En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
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Capítulo 17: Dolores Del Pasado.
El camino hacia el bosque parecía haberse vuelto más largo.
Los aventureros avanzaban a buen ritmo, siguiendo a Elira mientras las monturas levantaban pequeñas nubes de polvo detrás de ellos.
Nadie hablaba demasiado.
Todos habían entendido que aquello no era una misión común.
Elira iba al frente.
De vez en cuando miraba hacia los árboles que ya podían distinguirse a la distancia.
El bosque se extendía delante de ellos como una enorme masa oscura.
Uno de los aventureros se acercó ligeramente.
—¿Cuánto falta?
Elira observó el camino.
—No demasiado.
—Entonces llegaremos pronto.
—Sí.
Elira guardó silencio.
Habían avanzado bastante desde Ardentia.
El camino ya se encontraba casi vacío.
No había comerciantes.
No había viajeros.
Incluso los animales parecían haberse alejado de aquella zona.
Elira redujo ligeramente la velocidad.
El aventurero que iba junto a ella la miró.
—¿Ocurre algo?
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir?
Elira volvió la mirada hacia el bosque.
—Tengo una sensación extraña.
—¿De peligro?
—No exactamente.
Se llevó una mano al pecho.
Su mana estaba inquieto y no era una sensación normal.
Era como si algo estuviera golpeando desde muy lejos contra los límites de su percepción.
Elira cerró los ojos durante un instante.
Nada.
Solo el viento.
Abrió los ojos.
—Aceleren.
Los aventureros se miraron.
—¿Cuánto?
—Todo lo que puedan.
El grupo obedeció.
Aumentaron el paso.
El ruido de los cascos comenzó a escucharse con mayor intensidad mientras avanzaban hacia el bosque.
Elira mantuvo la mirada fija al frente.
No sabía exactamente qué estaba sintiendo.
Pero algo le decía que el tiempo era importante.
—¿Crees que ocurrió algo?
Preguntó uno de los aventureros.
Elira tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—¿Qué?
—No lo sé.
El aventurero frunció el ceño.
—Eso tampoco es muy tranquilizador.
Elira soltó una pequeña sonrisa.
—No pretendía tranquilizarte.
El grupo continuó avanzando.
El bosque estaba cada vez más cerca.
Entonces Elira sintió algo.
Una presión.
Muy débil.
Lejana.
Pero inconfundible.
Se detuvo de golpe.
Los aventureros frenaron sus monturas.
—¿Qué sucede?
Elira miró hacia el cielo.
Las nubes comenzaban a reunirse sobre el bosque.
No era una tormenta normal.
Había mana en ellas.
Mucho mana.
—Eso...
Uno de los aventureros siguió su mirada.
—¿Magia?
Elira asintió lentamente.
—Sí.
—¿De quién?
Elira no respondió.
La presión desapareció.
Durante un segundo, todo volvió a parecer normal.
Entonces una vibración atravesó el suelo.
Fue pequeña.
Casi imperceptible.
Pero todos la sintieron.
Los caballos se inquietaron.
Algunos aventureros llevaron instintivamente una mano a sus armas.
Elira miró hacia el bosque.
—Ahora sí.
Su expresión se volvió completamente seria.
—Aceleren.
El grupo volvió a ponerse en movimiento.
Esta vez, nadie hizo preguntas.
Todos comprendieron que algo había comenzado dentro del bosque donde ellos estaban por llegar.
El bosque había quedado en silencio, no era el silencio habitual de la naturaleza.
No se escuchaban pájaros.
No había pequeños animales moviéndose entre los arbustos.
Incluso el viento parecía haberse detenido.
Entre los árboles, Orven permanecía frente a las dos figuras.
Una de ellas sostenía una espada.
La otra mantenía las manos ocultas bajo una capa oscura.
Ninguna parecía tener prisa.
Orven las observó con atención.
—¿Quiénes son?
La figura de la espada soltó una pequeña risa.
—Sigues haciendo preguntas.
—Y ustedes siguen evitando responder.
—Quizá porque todavía no necesitas saberlo.
