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LA HEREDERA OCULTA. EL ECO DE MI TIEMPO ROBADO

LA HEREDERA OCULTA. EL ECO DE MI TIEMPO ROBADO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Romance de oficina / CEO / Romance / Completas
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 1. EL REFLEJO DE MIS PROPIAS ALAS

Mi nombre es Christine. Tengo veintiséis años y, si tuviera que definir mi vida en una sola palabra, esa sería "independencia". Vivo sola desde el preciso instante en que alcancé la mayoría de edad, un momento que para muchos jóvenes representa una transición lenta, pero que para mí fue un salto al vacío sin red de seguridad. En el lugar donde me crié, cumplir los dieciocho años no es solo una cifra en el calendario; es el momento en que el sistema te abre las puertas hacia el exterior y te toca elegir qué dirección tomar. En mi caso, la propuesta de la institución fue clara: me ofrecieron la oportunidad de quedarme allí dentro, pasando de ser una interna a convertirme en una de las educadoras del orfanato. Hubiera sido la opción cómoda, la ruta segura y conocida. Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, sabía que necesitaba marcharme. Deseaba con todas mis fuerzas salir a explorar el mundo exterior y romper el cascarón de una vez por todas. Necesitaba abandonar aquellas cuatro paredes que llevaba viendo prácticamente desde que tenía uso de razón.

Quizá para muchas personas pueda parecer una contradicción o algo sumamente extraño que, después de haber pasado toda mi vida entre los muros de un hospicio, mi único pensamiento recurrente fuera abandonarlo a la primera oportunidad. Y más extraño puede resultar si os confieso que, a pesar de no haber conocido jamás a mis padres biológicos ni tener ningún tipo de familia de sangre, viví una infancia verdaderamente feliz en aquel lugar. A diferencia de las historias de terror que a veces se escuchan o se leen en las novelas sobre los centros de acogida, el nuestro sí era un verdadero hogar para todos los niños que cruzábamos su umbral. Las instalaciones estaban cuidadas con mimo, las paredes lucían colores alegres y vivos que ahuyentaban la melancolía, y las habitaciones contaban con camas blanditas y cómodas. De hecho, cada vez que un niño nuevo ingresaba, lo recibían con un osito de peluche sobre la almohada como gesto de bienvenida. Las cuidadoras no eran frías empleadas públicas, sino mujeres llenas de una paciencia infinita, cariñosas y amables que se desvivían por hacernos sentir queridos.

Entre todas ellas, mi absoluta preferida era Miriam. Para mí, ella fue lo más cercano a una madre real que jamás experimenté en este mundo. Miriam poseía una luz especial en la mirada y un instinto protector que me arropó en los momentos más vulnerables de mi niñez. Ella era quien permanecía a mi lado desvelada, colocándome paños húmedos en la frente cuando la fiebre me atacaba por las noches, y quien se sentaba conmigo durante horas en el comedor, desglosando pacientemente las ecuaciones cuando me atascaba con las tareas de matemáticas de la escuela. Incluso recuerdo que, durante una época en la que las pesadillas me atormentaban y me daba pánico quedarme a oscuras, Miriam se sentaba al borde de mi cama y entonaba una suave melodía, cantándome una canción de cuna una y otra vez hasta que mis párpados cedían por el cansancio. He de reconocer que lo único que me hizo dudar y titubear cuando llegó el día de firmar mi salida fue ella. El dolor de separarme de Miriam me oprimía el pecho, pero mis ansias por descubrir qué había más allá del horizonte, por respirar un aire que no estuviera delimitado por las verjas del centro, eran tantas que al final armé mis maletas y marché hacia adelante sin mirar atrás.

No fue en absoluto fácil comenzar desde cero. Con dieciocho años recién cumplidos, mis únicas posesiones materiales eran una pequeña ayuda económica que nos otorgaba la institución para los primeros gastos y una vieja maleta desgastada con cuatro trapos mal contados que conformaban todo mi vestuario. No tenía la menor idea de hacia dónde llevar mis pasos, pues mi conocimiento de la geografía del país se limitaba a los libros de texto del colegio. Así que, guiada por un impulso ciego, caminé firmemente hacia la estación central de autobuses, me acerqué a la ventanilla de venta de pasajes y le pedí al taquillero un billete para el destino más lejano que aquel dinero pudiera pagar. Quería una hoja en blanco, un lienzo limpio donde nadie conociera mi pasado como huérfana. Y así es exactamente como llegué, tras un viaje de largas horas contemplando el paisaje cambiar a través de la ventanilla, a la enorme y bulliciosa ciudad donde resido actualmente.

