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Amor Y Terror En El Espacio

Amor Y Terror En El Espacio

Status: En proceso
Genre:Acción / Reencuentro / Pareja destinada / Apocalipsis
Popularitas:617
Nilai: 5
nombre de autor: Edgar Romero

Amor, peligro, acción, romance, traiciones y mentiras se suscitan en la vida de dos astronautas cuya misión es salvar al mundo. Un grave peligro acecha a la humanidad: una estación espacial abandonada y sin control corre el riesgo de caer sobre la Tierra y su efecto será devastador tanto como el meteorito que acabó con los dinosaurios. La única manera de salvar al mundo es llegar a esa nave, manejarla y sacarla de la órbita terrestre. Los únicos astronautas que podrían lograr la hazaña y evitar la hecatombe son Nancy y Mike, ambos eran pareja pero ahora están enfrentados y se odian. Un complot, además, de uno de los jefes amenaza a la misión y lo peor de todo es que ambos astronautas deberán enfrentar una lluvia de meteoritos que bombardea a la estación espacial abandonada haciendo que el peligro sobre el planea sea aún mayor. ¿Podrán los dos superar sus diferencias y conseguir salvar a la humanidad de la extinción? No solo eso. Alarmados y aterrados por el inminente fin del mundo, todo el personal de la administración espacial en la Tierra abandonan sus puestos y tan solo quedan unos cuantos científicos que deberán dirigir las maniobras para que Nancy y Mike consigan llegar sanos a salvo a la estación espacial, viviendo toda clase de historias románticas, de odios, envidias y celos. Una novela actual y de mucho suspenso, "Amor y terror en el espacio", experimenta suspenso, romance y humor, todo lo que al lector apasiona.

NovelToon tiene autorización de Edgar Romero para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Hamilton no pudo resistirse más a la furia que le invadía y lo calcinaba después de haber escuchado a Hellström diciéndole que no habían posibilidades de salvar a la Tierra de la hecatombe. Se sintió inútil, miserable y ruin y entonces lanzó y estrelló su móvil a la pared con tanta ira que el aparato reventó en un millón de pedazos. Su secretaria entró apurada a su despacho, después de escuchar el tremendo estruendo que provocó su jefe. -¿Qué pasó, señor?-, desorbitó ella los ojos viendo los restos del celular esparcidos como esquirlas por toda la oficina de Hamilton.

  -Nada, Pamela, llévate las partículas de mi móvil y tráeme otro celular-, dijo Hamilton soplando su furia, su corazón rebotando en su pecho, echando humo de las narices de la cólera y la ira que lo atenazaba y lo estrangulaba, sintiéndose culpable de lo que estaba por ocurrir en el mundo.

  Pamela obedeció de inmediato. Recogió todos los pedacitos del móvil mientras Hamilton la veía, queriendo desacelerar su corazón, vomitar su enfado y frustración y despertar de esa horrenda pesadilla que lo atormentaba, todo en uno.

  -Aquí está el chip-, dijo ella contenta, recogiendo el adminículo, con mucho cuidado, colocándolo sobre la palma de su manito.

  Hamilton descolgó la quijada y quedó así, boquiabierto, con los ojos desorbitados, empalidecido, mirando a su secretaria entregándole la partícula de su móvil que él había hecho trizas. -¿Qué dijiste?-, balbuceó desconcertado.

  Pamela se quedó sorprendida. -¿Yo? ¿El chip?-, ahora ella era la que estaba desconcertada.

  -El chip, el chip, el chip-, empezó a repetir  Hamilton como un tonto.

  Su secretaria no entendía nada. Hamilton parpadeando de prisa, le pidió el móvil de ella y llamó de inmediato a Harold Reynolds.

  -¿Quién está en el Navigator?-, preguntó apurado a su jefe.

  -¿Navigator? ¿No es Robinson?-, estaba desprevenido Reynolds.

  -Claro, claro, claro, Michael Robinson, el ermitaño, el hombre del espacio, el loco que no quiere volver a la Tierra, el tipo que está enamorado de las estrellas-, se fue entusiasmando Hamilton.  Su voz tenía tilde de euforia, además volvía a sudar copiosamente aunque ésta vez era por lo frenético que se encontraba, pensando en la salvación al peligro que se cernía sobre la humanidad.

  -¿No estarás pensando que ese loco podrá salvarnos de la hecatombe?-, intentó adivinar Reynolds.

