⚠️ Edicion de capítulos ⚠️
🚫 Novela en Emisión y Corrección 🚫
Molly Dumont vive en un mundo de sombras donde nadie puede oírla. Tras un trágico accidente, todos creen que su mente se ha ido para siempre, pero ella está ahí, escuchando cada secreto, cada traición y cada suspiro.
Axel Brunner, el CEO del Holding Arcane, se casó con ella por un pacto de poder, pero ahora se encuentra librando la batalla más importante de su vida: proteger a la mujer que todos llaman "un cuerpo vacío". Mientras la justicia intenta arrebatársela y un tío ambicioso busca destruirla, Axel descubrirá que el amor no necesita palabras, y que Molly está enviando señales que solo un corazón dispuesto a escuchar puede entender.
¿Podrá Axel salvarla antes de que el tiempo se agote? ¿Logrará Molly romper las cadenas de su silencio antes de perderlo todo?
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Preludio 1: Un desastre elegante
El lobby del hotel de cinco estrellas Brunner Palace no era solo un lugar de paso; era una declaración de intenciones. El mármol blanco de Carrara brillaba bajo una luz cálida que hacía que hasta el aire pareciera más caro. En medio de ese despliegue de perfección, Molly Dumont intentaba, sin mucho éxito, que su propia existencia no desentonara.
Sentada en un imponente sillón de terciopelo azul, cruzó las piernas, sintiendo el roce de su blusa de seda clara —un regalo de su amiga reservado para ocasiones especiales— y dio un sorbo a su café. El vapor le acarició el rostro y, por un segundo, el caos de su agenda y las presiones laborales desaparecieron.
—Esto es lo más cerca que voy a estar de la felicidad hoy… —murmuró para sí misma, cerrando los ojos.
No sabía que, a menos de diez metros, la "felicidad" estaba a punto de ser arrollada por un huracán con traje a medida.
Axel Brunner no caminaba, colonizaba el espacio. Su mandíbula estaba tan tensa que Hans, su asistente personal, se mantenía a tres pasos de distancia como una sombra silenciosa. Sabía leer el lenguaje corporal de su jefe mejor que nadie: Axel estaba en modo "demolición".
—Te estoy diciendo que no vamos a firmar eso hoy, Stefan —gruñó Axel al teléfono, ignorando las miradas curiosas de los huéspedes.
Del otro lado, la voz de Stefan llegó cargada de esa ironía que solo un mejor amigo con mucha paciencia se podía permitir.
—¿Otra vez estás de mal humor o ya es tu estado natural, Axel? ¿Te has despertado hoy con ganas de comprar una empresa o de hundir un continente? —la risa de Stefan fue inmediata y sonora.
Axel rodó los ojos, deteniéndose frente a un enorme jarrón de cristal.
—Estoy trabajando, Stefan. Concepto que pareces olvidar cuando te pasas el día en el club de campo.
—No, amigo mío. Estás peleando con gente por teléfono. Hay una diferencia sutil pero importante. Además, Hans está contigo, ¿verdad? Dile que te dé un chocolate o algo, te baja el azúcar y la tiranía. ¿Dónde estás exactamente?
—En el lobby del hotel. Tengo una reunión en diez minutos.
—¿Y ya te peleaste con alguien ahí también o eso lo estás dejando para después del almuerzo? Sería un detalle bonito que hoy no le arruines el día a nadie, aunque solo sea por estadística.
Axel sonrió con una ironía que no llegó a sus ojos.
—No prometo nada, Stefan. A veces la gente simplemente se interpone en el camino del progreso.
Llevado por la inercia de su propia irritación, Axel giró sobre sus talones hacia los ascensores privados con la potencia de quien sabe que el mundo suele apartarse a su paso. Pero Molly no era el mundo; Molly era una mujer disfrutando de su último sorbo de paz.
El choque fue seco. El tiempo pareció congelarse durante el medio segundo justo antes del desastre, ese instante donde el cerebro registra el impacto, pero el cuerpo no puede reaccionar. El café voló en un arco perfecto antes de aterrizar, con una precisión, sobre la blusa inmaculada de Molly.
—¡¿Pero qué—?!
Molly se levantó de un salto; la taza tintineó contra el suelo. El líquido oscuro se expandía por su pecho como una mancha de tinta en un mapa, el calor traspasando la seda y quemándole la piel.
—¡¿Estás ciego?! —exclamó ella, con la voz vibrando entre la sorpresa y la indignación pura.
Al otro lado del teléfono, Stefan soltó una carcajada.
—¡¿QUÉ HICISTE?! —gritó entre risas—. ¡Dime que no acabas de atropellar a una civil!
Axel cerró los ojos un segundo, asimilando la situación. Hans dio un paso adelante con un pañuelo de lino, pero se detuvo al ver la mirada de fuego que la mujer le lanzaba a su jefe.
—Nada —murmuró Axel al teléfono, tratando de mantener la compostura mientras miraba el desastre.
—¿Nada? —repitió Molly con incredulidad—. ¿Tú llamas "nada" a esto? Me has arruinado la ropa, el día, ¿y dices que no es nada?
Axel miró la mancha. Luego la miró a ella. Sus ojos grises estaban encendidos, y a pesar del desastre, había algo en su postura, en la forma en que no se achicaba ante su presencia, que lo descolocó por completo.
