Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8
Entonces, su gesto duro se suavizó apenas escuchó su voz. Desde lo alto, la miró con un asomo de sorpresa.
— ¿Qué…? ¿No creías que iba a venir, verdad? —sonrió Diodora, con ese aire tímido que no podía ocultar.
— No lo dudé. —respondió él, sonriendo de lado— Solo me sorprende que sigas viéndote tan linda como la primera vez.
Diodora bajó la mirada, sonrojada. Su piel canela disimulaba el rubor, pero sus gestos la delataban. Valtor se acercó y, con una seriedad repentina, tomó con suavidad su brazo herido. Retiró la tela blanca y al ver la venda empapada en sangre, su expresión se endureció.
— ¿Mordida de lobos?
— Sí.—respondió ella— Anoche hubo un ataque y tuve que proteger a mi hermana.
— Diodora…
— No me digas que fue arriesgado. Es Tabatha. Daría la vida por ella. Esta herida no es nada.
— Para mí sí lo es.—replicó él, con una firmeza que sonaba más a orden que a reproche— Espérame aquí.
Antes de que ella pudiera objetar, la sostuvo por la cintura y la subió a la rama donde había estado esperándola. Luego desapareció entre los árboles y volvió minutos después con una planta de pequeñas flores blancas.
— ¿Qué es eso? —preguntó ella desde lo alto.
— Ajo silvestre. Calma el dolor y previene infecciones. Dame tu brazo.
Con cuidado, retiró la venda y aplicó la hierba sobre la piel enrojecida. Después, con una hoja del propio árbol madre, cubrió la herida y la sujetó con la cinta de su cabello.
— El árbol madre guarda secretos que pocos conocen. Sus hojas curan, no envenenan.—explicó, atando el improvisado vendaje.
Diodora lo observaba en silencio, con una mezcla de asombro y ternura.
— Gracias. Te debo otra… —sacó de su bolsillo un pequeño saquito— Te traje esto. Galletas. La hice con algo llamado cacao.
— Desde aquí huele dulce.—respondió él, extendiendo la mano.
Ella la apartó, divertida.
— Promete que no vas a sobornar a mi hermana con galletas.
— Lo prometo.
Valtor rió y cruzó los dedos tras la espalda. Diodora lo notó de inmediato y negó con la cabeza.
— Ya veo que tú y Tabatha son tal para cual. —cedió al fin, entregándole el saquito— Déjale algunas al abuelo y a Daya.
— Tu hermana me cae bien. Me llamó príncipe del bosque. No lo soy, pero… Me hizo sentir especial.
Sus palabras hicieron sonreír a Diodora. El aire entre ambos se volvió más ligero, hasta que él la miró de nuevo, serio.
— Si te llamé hasta aquí fue porque quería estar seguro de algo.
— ¿De qué? —preguntó ella, intrigada.
Valtor recorrió su rostro con la mirada, deteniéndose en cada detalle como si quisiera memorizarlo.
— De que eres real.—susurró— Porque cada vez que te veo, siento que estoy soñando.
El corazón de Diodora latió con fuerza, al punto de que casi perdió el equilibrio en la rama. Apartó la vista, incapaz de sostener sus ojos.
— Y ahora dime tú… ¿Por qué viniste?
— Yo… —balbuceó ella, buscando una excusa.— Porque...
Él rió suavemente, leyéndole la vergüenza.
— ¿Querías verme también? Solo dilo.
— Es la primera vez que hago esto… —admitió con voz baja— Estar a solas con un hombre. Nunca fui cortejada. Lo único cercano que tuve fueron las charlas con William y mi padre.
« ni en mi vida anterior tuve algo parecido a una relación»
Pensó ella.
Valtor tensó la mandíbula al escuchar el nombre de ese hombre, aunque se relajó al oír lo siguiente.
— Pero William ya es otro hombre, casado, con familia. Es distinto. Ya no puedo jugar con él como antes.
El silencio que siguió lo llenó el canto de los pájaros y el murmullo de un río cercano. Valtor inclinó un poco la cabeza, acercándose a ella.
— Entonces soy el primero en mirarte así, sin que nadie más interfiera. Y el primero en decirte cuánto deseo conocerte más.
Diodora sintió que el aire le faltaba. Nadie había hablado de ella de esa manera.
— ¿Y si te aburres de mí? —preguntó con un suspiro de voz— ¿Si me conoces más y no te gusta lo que veas?
— Lo que veo ahora me basta para saber que no me cansaría nunca.—contestó él, firme— Eres todo lo contrario al vacío que me rodea.
El sol ya estaba pasando el mediodía. Diodora se enderezó con un sobresalto.
— Tengo que irme… Mi familia me espera.
Valtor descendió primero y luego la ayudó a bajar.
— Quiero seguir viéndote. —dijo, con un tono de súplica en su voz— No me quites esta ilusión.
Ella dudó un instante. Luego, asintió con una sonrisa leve.
— Solo no le digas a Tabatha. Ella no me dejará en paz.