Orven entrecerró los ojos.
—¿Fueron ustedes quienes provocaron el movimiento de los monstruos?
La segunda figura inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Importa?
—Sí.
—Entonces supongo que puedes imaginar la respuesta.
Orven dio un paso adelante.
—¿Por qué?
Las dos figuras se miraron.
Después, la que llevaba la espada habló.
—Porque necesitábamos sacar a ciertas personas de sus lugares.
—¿A los aventureros?
—A todos.
Orven permaneció inmóvil.
—¿Y los animales?
—También.
—¿Y los niños?
La figura sonrió.
—Ah.
Hubo una pausa.
—Así que todavía te preocupa eso.
La expresión de Orven cambió.
La figura continuó.
—Valdoria.
El nombre cayó entre los árboles.
Orven no dijo nada.
—Qué curioso.
Continuó la figura.
—Después de tantos años, todavía hay personas que siguen pensando en aquella noche.
La otra figura soltó una risa baja.
—Aunque algunos tuvieron suerte.
Orven levantó lentamente la mirada.
—Ten cuidado.
—¿Con qué?
—Con lo que dices.
La figura de la espada sonrió.
—¿Te molesta?
Orven no respondió.
—Los habitantes de aquel pueblo fueron demasiado lentos.
Continuó la figura.
—Algunos intentaron resistir. Otros corrieron.
La segunda figura añadió.
—Y una mujer decidió quedarse.
Orven apretó los puños.
La voz de la figura se volvió más burlona.
—Mara.
El nombre provocó que el aire alrededor de Orven cambiara.
La figura lo notó.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Esa expresión.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Por fin conseguimos hacerte perder la calma.
Orven levantó la cabeza.
—No vuelvas a pronunciar su nombre.
La figura dio un paso hacia delante.
—¿Por qué? ¿Porque murió?
Orven desapareció.
La figura apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Sacó su espada.
Orven apareció frente a ella.
Las dos hojas chocaron.
¡CLANG!
El sonido atravesó el bosque.
La fuerza del impacto fue brutal.
El suelo bajo sus pies se hundió.
Una onda de choque salió disparada en todas direcciones.
Los árboles cercanos comenzaron a sacudirse violentamente.
Las ramas se desprendieron.
La tierra se levantó.
Y en cuestión de segundos, varios árboles fueron arrancados de raíz.
La segunda figura tuvo que cubrirse el rostro.
—¡Atrás!
El estruendo recorrió el bosque.
Muy lejos de allí, Darven y los demás levantaron la cabeza.
Rian abrió los ojos.
—¿Qué fue eso?
Bel sintió el viento cambiar.
—Eso no fue un monstruo.
Mara miró hacia la distancia.
—Fue una explosión.
Darven observó el camino.
—Orven.
Las dos espadas permanecían cruzadas.
Orven ejercía presión.
La figura resistía.
—No eres el único que perdió personas.
Dijo entre dientes.
Orven aumentó todavía más la fuerza.
—No sabes nada de mí.
—Sé suficiente.
La figura giró la espada.
Orven retrocedió un paso.
El enemigo aprovechó para atacar.
Un corte horizontal.
Orven lo esquivó.
Otro.
Y otro.
Las hojas chocaron repetidamente.
Pero esta vez Orven no retrocedió.
Cada movimiento suyo era preciso.
Cada golpe obligaba a su adversario a defenderse.
La figura sonrió.
—Así que esto es lo que ocurre cuando tocan un recuerdo.
Orven detuvo su espada.
—No.
La energía comenzó a reunirse alrededor de él.
—Esto es lo que ocurre cuando alguien se atreve a burlarse de los muertos.
La figura abrió los ojos.
Orven levantó una mano.
El cielo comenzó a oscurecerse, las nubes se reunieron sobre el bosque.
El aire se volvió pesado.
La segunda figura miró hacia arriba.
—¿Qué está haciendo?
La primera retrocedió.
—Aléjate.
Orven pronunció las palabras con una calma aterradora.
—Magia de siete círculos: Cielo del Trueno.
Los siete círculos mágicos aparecieron sobre él.
