecían sacados de una película de Hollywood. Había estaciones de comida de todo el mundo, champaña que fluía como si fuera agua del grifo y una orquesta que tocaba música clásica que me ponía a bostezar, aunque yo trataba de mantener la cara de "Alfa importante".
Fue aquí donde empezaron los roces. Marco, el hermano mayor de Alessandra, se nos acercó con su esposa Giulia. Giulia era una Omega que parecía de porcelana, siempre callada y con una sonrisa que no decía nada. Marco, por otro lado, me miraba como si estuviera analizando una bacteria bajo un microscopio.
—Felicidades, Alismeidy —dijo Marco, chocando su copa con la mía—. Mi padre dice que tienes un talento especial para los negocios. Yo sigo sin entender cómo una "asistente" de Santo Domingo terminó con el anillo más caro de la familia. Tienes carisma, eso no se puede negar.
—Se llama saber lo que uno quiere, Marco —le contesté, tratando de sonar formal—. En mi tierra decimos que el que sabe de música, con cualquier instrumento toca. Y yo sé muy bien la sinfonía que Alessandra y yo estamos componiendo.
Marco soltó una risita cínica y se alejó. Alessandra me apretó el brazo.
Mientras tanto, en mi mente, la imagen de Elizabeth sentada en el balcón del apartamento me golpeaba. Alessandra, a mi lado, sonreía mecánicamente a los invitados, pero bajo la mesa, su mano buscaba la mía con una urgencia desesperada.
—Jefa... —le susurré al oído durante el brindis—. Marco nos está observando como un águila.
—Lo sé —respondió ella entre dientes, manteniendo la sonrisa para los fotógrafos de Vogue Italia—. Por eso, cuando bailemos el vals, haz que parezca que no puedes vivir sin mí. Mi padre acaba de confirmar que después de la fiesta nos mudamos a la mansión de Roma. Ya no hay vuelta atrás. La "cárcel de oro" ya tiene las puertas abiertas.
Junior se me acercó, ya medio "picado" por el vino caro, con Sonia agarrada de su brazo.
—¡Manita, te la comiste! ¡Qué boda! ¡Qué comida! Oye, si esto es una mentira, avísame para alquilar un apartamento al lado de tu palacio en Roma. ¡Suerte en la noche de bodas... trata de no romper la cama de nuevo!
Junior se reía, pero yo solo pensaba en el mensaje que acababa de entrar en mi celular. Un mensaje de Elizabeth que no me atrevía a leer frente a los Valenti. El "toyo" dominicano en Italia se acababa de convertir en una tragedia de proporciones épicas, sellada con diamantes y un beso que, muy en el fondo, ya no se sentía tan mentira.
Continuará...🔥