Pidió ella, antes de darle la espalda e irse. En eso Valtor se queda ahí. Mirándola como se marcha. Detenerla era su anhelo, que se quedará con él todo el día.
« Ella no me tiene miedo, no me ve como los demás.»
Esa ilusión se rompió con lo último que pensó.
« Cierto. Ella no me conoce como lo demás sí. No conoce al Valtor Jondur que todos odian y temen»
Quizás pensó así, se sintió frustrado por un momento. No sabía que hacer si ella lo llegará a descubrir su secreto. Sin embargo él vivirá la ilusión de que es solo Valtor y que está conociendo a una dulce mujer.
Curiosos, abre el saquito de galletas que Diodora le dió. Extraño color, lo vió por todos lado.
— ¿Se le habrá quemado?— su color oscuro por el chocolate no lo dejaba entender que está bien cocido.
Hasta que lo prueba y esa explosión de sabor amargo y dulce fue lo que lo dejó sentado en el árbol. Así que se ríe como loco por el manjar en su paladar.
— Así que hiciste esto con los granos del abuelo ¿No?. Diodora Montener, has terminado de amarrarme más a tí. ¿Que haré ahora?
________
Diodora llegó a la panadería donde su familia ya la esperaba.
— Te tardaste un poco más.—dijo su madre, cruzándose de brazos.
— Oh… Es que tuve… —Diodora miró a su padre de reojo— Estuve aplicando la hierba de una vez. Mira. —Le enseñó el brazo, vendado con hojas frescas— Ya no duele como antes. Puedo trabajar ahora.
Ella sospechaba que, si su padre llegaba a cruzarse con Valtor, no lo vería con buenos ojos. Recordaba bien la primera vez que se encontraron y no quería dar pie a nuevas preocupaciones. No era mentir del todo, pero tampoco iba a confesar que había estado con un muchacho.
El horno encendía con fuerza y, entre masas y cacao, las galletas volvían a salir doradas. Diodora hojeaba un libro de recetas traído por William; pasteles, tartas, dulces de todo tipo. Era como abrir una puerta a un mundo nuevo.
Pasaron los días, y lo que empezó como curiosidad se convirtió en revuelo. Primero fueron vecinos, luego viajeros de aldeas cercanas, hasta que incluso comerciantes de rutas lejanas llegaron para probar el famoso chocolate. En apenas veinte días, Hermich ya no era el mismo pueblo apagado; voces, risas y trueques llenaban las calles. Todo gracias al sabor oscuro y dulce que había devuelto la vida al lugar.
Una semana después, en el mostrador no solo estaban las galletas, sino también bizcochos. La estrella de todos, el pastel de chocolate. Los más entusiastas lo llamaban la:
“Trinidad del chocolate”
Ya que lleva tres capas de ese ingrediente principal, lo que lo hace tan cremosa y famosa.
— El pueblo ahora es más grande… —murmuró Tabatha, al lado de su hermana, mientras cruzaba el marcado para volver a casa.
— Así parece. Oh, mira… Son de la capital. —susurró Diodora, notando los emblemas cosidos en la ropa de los nuevos visitante— Los de Dorkar siempre llevan esas marcas para distinguir a sus familias.
— ¡Ya sé por qué vinieron! —exclamó Tabatha con un brillo infantil en los ojos— Seguro quieren llevarte con ellos, hacerte su repostera de chocolate en la capital contigo. Nos haremos ricos.
Diodora rió, aunque su mente voló directo a otra persona.
— No quiero irme.—replicó rápidamente, ocultando sus pensamientos— Me gusta aquí. Este es el lugar donde nació el chocolate…
— Lo que te gusta es el príncipe del bosque. —dijo Tabatha, frunciendo la boca en un puchero travieso.
— ¿Qué?
— No disimules. Yo sé que te escapas antes de que el sol toque la casa. ¿Quién crees que te cubre cuando mamá entra a la habitación?
Diodora la abrazó con ternura. Su pequeña cómplice, quien guarda su secreto.
— Te quiero, traviesa.
— Entonces dime… ¿Te vas a casar con él o no?
— No te apresures. Ni siquiera hemos hablado de boda. Apenas estamos conociéndonos… —respondió, recordando los momentos de cercanía que aún le encendían el pecho.
Tabatha volvió a hacer un puchero, y juntas regresaron a casa. La cena estaba servida, pero Diodora no tenía apetito. Se excusó y subió a su habitación.
Sobre su cama había una carta. Abierta, como siempre.
Para Mí Querida Diodora.
Cuando la luna se pose en tu ventana, sigue por la vereda hacia el bosque. He asegurado tu camino; ningún lobo ni sombra lo cruzará. En la oscuridad guiada por la luna quiero que camines hacia mí, y que estemos juntos bajo la mirada de la hijas de la Noche; las estrellas.
Valtor-
Diodora suspiró, llevó la carta a sus labios y la besó suavemente. Luego, la quemó en la vela, dejando que las cenizas se mezclaran con la penumbra de su habitación. Guardaba todo en su memoria; no era tan ingenua como para dejar evidencia de un amor secreto.