El cielo rugió.
Un relámpago descendió desde las nubes.
La figura levantó ambas manos.
Una enorme esfera de energía se formó a su alrededor justo antes del impacto.
¡BOOOOM!
El rayo golpeó la barrera.
La luz cubrió todo el bosque.
La protección resistió.
Pero la fuerza del impacto fue demasiado grande.
La figura salió despedida.
Atravesó varias ramas y cayó contra el suelo.
El terreno se hundió bajo su cuerpo.
Una nube de polvo se elevó.
Cuando comenzó a disiparse, un enorme cráter podía verse entre los árboles.
La segunda figura miró hacia allí.
—¡Hermano!
No recibió respuesta y Orven bajó lentamente la mano.
Su rostro seguía siendo frío.
Pero la ira todavía estaba allí.
Entonces la segunda figura sonrió.
—Ahora entiendo.
Orven la miró.
—¿Qué?
—Por qué todos le tienen miedo al maestro del gremio.
La figura levantó ambas manos.
Una enorme esfera de fuego comenzó a formarse sobre sus palmas.
El calor hizo que el aire temblara.
Orven no se movió.
La esfera creció.
Más y más.
Hasta convertirse en una masa de fuego que iluminó todo el bosque.
—Muere.
La figura lanzó el hechizo.
Orven levantó una mano.
El mana comenzó a reunirse frente a él.
Una segunda esfera de fuego apareció.
Igual de grande.
Igual de intensa.
Los ojos de la figura se abrieron.
—¿Vas a responder con lo mismo?
Orven miró directamente hacia él.
—No necesito complicarlo.
Lanzó su hechizo.
Las dos enormes esferas avanzaron una contra otra.
Durante un instante, el bosque quedó iluminado por dos soles.
Después chocaron.
¡¡BOOOOOOM!!
La explosión fue gigantesca.
El fuego se expandió en todas direcciones.
Una onda de choque atravesó los árboles.
Las ramas salieron despedidas.
La tierra tembló.
Y el estruendo recorrió el bosque entero.
Muy lejos de allí, Elira y los aventureros que avanzaban hacia el bosque sintieron la explosión.
Los caballos se inquietaron, Elira levantó la cabeza.
—Eso fue cerca.
Uno de los aventureros miró hacia el horizonte.
—¿Qué clase de magia puede provocar algo así?
Elira no dijo nada.
Su expresión se endureció.
—Más rápido.
Los aventureros aceleraron.
Y en otra parte del bosque, donde Elia continuaba luchando junto a Lena, Barek, Soren y Tavian, todos se detuvieron durante un instante.
La explosión había llegado hasta ellos.
Elia levantó la mirada.
—¿Qué fue eso?
Soren observó el cielo, todavía iluminado a la distancia.
—No lo sé.
Barek apretó el mango de su martillo.
—Eso no fue una pelea normal.
Lena miró hacia Tavian, que seguía protegido detrás de la barrera de agua de Elia.
—Sea lo que sea...
Volvió a mirar hacia la dirección de la explosión.
—Está ocurriendo muy cerca.
Elia apretó la empuñadura de su espada.
No sabía quién estaba luchando.
Pero había reconocido aquella cantidad de mana.
—Orven...
Elia todavía tenía la mirada fija en la dirección de donde había llegado el estruendo.
No había sido un sonido común.
Durante unos segundos, el bosque entero pareció haberse quedado sin respiración.
Las hojas que flotaban en el aire cayeron lentamente.
Los pájaros que todavía permanecían en los árboles levantaron el vuelo al mismo tiempo.
Incluso los monstruos que rodeaban al grupo dejaron de moverse.
Uno de ellos levantó la cabeza, otro retrocedió.
Ninguno atacó.
Elia entrecerró los ojos.
—¿Lo sintieron?
Soren no respondió, miraba alrededor.
—Sí.
Barek apoyó lentamente el martillo sobre su hombro.
—Eso no fue una explosión normal.
Lena observó a los monstruos.
—Miren.
Las criaturas que hacía unos segundos intentaban rodearlos ahora estaban inquietas.
