Brando juró continuar el legado de su padre, hasta que Lorena irrumpió en su vida y se convirtió en su debilidad.
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Capítulo 20
Habían pasado varios días desde aquella tarde en el centro comercial. La rutina había vuelto a imponerse en la vida de los Calderón y los D’Amico, aunque algunos recuerdos se negaban a desaparecer con la misma facilidad.
Lorena había retomado sus responsabilidades en D&A Alimentos, dedicándose a revisar informes, organizar documentos y colaborar con Dalia en los asuntos administrativos de la empresa. Entre reuniones y pendientes, apenas tenía tiempo para pensar en otras cosas.
O, al menos, eso era lo que se repetía cada vez que recordaba a cierto hombre arrogante que parecía tener el don de sacarla de sus casillas.
Brando, por su parte, continuaba ocupado con sus asuntos. La detención y la traición que había sufrido junto a Rolando seguían rondando su cabeza. No había olvidado lo ocurrido ni abandonado la idea de descubrir quiénes estaban detrás de aquella trampa. Sin embargo, sabía que necesitaba actuar con cautela.
También tenía pendiente un asunto que no estaba dispuesto a dejar pasar: pagarle a Roberto Calderón por la ayuda legal que le había brindado.
No quería deberle nada a nadie.
Por eso, aquella tarde, después de conseguir la dirección de la familia Calderón a través de Alma, condujo hasta la residencia.
Al detenerse frente a la casa, observó la fachada durante unos segundos. No era un lugar que frecuentara, ni tenía intención de convertirlo en uno. Su único propósito era hablar con el abogado y saldar la deuda que, según él, tenía pendiente.
Bajó del automóvil, se acomodó la chaqueta y llamó a la puerta.
Dentro de la casa, Lorena se encontraba en la sala cuando escuchó el timbre. Como no esperaba visitas, dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a abrir.
Al reconocer al hombre que se encontraba al otro lado, su expresión cambió de inmediato.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, mirándolo con evidente desconcierto.
Brando alzó una ceja ante su recibimiento.
—Lamento decepcionarte, pero no vine por ti.
Lorena cruzó los brazos.
—Créeme, ni siquiera se me había ocurrido esa posibilidad.
—Perfecto. Me alegra que estemos de acuerdo —respondió él, con una sonrisa burlona—. Vengo a ver a tu padre. Alma me dio la dirección, vine aquí porque no sé dónde está su oficina.
Lorena lo observó con desconfianza.
—¿Y para qué quieres ver a mi padre?
—Eso es asunto mío.
—Pues tendrás que esperar mientras lo llamo.
Ella hizo ademán de cerrar la puerta, pero Brando apoyó una mano en el marco.
—¿No me invitas a pasar?
Lorena lo miró como si acabara de escuchar la mayor tontería del mundo.
—No. No eres bienvenido en esta casa. Espera aquí, le avisaré a mi padre.
—Qué hospitalidad tan encantadora.
—Y eso que estoy haciendo un esfuerzo por ser amable.
Sin darle oportunidad de responder, Lorena se volvió para buscar su teléfono. Brando permaneció en la entrada, contemplando con impaciencia el interior de la casa que apenas podía distinguir desde donde estaba.
Unos minutos después, Lorena regresó.
—Mi padre ya viene.
—¿Ves? No era tan difícil.
—Lo difícil es soportarte.
Brando soltó una risa por lo bajo. Lorena extendió una mano para indicarle que se apartara un poco de la entrada, pero, cuando él se movió al mismo tiempo, sus manos se rozaron accidentalmente.
El contacto fue breve, apenas un roce entre sus dedos.
Sin embargo, ambos sintieron una corriente inesperada recorrerles el cuerpo.
Lorena retiró la mano de golpe, sorprendida por aquella reacción absurda. Brando también se quedó inmóvil durante una fracción de segundo, mirándola con una intensidad que la hizo sentirse todavía más incómoda.
—¿Qué te pasa? —preguntó él, recuperando primero la voz.
—Nada —respondió ella demasiado rápido—. No estorbes.
Lorena retrocedió un paso, molesta consigo misma por haber reaccionado de aquella manera. No tenía sentido. Era el hombre que más la irritaba, el mismo que parecía disfrutar provocándola cada vez que se encontraban.
No había ninguna razón para que un simple roce le acelerara el corazón.
Brando, por su parte, se metió las manos en los bolsillos y apartó la mirada, fingiendo que el contacto no había significado absolutamente nada.
Antes de que alguno pudiera añadir otra provocación, Roberto apareció en la entrada.
—Buenas tardes, Brando —saludó el abogado, observándolo con cierta sorpresa—. ¿Qué te trae por aquí?
Brando se enderezó y adoptó una expresión seria.
—Buenas tardes, abogado. Vine a pagarle sus honorarios por lo que hizo por mi amigo y por mí.
Roberto lo estudió durante unos segundos antes de responder.
—No es necesario. Diana es amiga de Alma, y la apreciamos mucho desde que comenzaron a ser amigas en la universidad. Te ayudé por ella. No esperaba recibir nada a cambio.
Brando apretó ligeramente la mandíbula. No había acudido hasta allí para discutir, pero tampoco estaba dispuesto a aceptar que le hicieran un favor y fingir después que no existía ninguna deuda.
—Se lo agradezco, abogado, pero no quiero deberle nada a nadie.
Roberto comprendió que insistir en rechazar el dinero solo prolongaría una discusión innecesaria. Finalmente, asintió.
—Está bien, lo acepto.
Brando sacó el dinero que había preparado y se lo entregó. Roberto lo recibió sin hacer más comentarios.
—Espero que no vuelvas a verte envuelto en una situación como aquella —añadió el abogado con seriedad—. No siempre tendrás la misma suerte.
—Lo tendré en cuenta.
Roberto sostuvo su mirada.
—Y, por tu propio bien, olvida la dirección de esta casa. Espero que no volvamos a vernos por una situación semejante.
Brando entendió perfectamente el mensaje. No le agradó el tono con el que se lo dijeron, pero respetó la posición del hombre que tenía delante.
—No se preocupe, abogado. No tendrá motivos para volver a verme.
Se despidió con un movimiento de cabeza y se dirigió hacia su automóvil sin mirar atrás.
Lorena, que había permanecido cerca de la entrada, lo observó alejarse antes de cerrar la puerta.
Roberto regresó a la sala y encontró a su hija todavía, con una expresión pensativa.
—Lorena.
Ella se volvió hacia él.
—¿Qué sucede, papá?
—Quiero que te mantengas alejada de ese muchacho.
Lorena frunció el ceño.
—Es temperamental, impulsivo y peligroso. No sé qué clase de asuntos maneja, pero, por lo que ocurrió con la detención, está claro que se mueve en ambientes que pueden traerle muchos problemas.
Lorena soltó un suspiro.
—Papá, a mí ese hombre no me genera ninguna confianza. No tienes que advertirme sobre eso. Precisamente por esa razón no le permití entrar en esta casa.
Roberto la observó con atención.
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Unas más de la lista!
Teniendo al mejor abogado pero sigue de terco sin pedir ayuda