Al llegar al palacio, nos anunciaron con la formalidad de siempre:
—El duque Lucio Morgan y el joven duque Ethan Morgan.
No perdimos el tiempo. Ethan y yo avanzamos con paso firme hacia la sala principal, donde se nos esperaba. Allí estaba él: el hombre que se hacía llamar emperador. Un farsante cuyo único mérito había sido eliminar a su propia sangre. Para el pueblo, su ascenso era una epopeya heroica. Para mí, una comedia mal escrita, un circo de tragedias donde él interpretaba el papel de salvador con una maestría repugnante.
Manipuló al mundo con una mentira absurda: mi hermano mayor, supuestamente, había destruido a nuestra familia en un arrebato de deseo incestuoso. Una historia que hacía de él, el autoproclamado emperador, la víctima convertida en héroe. Pero yo conocía la verdad. Él fue quien llevó la ruina. Él fue el verdugo. Él es el monstruo.
Contuve mis pensamientos y posé la mirada en Ethan. Él no tenía por qué cargar con rencores ajenos. Con una leve inclinación de cabeza, me uní a su reverencia frente al emperador y su emperatriz. Un hombre sin honor y una mujer cuyo silencio hablaba más que cualquier discurso. Como siempre, la etiqueta prevalecía.
—Presento mis respetos a Su Majestad, el intento de emperador, y a Su Majestad, la emperatriz —dije con una voz imperturbable, cargada con un sarcasmo tan sutil que solo las mentes más agudas podrían percibirlo.
El gesto del emperador se torció, traicionado por un destello de furia que apenas pudo contener. Fue suficiente para alegrarme el día. Aunque mi rostro se mantuvo impasible, la burla en mis ojos le bastó. La sala vibró con murmullos y risas sofocadas. Incluso sus cortesanas, por muy serviles que fueran, disfrutaron de su incomodidad.
Fue Ethan quien me trajo de vuelta a la escena. Su voz, pausada y elegante, cortó el aire con precisión:
—Yo, Ethan Morgan, presento mis respetos al Emperador y la Emperatriz de Mayer y ofrezco este presente en honor a la celebración de sus hijos.
Extendió los obsequios con la misma gracia con la que un rey extiende su mano para ser besada. Un gesto calculado, digno de un Morgan. Vi cómo el emperador intentó acorralarlo con preguntas incómodas, pero intervine antes de que pudiera seguir con su patético juego. Con un par de palabras, despejé el camino para que Ethan se retirara a socializar con los nobles presentes. Era evidente que la presencia de mi hijo lo incomodaba. La inteligencia siempre desconcierta a los mediocres.
Cuando la emperatriz se retiró, el emperador me arrastró a un rincón apartado. Su sonrisa era la de un hombre que aún se creía en control.
—Tu hijo… peculiar, sin duda —soltó, con una condescendencia que no me molesté en responder de inmediato—. Pero tiene los mismos ojos que tu horrorosa existencia.
Lo observé con desdén, dejando que su propia inseguridad fermentara en el silencio antes de responder.
—Una existencia que mortales como tú desearían tener. Aunque, claro, tu obsesión con mi hermana fue más evidente. ¿O me equivoco? Supongo que el rechazo aún duele.
Sus ojos se encendieron de odio.
—No hables de esa zorra asquerosa. Toda tu familia está podrida.
Le sostuve la mirada, sereno.
—No más que tú, que mataste a la tuya. Y te lo advierto: deja de enviar asesinos tras mi hijo. Porque, ¿quién sabe? Tu adorado heredero podría aparecer muerto junto con su madre. Últimamente, me entretengo desollando traidores.
El hombre palideció. Su boca se abrió y cerró, balbuceando excusas vacías.
—¿De qué hablas, duque? Yo nunca he…
—No te hagas el idiota —lo interrumpí con una frialdad absoluta—. Sé lo que haces, y no voy a tolerarlo.
El emperador rió. Forzado. Nervioso.
—Es cierto. Lo admito. He enviado asesinos tras ese bastardo y tras ti. Pero parece que subestimé al mocoso. Tu sangre es difícil de erradicar. Pero no importa. Si me matas, entrarás en guerra. La iglesia, el pueblo, todos están de mi lado. Algo que a ti te falta.
Sonreí apenas. Un gesto tan breve que lo desconcertó.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó, intentando ocultar su inquietud.
—Que creas que me importa lo que tú consideras importante. Yo no tengo debilidades. Estoy muerto en vida. Lo que amé ya no está, y mi hijo… Mi hijo no es mi debilidad. Es una bestia que he formado. Y cuando llegue el momento, devorará lo que queda de tu imperio.
Antes de marcharme, le propiné un golpe certero. Su cuerpo se desplomó con una patética falta de dignidad.
Mientras me alejaba, un pensamiento me atravesó. Noah. El hijo que creí muerto, sigue vivo. Mi sobrino, quien ahora llamo hijo, lleva mi sangre y mi legado. El futuro emperador de Drake se levanta bajo mi tutela. Y seré yo quien prepare el escenario para su reinado.
Una sonrisa fría, burlona, curvó mis labios.
El juego apenas comienza.
Edite el capítulo este más elaborado espero que le guste
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Comments
Margarita Mamani
la verdad estoy más perdida que el teniente bello.
tengo una idea que no sé si sea coherente y es la siguiente: este es el verdadero padre que me imagino es gemelo con el malulo a menos que tenga doble personalidad 🤔.
bueno ya no sé que pensar, igualmente la edad del prota me tiene en duda
2025-03-18
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Sandra Ocampo
no sé supone q el hermano está muerto y como el niño de 4 años cría a su hermano y el no sabe nada si supuestamente lo sabe todo
2025-03-09
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Yojhanny Linarez
ya entendí, el si sabe que Ethan es hijo de su hermano al principio está sin entender Pero con los capítulos voy entendiendo o eso creo jajajaj
2025-03-30
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