Algunas gruñían hacia el interior del bosque.
Otras retrocedían.
Como si algo que no podían comprender hubiera despertado allí dentro.
Tavian, todavía protegido detrás de la barrera de agua, miró a Elia.
—¿Qué está pasando?
Elia cerró los ojos, extendió ligeramente su percepción mágica.
Al principio solo encontró el caos habitual del bosque.
Mana disperso, criaturas, arboles, el viento.
Pero entonces apareció algo, una presión conocida.
Profunda, poderosa.
—Es Orven.
Lena abrió los ojos.
—¿Puedes reconocerlo desde aquí?
—Sí.
Elia había sentido su mana muchas veces.
No era algo que pudiera confundir.
Pero lo que acababa de percibir era distinto.
Había una cantidad de energía tan grande concentrándose a la distancia que incluso su percepción alcanzaba a distinguirla.
—Está peleando contra alguien.
Soren miró hacia la dirección indicada.
—Entonces debemos apresurarnos.
Elia asintió.
—Sí.
Barek miró a Tavian.
—Primero lo llevamos con nosotros.
—Puedo caminar.
Protestó Tavian.
Barek sonrió.
—Entonces camina.
Tavian se levantó con cuidado.
—Eso pensaba hacer.
—Perfecto.
El grupo volvió a moverse.
Pero esta vez los monstruos no reaccionaron igual.
Algunos se apartaron.
Otros comenzaron a internarse más profundamente en el bosque.
Soren lo notó.
—Eso es extraño.
Lena mantuvo el arco preparado.
—¿Crees que tienen miedo?
Elia miró hacia atrás.
—Creo que ellos también sienten lo que está pasando.
Darven fue el siguiente en percibirlo, escuchó una explosión.
Sintió que el aire cambiaba.
Una corriente de viento atravesó el bosque y pasó entre los cinco aventureros.
Bel levantó la cabeza.
—Esperen.
Darven frenó.
—¿Qué?
Bel cerró los ojos.
—El viento cambió.
Rian miró alrededor.
—¿Por la explosión?
—No.
Bel abrió los ojos.
—Hay una presión en el aire.
Mara frunció el ceño.
—Yo también la siento.
Darven observó los árboles.
Las hojas estaban temblando aunque no soplaba viento.
Entonces llegó el sonido.
No fue un simple estruendo.
Fue un rugido profundo que pareció recorrer la tierra antes de llegar a sus oídos.
El suelo vibró bajo sus pies, Rian miró hacia la distancia.
—Eso fue cerca.
Darven negó.
—No.
—¿No?
—Fue lejos.
Bel lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
Darven señaló las ramas.
—Si hubiera sido una explosión aquí, las hojas habrían caído primero.
Miró hacia el cielo.
—Pero el sonido llegó después de que la presión atravesara el bosque.
Mara apretó el escudo.
—Entonces fue enorme.
Darven no dijo nada.
Ya sabía quién podía producir algo semejante.
—Orven.
El pequeño zorro mágico se detuvo.
Los cuatro lo miraron.
La criatura también parecía inquieta.
Después continuó corriendo, Darven apretó los dientes.
—Tenemos que encontrar a Elia antes de que la situación empeore.
Aceleraron.
En el camino hacia el bosque, Elira también sintió algo.
Pero no escuchó la explosión, lo sintió en su propio mana.
El cristal de comunicación que llevaba sujeto al cinturón vibró ligeramente.
Elira lo tomó.
—¿Qué ocurre?
Uno de los aventureros miró el suyo.
—Mi cristal acaba de reaccionar.
Otro revisó el suyo.
—El mío también.
Elira se quedó inmóvil.
Todos los cristales habían registrado la misma perturbación mágica.
No era una comunicación o alguna señal.
Era una descarga de mana tan grande que había interferido momentáneamente con los cristales.
Elira levantó la mirada hacia el bosque.
—Orven.
Uno de los aventureros se acercó.
—¿Estás segura?
—Sí.
Elira cerró los ojos.
Una segunda onda atravesó la zona, esta vez pudo sentirla claramente.
