Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
Sígueme y conocerás más aventuras con la dra rencarnada.
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Las manos que recordaban 2...
Luna pidió que alguien se lavara las manos con jabón de ceniza antes de ayudar. Algunos se miraron entre ellos, confundidos, pero Scott fue el primero en hacerlo.
—Si evita que Tarek empeore, lo haré —dijo. Poco a poco, otros lo imitaron.
—No tenemos vendas como las que usas tú —observó Paul.
—Entonces vamos a hacerlas con lo que tengamos. Pero las telas deben estar limpias. Si las hervimos y dejamos que se sequen sobre una superficie limpia, nos servirán–. Kael regresó con dos mantas y un par de listones de madera.
—Encontré esto en el almacén. Bastará?–
—Sí. Gracias–. Luna le pidió que cortara la tela en tiras. Después, con la ayuda de Paul, acomodó los listones a ambos lados de la pierna y los sujetó con las vendas, sin apretar demasiado. Comprobó de nuevo que Tarek pudiera sentir los dedos y que el pie conservara algo de calor.
—No ajustes más —dijo cuando Paul hizo un nudo—. Si queda demasiado apretado, podemos cortar la circulación.
—¿Y así?–
—Así está bien–. Eira empezó a limpiar la herida con la infusión, siguiendo las instrucciones de Luna. El agua se tiñó de barro y sangre. La sanadora trabajaba con movimientos seguros, aunque en su rostro persistía la cautela.
Entonces Kael se agachó junto a la cuerda.
—Hay algo aquí–. Todos se apartaron un poco.
—Veneno? —preguntó Luna.
—No estoy seguro. La trampa lleva una sustancia en el metal, pero no es de serpiente. Tiene un olor dulce–.
—Tarek fue mordido?–
—No —contestó el joven, con los ojos cerrados—. Solo me atrapó la cuerda–. Luna miró la herida.
—Cuánto tiempo estuviste en el suelo?
—No lo sé. Una hora… quizá más–. Kael acercó el rostro a la trampa sin tocarla.
—Es resina de espina azul. La usan algunos cazadores para dormir a las presas. En cantidades pequeñas causa debilidad. En una herida abierta…– se quedó callado
— Puede matarlo? —preguntó Eira.
—Depende de cuánto haya entrado en su sangre. Luna sintió que el estómago se le contraía. Tarek respiraba todavía, pero cada vez parecía más somnoliento.
—Tarek, mírame–. El joven apenas abrió los ojos.
—Te sientes mareado?. Te cuesta respirar?– le preguntaba preocupada.
—Tengo frío–. Luna le tocó la frente. Estaba sudando, aunque la piel se sentía fría. No podía medirle la presión ni controlar sus signos con un monitor. Solo tenía sus ojos, sus manos y la experiencia acumulada durante años de atender pacientes.
—Necesito saber si hay algo que contrarreste esa sustancia —dijo. Kael se volvió hacia Eira.
—Existe un antídoto, pero no sé si tienes todos los ingredientes–.
—Tengo raíz de luna amarga —respondió ella—. La utilizamos para las picaduras de ciertos insectos. Pero nunca para una herida de espina azul–. Kael hizo una mueca.
—La raíz sola puede ser peligrosa. Debe mezclarse con savia de abedul rojo–.
—No tengo abedul rojo–.
—¿Qué hay en la bolsa? —preguntó Luna. Eira la abrió y fue nombrando las hierbas. Kael reconoció una hoja seca, oscura y estrecha.
—Eso. La hoja de plata. Reduce el efecto de la resina, aunque no la elimina–.
—¿Cuánto necesitamos? —preguntó Luna.
—No lo sé. Nunca la he preparado para alguien de su tamaño–.
—Entonces no vamos a darle una cantidad al azar. Primero debemos estar seguros de que la sustancia entró en su cuerpo–.
—La cuerda estaba cubierta de resina —dijo Kael —. La herida es profunda. Entró–. Luna miró a Eira. La sanadora sostuvo su mirada y, por primera vez desde que se conocían, no parecía estar evaluándola como una intrusa. Parecía estar esperando que trabajaran juntas.
—¿Podemos hacer una dosis pequeña y observar cómo responde? —preguntó Luna. Eira se quedó pensando. Luego asintió.
—Puedo prepararla–.
—Yo la vigilaré mientras tanto —dijo Kael —. Si sus pupilas cambian o su respiración se vuelve más lenta, lo notaré–. Luna volvió a Tarek. Le habló con calma mientras le mantenía la mano sobre el hombro.
