Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 2
Capítulo 2. Cinco meses
Renata no volvió a dejar la fotografía junto a las rosas.
La guardó donde pudiera encontrarla. No quería que se mezclara con un recibo, que alguien recogiera la tarjeta, que un gesto de limpieza resolviera lo que Damián todavía no había resuelto.
Él le había dicho que averiguaría quién la mandó.
Mientras esperaba, Renata descubrió que podía recordar la imagen sin tenerla delante. La mano. El brazo alrededor de Camila. La cercanía que en una foto de ella y su marido habría interpretado como confianza.
No le contó a Lucía solamente que había recibido una fotografía. Se la enseñó.
Su amiga se quedó mirándola.
—¿Le preguntaste?
—Dice que es una broma.
Lucía levantó los ojos.
Renata se irritó antes de que dijera nada.
—Yo tampoco me estoy riendo.
Cuando supo que Damián iba a jugar tenis con Hernán Duarte, decidió ir. Podía esperar una llamada de su marido, una explicación, un nombre. O podía verlo en el lugar donde decía que estaría.
Le pidió a Lucía que la acompañara.
En el club, el golpe de las pelotas llegaba desde las canchas. Renata reconoció a Damián antes de que él las viera. Estaba con Hernán y otras dos mujeres.
Camila era una de ellas.
Renata se detuvo un instante. Lucía, a su lado, también la reconoció. Ninguna necesitó señalarla.
Damián se volvió.
—¿Viniste a jugar?
Lo dijo sonriendo. No apartó a nadie ni cambió de sitio. Se acercó a besar a su esposa con una naturalidad que a Renata le habría gustado poder examinar desde fuera.
—Vine con Lucía. A ver qué tal juegan.
Él saludó a su amiga y las llevó hacia el grupo.
Hernán les dio la bienvenida. A su lado estaba Natalia Carrillo, su cuñada. Renata la miró con atención mientras se presentaban. La mujer tenía una manera de mantenerse recta, de escuchar sin asentir por compromiso, que hacía difícil saber si una le caía mal o simplemente no le interesaba.
Con Renata no tardó en aclararlo.
Al acercarse, Renata distinguió su perfume. Intenso, de los que seguían presentes después de que alguien se apartara. También por eso era difícil no fijarse en ella.
La conversación giró hacia Damián, la empresa y el tiempo que pasaba trabajando. Él bromeó con que su esposa había ido a supervisarlo. Renata dejó que la broma se quedara allí.
No había venido a discutir delante de un socio de Bellaria.
Mientras hablaban, Hernán puso una mano en la cintura de Camila.
Renata lo vio porque estaba pendiente de ella. La mano no se quedó quieta. Camila se movió y él volvió a acercarla, sin interrumpir lo que decía.
Era una familiaridad distinta a la que Renata había ido a buscar. No tenía nada que ver con Damián.
Miró a su marido. Él hablaba con Lucía y sostenía la raqueta por el marco. No parecía esperar una reacción de Camila. Tampoco se interpuso cuando Hernán volvió a tocarla.
Renata sintió que algo se aflojaba en su pecho.
La fotografía había recogido un momento. Un solo momento, sin lo que había pasado antes ni después. Allí tenía a Camila frente a ella y al hombre que no podía mantener las manos lejos de su cuerpo.
Había creído entenderlo todo con un brazo alrededor de una mujer.
Se sintió un poco tonta. Después se enojó con la persona que había puesto la foto entre sus flores.
No quitó importancia a la mano de Hernán. Le resultaba desagradable mirarla. Pero ya no le pertenecía al problema que llevaba días imaginando.
Natalia la observó volverse hacia Damián.
—Tu marido se ocupa de todo, ¿verdad?
Renata la miró.
—¿De qué?
—Del trabajo. De la empresa. Tú puedes dedicarte a tus cosas.
La frase no era una pregunta. Natalia ya había decidido la respuesta.
Renata sonrió.
—Sí. Nos organizamos bien.
Podía decirle que Bellaria era la empresa de su padre. Que Damián no había llegado a aquella mesa por generación espontánea. Pero no veía por qué debía dar explicaciones a una mujer a la que acababan de presentarle.
Natalia inclinó un poco la cabeza.
—Mi hermana también habla así.
Su hermana era la esposa de Hernán. No hacía falta conocer su nombre para entender hacia dónde quería llevar la conversación.
Renata miró un segundo a Camila. La muchacha había apartado el cuerpo, pero Hernán seguía demasiado cerca.
Volvió a Natalia.
—No sabía que mi matrimonio te interesara tanto.