El mana se expandió por el bosque como una presión invisible.
Las caballos retrocedieron inquietos, uno de los caballos relinchó.
Elira sujetó las riendas.
—Tranquilo.
Miró hacia los árboles.
—Eso no fue una pelea contra monstruos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los monstruos no utilizan ese tipo de magia.
El grupo guardó silencio.
Elira levantó la voz.
—¡Aceleren!
Los aventureros espolearon sus monturas.
Ya no avanzaban con el ritmo de una misión.
Avanzaban como un grupo que sabía que alguien estaba luchando por sobrevivir.
En el interior del bosque, Elia volvió a detenerse.
Una tercera perturbación atravesó la zona.
Esta vez no hubo un estruendo.
Primero llegó el viento, una ráfaga repentina cruzó los árboles.
Después, una lluvia de hojas descendió sobre el grupo, Elia levantó un brazo para protegerse el rostro.
Soren hizo lo mismo, Barek tuvo que sujetar su capa, Lena miró hacia arriba.
—¿Qué demonios...?
Elia no respondió.
Había sentido algo.
Durante un instante, el mana de Orven había aumentado de manera brutal.
Después desapareció parcialmente.
Como si hubiera sido comprimido.
Elia abrió mucho los ojos.
—Acaba de utilizar otra magia.
Soren la miró.
—¿Puedes saberlo?
—Sí.
—¿Qué tan poderosa?
Elia tragó saliva.
—Mucho.
Tavian intentó bromear.
—Eso no parece muy normal.
Elia lo miró.
—Porque para nada lo es.
La sonrisa de Tavian desapareció.
Barek observó el bosque.
—Entonces será mejor que encontremos a Orven.
—Primero tenemos que salir de aquí.
Dijo Lena.
Una criatura apareció entre los árboles.
Todos levantaron sus armas, pero el monstruo no atacó.
Miró hacia la dirección de la batalla.
Después huyó, otro hizo lo mismo y otro.
Soren bajó lentamente la mano.
—Ahora sí estoy preocupado.
Elia miró hacia donde habían desaparecido las criaturas.
—Yo también.
A varios kilómetros de allí, una onda de energía atravesó el bosque.
Esta vez, hasta los habitantes que se encontraban cerca de las afueras de Ardentia pudieron escuchar un estruendo lejano.
Algunos se detuvieron en medio de la calle.
Otros miraron hacia el bosque.
Nadie sabía qué estaba ocurriendo.
Pero todos pudieron sentir que algo había cambiado.
Dentro del gremio, el clon de agua de Elira levantó la cabeza.
El hechizo que mantenía su cuerpo estable vibró durante un instante.
La copia miró hacia la puerta.
—Eso fue más fuerte.
Hessa se acercó.
—¿Puedes saber qué está pasando?
El clon negó.
—No exactamente.
Miró hacia el bosque.
—Pero Elira debe estar cerca.
Y en el corazón del bosque, entre árboles destruidos y tierra levantada, Orven permanecía frente a sus enemigos.
Las dos figuras todavía estaban de pie.
Heridas, pero no derrotadas.
Orven levantó lentamente la espada.
—Terminemos esto.
Una de las figuras sonrió.
—Todavía no has visto nada.
Orven respondió.
—Entonces muéstramelo.
El mana volvió a concentrarse.
A kilómetros de distancia, Elia levantó la cabeza.
Elia, Darven y Elira estaban separados por grandes distancias.
Pero todos habían comprendido lo mismo.
La batalla de Orven ya no podía considerarse un simple enfrentamiento.
El bosque entero estaba empezando a convertirse en el escenario de aquella lucha.
Los caballos dejaron de avanzar.
Elira tiró suavemente de las riendas cuando el animal que llevaba al frente se detuvo de golpe.
—Vamos.
El caballo resopló y retrocedió un paso.
Elira volvió a intentarlo.
Nada, frente a ellos, el camino prácticamente había desaparecido.
Árboles caídos bloqueaban el paso, algunas raíces habían quedado levantadas por las explosiones y grandes grietas atravesaban el suelo.