—Te llamo luego —le dijo a Stefan, cortando la llamada sin esperar respuesta.
Axel se aclaró la garganta. No estaba acostumbrado a pedir disculpas, y menos a desconocidas en público.
—Lo siento —dijo, intentando sonar profesional.
Molly parpadeó, esperando algo más. El silencio se prolongó de forma incómoda.
—¿Eso es todo? ¿"Lo siento"?
—Fue un accidente —añadió Axel, recuperando su tono de mando—. Estaba en una llamada importante.
—Ah, por supuesto —Molly sonrió, pero era una sonrisa afilada como un bisturí—. Porque la gente camina derramando café sobre los demás.
Es un rasgo de liderazgo, supongo. Y yo estaba aquí sentada, sin moverme. Un objetivo difícil de esquivar, está claro.
Axel apretó la mandíbula, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos. Hans dio otro paso al frente.
—Señorita, por favor —intervino el asistente con voz suave—, podemos gestionar que limpien su ropa de inmediato en el servicio de lavandería del hotel, o si lo prefiere, podemos enviarle un reemplazo de la misma calidad.
Molly ignoró a Hans y mantuvo la mirada clavada en Axel.
—¿Ah, sí?
El aire pareció electrificarse. Axel, acostumbrado a que la gente bajara la cabeza, sintió una extraña chispa de irritación mezclada con una curiosidad involuntaria. Había algo en la determinación de esa mujer que lo obligaba a prestar atención.
Pero Molly no estaba para tensiones ni juegos de miradas.
—Déjalo —dijo ella, tomando su bolso con un gesto brusco—. Ya has hecho suficiente por hoy. No te quito más tiempo de tus llamadas "importantes".
Se dio la vuelta y se fue, caminando con la cabeza alta a pesar de la mancha de café que le bajaba por el pecho. Axel se quedó inmóvil, observándola hasta que desapareció por la puerta principal.
—Señor Brunner… —susurró Hans—. ¿Quiere que averigüe quién es?
—No es necesario, Hans —respondió Axel, aunque su mirada seguía fija en el punto por donde ella se había ido—. Vamos a la reunión.
La puerta de la suite se cerró con un estruendo que hizo vibrar las ventanas. Molly entró como un torbellino de indignación, señalando su blusa con un gesto dramático.
—¡ME TIRÓ EL CAFÉ ENCIMA, CHLOE! ¡Todo el maldito café!
Chloe, que estaba terminando de retocarse el maquillaje frente al espejo, se giró lentamente y la miró de arriba abajo. Se quedó en silencio un segundo, procesando la imagen de su mejor amiga empapada en cafeína.
—… Wow. Parece que has peleado con un barista y has perdido. ¿Te quemaste?
Molly dejó el bolso sobre la cama con tanta fuerza que rebotó.
—¡Y el tipo ni siquiera lo sintió! Dijo “lo siento”, pero lo dijo como si hubiera pisado una hoja seca en el parque. Con una frialdad… una arrogancia. Estaba ahí con su teléfono, sintiéndose el dueño del mundo.
Chloe alzó una ceja, buscando una toalla húmeda.
—¿Era guapo?
Molly se detuvo en seco. La imagen de esos ojos grises como el acero volvió a su mente de inmediato.
—No es el punto, Chloe —dijo finalmente, aunque el tono había bajado un poco.
Chloe soltó una risita triunfal.
—Eso es un sí.
—¡No importa si era guapo! Era un idiota integral. Un distraído, un tipo con complejo de CEO del universo que cree que el resto de los mortales somos mobiliario.
—Ah, entonces definitivamente es guapo —insistió Chloe, frotando suavemente la mancha con la toalla—. Los idiotas con complejo de CEO suelen tener mandíbulas cuadradas y trajes que cuestan una fortuna. ¿Era así?
Molly soltó un suspiro largo y se dejó caer de espaldas en la cama, mirando al techo.
—Se quedó ahí parado, mirándome con esa cara de "no entiendo por qué esta mujer me grita", mientras su asistente intentaba arreglarlo todo.
Si lo vuelvo a ver, te juro que le tiro una jarra entera de chocolate hirviendo. O algo peor.
—Tranquila, fiera. Olvídate de él por hoy, Molly. Cámbiate de ropa, nos vamos a cenar y mañana esto será solo una anécdota divertida sobre el "Señor Café". Si tienes que volvértelo a cruzar, lo harás. Pero por ahora, que le den a él y a su teléfono.
Molly bufó, aunque una pequeña sonrisa empezó a asomar.
—Ojalá que no lo vuelva a ver nunca. Madrid es lo suficientemente grande para los dos, espero.
Chloe no respondió. Le tendió una blusa limpia y la observó durante un instante.
—Sí... estás en problemas.
Molly se desabrochó la seda arruinada. Al sostener el tejido húmedo entre las manos, la sensación del impacto regresó a su piel con una nitidez desconcertante. No era el café lo que le costaba olvidar, sino al hombre que lo había derramado; una intensidad helada que, por mucho que lo intentara, no conseguía sacudirse del cuerpo.
Una inquietud sorda la obligó a mirar hacia la ventana, contemplando el ir y venir de las luces de la ciudad, mientras el eco de ese encuentro se instalaba en su pecho como una advertencia silenciosa.