—Te veo tranquila. Eso es bueno.
La voz de Natalia seguía siendo correcta. Quizá demasiado. Renata conocía ese tono: el de quien podía negar después que hubiera dicho algo ofensivo.
No iba a darle una discusión que llevarse a casa.
Podía estar acostumbrada a otras cosas, a lo que hiciera su cuñado, a lo que soportara su hermana. Eso no convertía a todos los hombres en Hernán. Ni a Renata en una mujer que necesitara recibir una advertencia en una cancha de tenis.
—Lo estoy —respondió.
Se acercó a Damián y le quitó la raqueta de la mano.
Lucía le echó una mirada breve. Renata fingió no verla.
Jugaron un rato. Al principio se concentró demasiado en lo que hacían los demás. En dónde se sentaba Camila. En quién iba a buscar agua. En si Damián miraba hacia ella cuando la pelota quedaba al otro lado.
Luego empezó a devolver los golpes y a pensar menos.
Su marido la corrigió una vez desde el otro lado de la red. Renata le contestó que podía hacerlo sin su ayuda. Él se rio. Aquello sí lo conocía: la facilidad de llevarle la contraria sin que el mundo se viniera abajo.
Al descansar, Damián habló del club como si llevara tiempo recorriendo sus canchas.
—Llevo cinco meses viniendo —dijo.
Renata lo oyó. En ese momento no tuvo ningún motivo para fijarse en el número. Se quedó más con el tono: la familiaridad con que hablaba del lugar, la comodidad de estar allí.
Hernán volvió al tema del trabajo. Natalia participó. Renata escuchó nombres, plazos, cosas que entre ellos no necesitaban presentación.
Reconoció una incomodidad que prefería no admitir. No le molestaba que Natalia hablara con Damián. Le molestaba quedarse fuera de lo que decían. Aquella mujer tenía un terreno propio y sabía moverse en él. Renata llevaba tiempo ocupándose de otras cosas. Ante una conversación que avanzaba sin ella, eso se notaba.
Se dijo que había ido a pasar un rato, no a demostrar nada.
Cuando terminaron, fue a recepción a pagar.
Le venía bien apartarse. Ya podía contarle a Lucía lo de Camila sin el nudo con que había llegado. Quería volver a casa, quitarse la ropa de tenis y dejar de pensar en una fotografía que alguien había elegido precisamente para hacerla pensar.
La persona de recepción la atendió con amabilidad. Renata dio el nombre de Damián y sacó su tarjeta.
Mientras comprobaban los datos, preguntó algo sobre el uso de las instalaciones. La respuesta incluyó una aclaración dicha sin intención de aclarar nada.
Su esposo era un socio nuevo.
Renata mantuvo la tarjeta entre los dedos.
—¿Nuevo?
—Sí, acaba de inscribirse.
Esperó a ver si añadían otra cosa. Una renovación. Un cambio de categoría. Algo que convirtiera la frase en un asunto administrativo sin relación con lo que acababa de oír junto a la cancha.
No añadieron nada.
Cinco meses.
Volvió a oír la voz de Damián. Lo había dicho sin buscar una fecha, sin hacer memoria. Cinco meses viniendo a jugar. Él podía equivocarse con un plazo de trabajo. Podía confundir una semana con otra. Pero aquello no sonaba a una confusión.
Guardó la tarjeta cuando terminaron de cobrarle.
—Gracias.
Al regresar hacia los demás, vio a Damián hablando con Hernán. Camila estaba a un lado. Natalia escuchaba, con una expresión que Renata ya había decidido que no le gustaba.
Su marido la vio acercarse y levantó la mano.
Renata se acercó.
No le preguntó por los cinco meses.
Había llegado buscando una respuesta y se había permitido descansar en cuanto encontró una que le gustaba. Camila no era la mujer que creía. Eso podía ser verdad.
No explicaba por qué Damián había mentido sobre el club.
Más tarde volvió a sacar la fotografía.
Esta vez no miró primero el brazo de su marido. Recorrió las personas que aparecían alrededor. Las había visto aquella tarde. Ya podía reconocer detalles que antes no le habían dicho nada.
Natalia estaba allí.
No era alguien que acababa de entrar en sus vidas. Había estado en el lugar donde tomaron la foto, cerca de Damián y de Camila. Y había mirado a Renata como si supiera algo que ella no sabía.
Apoyó la imagen sobre la mesa y la acercó a la luz.
Había guardado aquella foto para que no desapareciera.
Ahora quería ver todo lo que había dejado de mirar.