Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 14 - El precio de la libertad
—¿De verdad creen que los voy a dejar ir así como así? —La voz de Marcelo resonó en el vestíbulo, fría y cargada de una amenaza implícita.
Adam dio un paso al frente, interponiéndose entre su padre y la mujer que amaba. Sus ojos centelleaban de rabia.
—Nos vamos a ir, te guste o no, papá —sentenció, sosteniéndole la mirada sin un rastro de temor.
Marcelo soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de humor.
—¿No crees que estás olvidando algo muy importante, hijo?
El ambiente se volvió denso. Sabiendo que las cosas se pondrían difíciles, Adam se giró hacia su pareja y depositó un tierno beso en sus labios, intentando transmitirle una calma que él mismo no sentía.
—Mi amor, ve a la habitación y recoge tus cosas. Voy en un momento.
—Está bien —susurró Bibiana, asintiendo con el corazón acelerado antes de dar la vuelta y apresurar el paso por el pasillo.
Marcelo vio alejarse a la joven con una mirada indescifrable antes de clavar sus ojos nuevamente en su hijo.
—Vamos al estudio. Hablaremos de esto mejor allá adentro.
—Vamos, papá —aceptó Adam, con los puños apretados, caminado junto a él hacia el despacho privado.
Mientras tanto, en la planta alta, Bibiana cerró la puerta de su habitación con manos temblorosas. El miedo le oprimía el pecho mientras abría el armario y comenzaba a meter su ropa a toda prisa en la maleta.
—Ojalá el padre de Adam nos deje ir en paz... —susurró para sí misma en la soledad del cuarto, rogando internamente porque Adam saliera a salvo de ese estudio.
Al cerrar la puerta del estudio, el silencio se volvió pesado. Adam no esperó a que su padre hablara; se giró de inmediato, con el rostro encendido por la furia.
—¡No voy a convertir a Bibiana, papá! Entiéndelo de una vez —sentenció, golpeando el escritorio con el puño.
Marcelo no se inmutó. Caminó lentamente hacia su sillón y lo miró con una frialdad implacable.
—Lo vas a hacer, Adam. Eso si no quieres que esa mujer se quede sin su querida familia humana.
La amenaza cayó como un balde de agua fría. Adam dio un paso hacia él, desesperado.
—¡Ya deja de amenazarme! Por primera vez en tu vida déjame ser libre. Déjame tomar mis propias decisiones.
—Si no conviertes a tu esposa, estaremos quebrantando las leyes de nuestra especie —replicó Marcelo, elevando la voz—. ¿Es que no lo entiendes? Las consecuencias serán terribles para todos.
—Nadie se va a enterar —aseguró Adam, tratando de mantener el control—. Para cuando eso pase, mi esposa y yo ya no estaremos viviendo aquí. Nos habremos ido muy lejos.
Marcelo soltó una risa seca, apoyando las manos sobre la madera del escritorio mientras se inclinaba hacia su hijo.
—De todas maneras no se van a ir de aquí. Y tú vas a hacer exactamente lo que yo te ordene.
Adam retrocedió un paso, pero su mirada no flaqueó. La determinación en sus ojos asustaría a cualquiera.
—No, papá. Esta vez no. Si intentas impedir que nos vayamos, buscaré la forma de escaparme con Bibi. Nos iremos tan lejos que nunca más volverás a saber de nosotros. Esta vez desapareceré para siempre.
Marcelo se quedó completamente callado. Sus ojos se entrecerraron, analizando la amenaza de su hijo, mientras el tic-tac del reloj de la pared se volvía el único sonido en la habitación.
En la habitación de Bibiana
Bibiana cerró la cremallera de su última maleta con un suspiro de alivio justo cuando la puerta de la habitación se abrió suavemente.
—Hola, Bibi —saludó Giselle, asomando la cabeza antes de entrar por completo.
—Hola, Giselle —respondió Bibiana, esbozando una sonrisa sincera al verla.
Sin decir más, Giselle se acercó rápidamente y la envolvió en un cálido abrazo, lleno de empatía.
—Lamento tanto lo que hizo mi padre ayer en la fiesta —susurró al oído de su cuñada, con tono de culpa—. Sé que fue una situación horrible para ti.
Bibiana se separó un poco y le dedicó una mirada comprensiva, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Sí, lo fue... pero ya pasó, así que no te preocupes por eso.
Giselle bajó la mirada, pero al hacerlo, sus ojos se clavaron en el equipaje listo junto a la cama. Se quedó helada.
—¿Por qué tienes todas tus cosas recogidas?
—Adam y yo regresamos hoy mismo a Finlandia —anunció Bibiana, y esta vez su sonrisa reflejó la ilusión de recuperar su libertad.
—¿De verdad? —Los ojos de Giselle se abrieron de par en par, entre la sorpresa y el alivio.
—Sí, está decidido.