El aire estaba cargado de mana, tanto que incluso respirar comenzaba a sentirse diferente.
Uno de los aventureros miró alrededor.
—No van a poder pasar.
Otro intentó avanzar por un costado.
El caballo apenas dio dos pasos antes de detenerse nuevamente.
Elira comprendió que insistir solo conseguiría asustarlos.
—Desmonten.
Los aventureros obedecieron.
Uno por uno bajaron de sus monturas y aseguraron las riendas en una zona despejada.
Elira acarició el cuello de su caballo.
—Quédate aquí.
El animal soltó un resoplido.
—No te preocupes. Volveremos.
Uno de los aventureros observó hacia el interior del bosque.
—¿Y si no podemos regresar por aquí?
Elira tomó su bastón.
—Entonces encontraremos otro camino.
No había miedo en su voz.
Pero sí algo diferente.
Urgencia.
Los aventureros se agruparon y comenzaron a avanzar a pie.
Cada paso los llevaba más profundamente hacia aquella zona alterada.
Las ramas crujían bajo sus botas, el viento había desaparecido y a medida que avanzaban, comenzaron a encontrar señales de la batalla.
Un árbol partido por la mitad.
Una roca completamente pulverizada.
Una zona donde el suelo había quedado hundido.
Después encontraron algo que hizo que todos se detuvieran.
Un enorme cráter.
Elira se acercó al borde.
Miró hacia abajo.
—Eso fue magia.
Uno de los aventureros tragó saliva.
—¿De Orven?
Elira no respondió, no hacía falta.
Mientras tanto, en otro punto del bosque, Orven permanecía inmóvil.
Las dos figuras estaban frente a él.
Por primera ves desde que había comenzado el enfrentamiento, ninguno de los tres atacaba.
El silencio entre ellos era pesado. Uno de los encapuchados dejó escapar una pequeña risa.
—Has aguantado bastante.
El otro inclinó ligeramente la cabeza.
—Aunque debo admitir que esperaba algo más del famoso Maese Orven.
Orven sostuvo la espada con una sola mano.
—Hablan demasiado.
—Tal vez.
El primero dio un paso hacia adelante.
—Pero antes de que mueras, hay algo que queremos hacer.
Orven levantó una ceja.
—¿Qué?
El hombre se llevó una mano al borde de la capucha.
—Presentarnos.
Se descubrió el rostro.
Era un hombre de piel pálida, cabello negro y ojos de un tono gris casi plateado.
Sonrió.
—Mi nombre es Varek.
El segundo encapuchado soltó una pequeña risa.
—Y yo soy Sareth.
También se quitó la capucha.
Tenía el cabello oscuro y varias marcas mágicas recorrían parte de su cuello.
Varek extendió ligeramente los brazos.
—Queremos que conozcas los nombres de quienes van a matarte.
Orven los observó, durante unos segundos no dijo nada y finalmente bajó ligeramente la espada.
—Ya veo.
Sareth sonrió.
—¿Eso es todo?
Orven cerró los ojos.
Respiró.
Una vez.
Luego otra y cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado.
—Entonces supongo que también debería presentarme.
Su voz ya no tenía el tono irritado de antes.
Era completamente serena.
—Soy Orven.
El suelo comenzó a vibrar.
Varek dejó de sonreír, Sareth dio un paso atrás.
El mana apareció alrededor del cuerpo de Orven.
Era una masa visible de energía que comenzó a envolverlo desde los pies hasta los hombros.
El aire se volvió pesado, las hojas comenzaron a elevarse, pequeñas piedras empezaron a flotar.
Orven apretó la empuñadura de su espada y el mana aumentó.
El suelo bajo sus pies se agrietó, después cedió.
¡CRAAACK!
Un cráter se formó alrededor de Orven.
Las grietas se extendieron varios metros.
Varek abrió ligeramente los ojos.
—Así que finalmente decidiste ponerte serio.
Orven levantó la mirada.
—No.
Su mana siguió aumentando.
—Decidí dejar de jugar.