—Vamos a darte un preparado que podría ayudarte. No sabemos con exactitud cómo responderá tu cuerpo, así que estaremos muy atentos–.
—Voy a morir? —preguntó él. La pregunta le llegó directamente al pecho. Luna no podía prometerle que todo saldría bien. En su antigua vida había aprendido que las palabras tranquilizadoras no debían convertirse en mentiras.
—No voy a dejarte solo —contestó—. Vamos a hacer todo lo posible para que salgas de esta. Tarek cerró los ojos, agotado.
Mientras Eira preparaba la mezcla, Luna examinó la pierna con más atención. La hemorragia había disminuido, pero el borde de la herida seguía irregular. No podía suturarla sin instrumentos adecuados y, aunque los tuviera, primero necesitaba limpiar y controlar mejor la lesión. Le indicó a Eira que retirara con pinzas las partículas visibles de barro y tela, pero que no explorara a ciegas el interior.
—¿Qué hacemos con la herida abierta? —preguntó la sanadora.
—La dejamos limpia y cubierta. No debemos cerrarla mientras siga contaminada. Es mejor que pueda drenar–.
—En mi experiencia, las heridas cerradas sanan más rápido–.
—A veces —dijo Luna—. Pero si queda suciedad dentro, puede infectarse. En ese caso, cerrarla atrapa el problema–. Eira observó la lesión.
—No me gusta dejarla abierta–.
—A mí tampoco. Pero ahora es lo más seguro–. La sanadora no discutió. Preparó las tiras de tela hervida y las dejó enfriar sobre una bandeja limpia. Vaelorian permanecía a pocos pasos, atento a todo. Luna podía notar su preocupación, aunque él no la interrumpía. Cuando sus miradas se encontraron, el dragón le ofreció un asentimiento leve. No era una orden ni una intervención. Era confianza.
El preparado de Eira estuvo listo al cabo de unos minutos. Era oscuro y olía a tierra húmeda. Antes de dárselo a Tarek, la sanadora probó una pequeña gota en la lengua y esperó. Kael observó su reacción.
—No noto nada extraño —dijo Eira.
—Eso no garantiza que sea seguro para él —advirtió Luna—, pero es mejor que dárselo sin comprobar–. Le dieron a Tarek una pequeña cantidad. Luna se quedó junto a él, vigilando su respiración y su estado de conciencia. Kael observaba las pupilas; Eira comprobaba la temperatura de su piel y le hablaba para mantenerlo despierto. Pasaron unos minutos tensos.
—Cómo te llamas? —preguntó Luna otra vez.
—Tarek–. Respondió el joven.
—En qué dirección está tu casa?–. El muchacho se tomó un momento antes de responder.
—Al norte… junto al pino partido–. Contesta
—Bien. ¿Y quién te estaba esperando cuando saliste?–
—Mi hermana–.
—¿Cómo se llama?—
—Mira–.
—Entonces tendrás que volver a verla. No puede seguir esperándote sin saber cuándo vas a regresar–. Tarek intentó sonreír, pero apenas consiguió mover la boca. De pronto, su respiración se volvió más superficial.
—Luna —dijo Kael. Ella se inclinó sobre él.
—Tarek, escucha mi voz. Abre los ojos–. El muchacho no respondió. Luna le tomó la muñeca. El pulso estaba débil y acelerado. Le pidió a Paul que levantara un poco la manta para mantenerlo caliente, sin cubrirle el rostro. Después hizo que Scott preparara más agua y que Soren apartara a todos los curiosos.
—No lo sacudáis —ordenó—. Quiero espacio y silencio–. Vaelorian se acercó, con los músculos tensos.
—¿Qué necesita?–
—Que siga respirando. Y que no pierda más calor. ¿Puedes mantener el fuego cerca sin que el humo llegue hasta aquí?–
—Sí–. Vaelorian alzó una mano. Un destello anaranjado recorrió sus dedos y las brasas del fogón cobraron fuerza. El calor se extendió por la cabaña sin que las llamas se acercaran a las mantas. Luna miró a Kael.
—¿Es una reacción a la mezcla o a la resina?–
—No lo sé. Pero las pupilas no han cambiado–. Eira examinó el preparado que quedaba.
—La dosis fue pequeña–.
—Quizá está agotado por la pérdida de sangre —dijo Luna—. Necesitamos mantenerlo despierto y comprobar si su respiración mejora. Se inclinó de nuevo.
—Tarek, apriétame la mano si me oyes–. Nada. El miedo quiso apoderarse de ella, pero lo reconoció. No podía permitirse correr detrás de todas las posibilidades a la vez. Tenía que observar, decidir y actuar.