—Eso es lo mejor que pueden hacer —admitió Giselle con un hilo de voz, aunque una sombra de tristeza cruzó por su rostro—. Aunque... no te miento, los voy a extrañar muchísimo.
—Nosotros también te vamos a extrañar a ti —aseguró Bibiana, conmovida por sus palabras.
Ambas se unieron en un último y apretado abrazo, sabiendo en el fondo que dejar esa casa era la única forma en que Adam y Bibiana podrían salvar su amor.
Mientras tanto en el estudio, tras un largo y tenso silencio, Marcelo suspiró y suavizó la expresión, aunque sus ojos seguían fríos.
—Está bien, hijo. Vamos a hacer algo —dijo, cruzando los brazos sobre el escritorio—. Para que veas lo buen padre que sigo siendo, te voy a permitir que te vayas de aquí con tu esposa.
Adam se quedó helado, parpadeando con incredulidad.
—¿Es en serio?
—Sí, pero con una condición —añadió Marcelo, clavando su mirada en él—. Te voy a dar el plazo de un mes para que conviertas a tu esposa.
—Sabes perfectamente que no lo voy a hacer —replicó Adam, apretando los dientes al ver que había una trampa.
—Esa es la única forma en que ustedes se irán de aquí sin mis guardaespaldas pisándoles los talones. Además... es el único modo de que la familia humana de tu esposa siga a salvo.
—¡¿Por qué siempre tienes que hacer las cosas así?! —estalló Adam, la frustración desbordándose en su voz.
—Porque no me dejas otra alternativa, Adam. La conviertes porque la conviertes. No hay discusión.
Adam bajó la cabeza, sopesando sus opciones. Sabía que no podía ganarle un enfrentamiento directo a su padre en ese momento. Tenía que ganar tiempo.
—Un mes es demasiado pronto —negó Adam, buscando desesperadamente una salida—. Dame por lo menos seis meses. Esto no es fácil para mí... y además quiero que Bibi disfrute un poco más de su vida humana.
Marcelo lo analizó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos, antes de asentir lentamente.
—Está bien. Te voy a dar esos seis meses, Adam. Pero escúchame bien: si en ese tiempo no conviertes a tu esposa en uno de nosotros, no tendré piedad. Devoraré a toda su familia, uno por uno. Y ese sufrimiento será irreparable para ella... y tu culpa.
A pesar del horror de la amenaza, Adam sintió un peso menos encima. Seis meses eran suficientes para idear un plan o escapar de verdad.
—Gracias, papá —susurró, tragando saliva.
—Voy a confiar en tu palabra, hijo. Los visitaré dentro de seis meses para comprobar que cumpliste. Espero no llevarme una decepción.
—No te preocupes por eso. Adiós, papá —se despidió Adam, girándose rápidamente para salir del estudio antes de que su padre cambiara de opinión.
Lejos de Finlandia, los ecos de la fría noche de Rumania envolvían la ciudad. Dentro de un céntrico apartamento, la atmósfera era radicalmente distinta.
En la sala, Matt aguardaba con evidente nerviosismo.
—Espere aquí un momento, por favor —indicó la empleada de la casa.
—Gracias —respondió Matt, frotándose las manos, incapaz de quedarse quieto.
Mientras tanto, en el estudio privado, un hombre de mirada severa llamado Luis se encontraba concentrado en su mesa de trabajo. Con sumo cuidado, organizaba una serie de artefactos extraños y letales: estacas de madera pulida, frascos con agua bendita y armas modificadas, diseñadas con un único propósito: matar vampiros.
Un suave golpe en la puerta interrumpió su labor.
—Señor —anunció la empleada, asomándose—. Lo busca un joven. Por su apariencia y su acento, creo que no es de por aquí.
Luis no levantó la vista de sus armas.
—Dile que ya lo atiendo.
—Sí, señor —asintió ella, retirándose de inmediato.
De regreso en la sala, la mujer se dirigió al invitado:
—El señor ya viene a atenderlo.
—Muchas gracias —contestó Matt.
En cuanto la empleada se retiró, Matt comenzó a caminar de un lado a otro, hablando para sí mismo en un susurro cargado de frustración y resentimiento.
—Más vale que ese tipo acepte ayudarme... Necesito liberar a Bibiana de ese maldito imbécil de Adam y de su padre. No merecen vivir.
—¿En qué puedo ayudarte? —La voz profunda de Luis lo sacó de sus pensamientos. El hombre acababa de entrar a la sala, observándolo con ojo clínico.
Matt se dio la vuelta, irguiendo el cuerpo.
—Hola... Yo soy Matt. Leí en internet que usted cree en la existencia de los vampiros, y que incluso ha logrado cazar y destruir a varios de ellos.
Luis esbozó una sonrisa helada, cruzando los brazos.
—Sí, técnicamente soy un cazavampiros. Pero dime, ¿a qué se debe una visita desde tan lejos, Matt?