Sareth sonrió, pero esta vez su sonrisa no tenía la misma seguridad.
—Entonces hagámoslo.
Los tres desaparecieron casi al mismo tiempo.
Elia avanzaba con Lena, Barek, Soren y Tavian.
La tensión había disminuido ligeramente, después de todo, sabían que Orven estaba luchando.
Elira y los demás también se acercaban, quizás estaban más cerca de recibir ayuda.
Quizás el peligro principal se encontraba en otra dirección.
Barek respiró profundamente.
—Creo que ya salimos de la peor parte.
Soren lo miró.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que alguien dice eso, algo terrible sucede.
Tavian soltó una pequeña risa.
—Tiene razón.
Elia caminaba unos pasos delante de ellos.
Era la primera ves desde el comienzo de la batalla que sentía, que podían avanzar sin tener que luchar a cada instante.
Hasta que vio algo entre los árboles, personas, varias.
Estaban quietas, llevaban capas oscuras y capuchas que ocultaban sus rostros.
Elia se detuvo, lena levantó inmediatamente el arco.
—¿Quiénes son?
Nadie dijo nada.
Uno de los encapuchados inclinó la cabeza.
Entonces comenzaron a reír, no era una risa fuerte.
Era peor, era tranquila, como si estuvieran recordando algo que les resultaba divertido.
—Miren quién vino.
—La niña.
Elia no se movió.
Uno de ellos dio un paso hacia adelante.
—Me pregunto si ella también recuerda aquella noche.
Otro soltó una carcajada.
—La mujer que se puso en medio.
Elia sintió que el cuerpo se le quedaba completamente quieto.
—¿Qué dijiste?
Los encapuchados continuaron hablando.
—La mujer que creyó que podía salvarlos.
—Se interpuso para que los niños escaparan.
—Qué desperdicio.
La respiración de Elia se detuvo, Mara.
No necesitaba escuchar su nombre, sabía de quién hablaban.
La mujer que había estado allí, la mujer que había protegido a los niños, la mujer que no había regresado.
Durante un instante, todo el bosque desapareció, las voces de Lena, Barek, Soren y Tavian.
Nada llegó hasta ella, solo aquellas palabras.
“La mujer que se interpuso.”
Elia bajó lentamente la espada, Lena la miró.
—Elia...
No respondió.
Uno de los encapuchados volvió a reír.
—¿Qué pasa? ¿La recuerdas?
Los dedos de Elia se cerraron alrededor de la empuñadura.
Su mana comenzó a crecer.
Soren dio un paso hacia ella.
—Elia, espera.
Ella no lo escuchó, una pequeña chispa apareció alrededor de su cuerpo.
Después otra, el agua comenzó a girar alrededor de sus pies.
El aire se volvió caliente.
Barek abrió los ojos.
—¿Qué está haciendo?
Elia levantó la cabeza.
Sus ojos ya no tenían la expresión tranquila de antes.
Había ira, dolor y una furia que ninguno de ellos había visto en ella, Lena bajó ligeramente el arco.
—Elia...
Pero ya era tarde, Elia desapareció de su lugar.
—¡ELIA!
La niña se lanzó directamente contra los encapuchados.
Su espada salió disparada hacia adelante mientras una corriente de fuego y agua envolvía su cuerpo.
Los encapuchados apenas tuvieron tiempo de reaccionar.
Uno levantó los brazos.
—¡¿Qué...?!
¡BOOM!
El impacto sacudió el bosque.
Los árboles cercanos temblaron, Barek retrocedió instintivamente, Tavian se quedó inmóvil, Soren miró a Elia con incredulidad.
Aquella no era la niña que habían conocido unos minutos atrás.
No era la pequeña aventurera que observaba antes de atacar, no era la niña que buscaba proteger a los demás mientras pensaba en cada movimiento.
Ahora solo avanzaba, una, otra y otra vez.
Sin apartar la mirada de aquellos hombres y en sus ojos había algo que hizo que incluso sus compañeros sintieran un escalofrío.
Elia estaba furiosa, los encapuchados acababan de despertar una parte de ella que ninguno de ellos conocía.