Lo primero que hice al bajar del transporte fue caminar por las calles cargando mi equipaje, buscando una pensión económica donde poder alojarme antes de que cayera la noche y mis escasos fondos se esfumaran. No sé si fue obra del destino, de la pura suerte o de una alineación cósmica a mi favor, pero a las pocas avenidas encontré un pequeño hostal familiar en el centro. Al entrar a preguntar por los precios, vi un cartel manuscrito en la recepción donde solicitaban una camarera de manera urgente para el turno de tarde y noche. Aquello fue un milagro. Maté dos pájaros de un tiro en el mismo instante: conseguí un techo bajo el cual dormir y un empleo estable con el que mantenerme de forma inmediata. Con esa estabilidad básica ya asegurada, mi siguiente gran objetivo fue la educación. Me inscribí en la universidad pública de la ciudad para cursar la carrera que siempre me había apasionado. Al revisar mis antecedentes escolares y percatarse de mis excelentes notas de bachillerato, el decanato me informó de que cumplía con los requisitos para solicitar una beca integral. Esta ayuda económica me supondría tener todos mis estudios universitarios cubiertos, con la única condición de mantener la excelencia académica en mis calificaciones año tras año. Una vez más, la fortuna me sonrió. Trabajé duro, pasé noches enteras estudiando a la luz de una pequeña lámpara en mi habitación de la pensión y mantuve mi promedio impecable, logrando graduarme con honores en la carrera de Ciencias Económicas.

En la actualidad, mi realidad es muy distinta a la de aquella chica asustada de la estación. Trabajo como contable en una importante fábrica de productos alimentarios de la región. Gracias al esfuerzo constante de estos últimos años, he podido abandonar la pensión y alquilar mi propio apartamento. Aunque es un lugar muy chiquito y no cuento con grandes lujos ni excentricidades decorativas, vivo de manera muy cómoda, tranquila y feliz. En el ámbito social, mi círculo es reducido pero sumamente leal; mi única y gran amiga se llama Lois. Nos conocimos durante el primer semestre de la universidad, cuando compartimos un libro de texto que ninguna de las dos podía pagar individualmente, y desde ese momento nos hemos vuelto completamente inseparables. Lois es el torbellino de energía que equilibra mi personalidad analítica y pausada. En lo que respecta al terreno sentimental, no tengo pareja formal. Tampoco es algo que busque activamente ni considero que lo necesite en absoluto para sentirme realizada como mujer; valoro demasiado mi libertad y no me agradan las ataduras emocionales que exigen dar demasiadas explicaciones. He tenido, eso sí, pequeñas aventurillas pasajeras de una noche, encuentros esporádicos que empiezan y terminan con la misma ligereza de una brisa de verano, sin compromisos mutuos de por medio.

Por supuesto, el cordón umbilical que me une a mi pasado sigue intacto a través de Miriam. Me mantengo en contacto constante con ella; la llamo por teléfono siempre que los horarios de la fábrica me lo permiten para saber cómo se encuentra de salud y dedico la totalidad de mis vacaciones de verano a viajar de vuelta para visitarla en el entorno del orfanato. En estos años transcurridos, al igual que yo he ido madurando y transformándome en una mujer adulta, ella ha ido acusando el paso del tiempo, envejeciendo con una gracia admirable. Ahora sé que le queda apenas un año para alcanzar la edad legal de su jubilación formal. Y es precisamente ahí donde radica mi mayor secreto, mi motor diario y mi gran sueño: estoy trabajando horas extra y ahorrando cada céntimo sobrante con la meta fija de poder comprar una casa mucho más grande y espaciosa aquí en la ciudad, con el único propósito de que Miriam venga a vivir conmigo de forma permanente. Quiero devolverle, durante sus años de ancianidad y descanso, todos y cada uno de los cuidados, mimos y atenciones desinteresadas que ella me brindó cuando yo era una niña pequeña e indefensa. Ella no sospecha absolutamente nada de este plan; será mi gran sorpresa y mi regalo de vida cuando deje de trabajar. Cada vez que hablamos del futuro, suspira con resignación y me comenta que su destino será ingresar en una residencia de ancianos para no ser una carga para nadie. Me dan tantas ganas de interrumpirla y confesarle la verdad, pero me contengo. Tengo bastantes ahorros acumulados en mi cuenta bancaria y el piso ideal para las dos ya lo tengo perfectamente ubicado y mirado en un barrio residencial precioso. Así que es todo una hermosa cuestión de tiempo.

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Monica Cobos
Una tierna y hermosa historia de vida y amor 💕💕💕🍀🙋🇦🇷🇦🇷
Mirna Lobo
espectacularmente buena 👏👏😊 felicidades escritora, espero que sus problemas se resuelvan con bien y gran abrazo 🤗 y bendiciones 😊😊😊
Mirna Lobo
que bonito y que gran corazón el de Cristine , todo lo que es , se lo debe a las enseñanzas de esa gran mujer 😊👏👏👏❤️❤️
Mirna Lobo
❤️❤️❤️la corriente vuelve a su cause 👏👏😊😊
Mirna Lobo
me pregunto de dónde sacó esa señora cincuenta mil dólares para pagarle al médico ❓❓❓
Mirna Lobo
resultó que la insufrible no es hija de ella 🫢 fueron cambiadas, espero que se le bajen los humos a la lagartona de la Clarisa😠😠
Mirna Lobo
no me digas que Cristine es hermana de la insufrible 🤔😠 eso sí es tener mala suerte en la vida 😤 o al menos que las hayan intercambiado 🤔
Mirna Lobo
que maravilla que tenga sentimientos tan bonitos para la persona que la cuidó en el orfanato 😊😊
Andrea Nardelli
extraordinaria exelelentemente escrita
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
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