—Necesito su ayuda —suplicó el joven, dando un paso al frente—. Mi exnovia está hechizada por uno de ellos. Todo debido a un pacto oscuro que hizo su propio padre con el líder de esos monstruos. Sé que la única forma de romper ese lazo es destruyéndolos. Si matamos a esos dos vampiros, ella quedará completamente libre.
Luis lo miró fijamente, evaluando el fuego de venganza que brillaba en los ojos del muchacho.
—¿De verdad estás dispuesto a todo para salvar a tu exnovia?
—Sí, por favor, se lo ruego —insistió Matt, con los puños apretados—. Ayúdeme. Necesito destruirlos a como dé lugar.
El cazador guardó silencio por unos instantes, sopesando la situación, hasta que finalmente asintió.
—Te voy a ayudar, Matt.
Un enorme peso pareció desaparecer de los hombros del joven.
—Gracias... ¡Muchas gracias! Entonces no hay tiempo que perder, tenemos que viajar a Finlandia de inmediato.
—No —lo frenó Luis con voz firme—. No podemos regresar todavía.
Matt frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué no?
—Porque los vampiros a los que te enfrentas no son corrientes. Si vas ahora, solo conseguirás que te maten —explicó Luis, caminando hacia la ventana—. Primero debes entrenar, endurecer tu cuerpo y prepararte muy bien. Aprender a matar. Y ese proceso nos llevará, por lo menos, seis meses. ¿Estás dispuesto a hacer ese sacrificio?
Matt apretó la mandíbula. Pensó en Bibiana en manos de Adam, recordó su obsesión por rescatarla y el odio que sentía por el mundo sobrenatural. El destino estaba sellado.
—Con tal de salvar a Bibiana y destruir a esos monstruos... sí. Estoy dispuesto a hacer lo que sea
En los gélidos paisajes de Alaska, el silencio rodeaba una pequeña y acogedora cabaña. En el interior, una mujer de aspecto sabio terminaba de envasar una extraña fórmula líquida dentro de un frasco de vidrio.
La puerta se abrió suavemente, dejando entrar una ráfaga de viento frío junto a un visitante familiar.
—Hola, abuela —saludó Adam, cerrando a sus espaldas.
Clara dejó el frasco sobre la mesa y se giró con el rostro iluminado por la alegría.
—¡Hijo! Felicidades por tu matrimonio —exclamó, acercándose rápidamente para envolver a su nieto en un cariñoso abrazo.
—Gracias, abuela —respondió él, correspondiendo el gesto—. Ayer por la noche vine con mi esposa, pero no estabas por ningún lado.
—Lo sé —sonrió la anciana con tranquilidad.
—Abuela, es que mi esposa y yo...
—También lo sé, hijo —lo interrumpió Clara, leyéndole el pensamiento—. Por eso me fui de la cabaña.
Adam la miró sorprendido, arqueando una ceja.
—¿Tú sabías que vendría aquí con Bibi?
—Sí, lo vi en una de mis visiones —explicó ella, acomodándose los hilos de plata de su cabello—. Salí porque sabía que necesitaban tiempo para estar a solas. No podían hacerlo viviendo en esa mansión... que para ustedes ha sido más una prisión que un hogar.
—Tienes razón, abuela. De hecho, Bibi y yo regresamos hoy mismo a Finlandia.
—Me alegro mucho por ustedes —asentió Clara, con una mirada profunda que transmitía paz—. Van a ser muy felices durante un largo tiempo.
—Ojalá que así sea —suspiró Adam, aunque la sombra de la amenaza de su padre aún pesaba en su mente—. Venía a despedirme de ti.
—Antes de que te vayas, quiero darte mi regalo de bodas —dijo la anciana, agachándose para sacar algo debajo de la mesa—. Toma.
Clara le extendió un pesado maletín de cuero negro. Adam lo sostuvo entre sus manos, confundido.
—¿Qué es este maletín, abuela?
—Ábrelo tú mismo.
Adam colocó el maletín sobre una silla y soltó los broches de metal. Al levantar la tapa, sus ojos se abrieron de par en par. El interior estaba repleto de fajos de billetes de alta denominación, y justo encima, reposaban unos documentos oficiales con sellos notariales.
—Esto... esto es demasiado dinero, abuela —tartamudeó, asombrado—. ¿Y qué son estos papeles?
Clara le dedicó una sonrisa llena de complicidad y nostalgia.
—Esos papeles son las escrituras de la cabaña de Finlandia... esa misma donde te refugiaste al principio de todo esto. A partir de hoy, está legalmente a tu nombre. Ese es mi regalo de bodas para ti y para Bibiana. Un lugar propio, lejos de los ojos de tu padre, donde podrán empezar de nuevo.
Adam se quedó completamente callado. El corazón le dio un vuelco al recordar los días que pasó en ese lugar, y sintió una inmensa gratitud al saber que ahora ese santuario les pertenecía.