  -El Navigator es el que está más cerca del Investigator, es una estación pequeña, rápida y Mike es un comandante muy hábil, experto en navegación -, chilló frenético Hamilton.

  -Tú estás loco, el Navigator no podrá remolcar a ese laboratorio espacial gigante-, se molestó Reynolds.

  -Es que no es necesario remolcarlo, Harold, lo que Mike debe hacer es poner a funcionar otra vez el Investigator  y Hellström podrá mandarlo al espacio-, gritaba emocionado Hamilton.

   Pamela se alzó y paró sus orejitas, escuchando lo que hablaba su jefe. Ella sabía que algo malo estaba pasando. La noticia aún se escondía bajo siete llaves para el resto del planeta, sin embargo era obvio que había un peligro enorme acechando a la humanidad. La cara de Hamilton lo decía todo.

   En la otra línea, Reynolds quedó en silencio. Bien o mal, Mike era una opción, aunque sabía que a Robinson le faltaba un tornillo y no era un hombre de su confianza. -¿En cuanto tiempo podría estar el Navigator cerca del Investigator?-, se meció en su silla Harold, tratando de dibujar en su cabeza ese rescate casi imposible, propio de una película de ciencia ficción, con cables kilométricos sujetando a los astronautas, desafiando la falta de atmósfera, los meteoritos y los peligros propios del espacio.

  -No sé, dos semanas a lo sumo-, dijo Hamilton abanicando sus ojos. Su corazón tamborileaba en su pecho y golpeaba afanoso sus rodillas.

  -Hellström dice que un chip colapsó, pero ¿podrá Mike repararlo, volver a ponerlo activo? ¿Tendrá los repuestos necesarios? ¿Sabe él de computadoras y ordenadores? Recuerda que Robinson ni siquiera puede mandar un e-mail o un mensaje de texto, por más que le digamos desde la Tierra lo que debe hacer paso a paso. Ese loco es tan torpe que hará que el Investigator explote como un globo-, desconfió Reynolds.

   Era cierto. En eso no pensó Hamilton. Se entusiasmó demasiado pero olvidó que Michael Robinson no sabía de chips ni fusibles, ni programas y dominaba poco sobre software y hardware, ¡¡¡si hasta para tomarse un selfie era un inútil!!! Sus esperanzas de un milagro, de repente, se derrumbaron como un castillo de naipes.

   -Malaya-, renegó Hamilton y quedó en silencio.

  -Perdón, señor-, interrumpió entonces  Pamela. Se detuvo delante de su jefe con sus manitas juntas, la carita deliciosa donde había una sonrisita larga cómplice del sensual brillo de sus ojitos celestes.  -Estoy ocupado, señorita-, se molestó Hamilton, desconsolado.

  -Disculpe pero estuve escuchando lo que le decía al señor Reynolds, sobre Mike, de que no conoce nada de hardware-, dijo ella sin despintar la risita de su boca.

  -Ese ermitaño inútil-, refunfuñó Hamilton.

  -Sí señor, lo que olvida es que hace unos días se trasladó al Navigator, la comandante Nancy Guðmundsson, ella es experta en hardware-, dijo Pamela mirando a los ojos de su jefe.

  -¿Guðmundsson?, ¿Quién truenos es Guðmundsson?-, arrugó el ceño, Hamilton.

  -La comandante que hace estudios sobre el calentamiento global-, siguió sonriendo Pamela, haciendo brillar sus pupilas y pintando de fiesta su carita de cielo.

¡¡¡Era cierto!!! La teniente coronel Guðmundsson, ¿cómo pudo olvidarla? Ella era una eminencia en todo lo respecto al manejo de redes y sistemas, incluso había diseñado los programas para las investigaciones científicas de la capa de ozono y asesoraba al departamento de software de la administración espacial. Ella era considerada, incluso, la mejor en su especialidad.

  -¿Por qué está en el Navigator?-, preguntó Hamilton contagiado del entusiasmo de su secretaria.

  -La mandó Grand, porque dijo que la comisión de calentamiento global necesitaba más información sobre el peligro de la radiación-, se divirtió Pamela.

  -Joe Grand es un esclavista, esa mujer recién había vuelto del espacio y la volvió a mandar al Navigator, no sé quién está más loco o Grand o Robinson-, reía, ahora  Hamilton.

  Reynolds seguía en la otra línea esperando por repuestas. -¿Qué ocurre, James?-, preguntó desconcertado sin atinar a nada.

  -¡¡¡¡La salvación, Harold, la salvación del mundo!!!!-, gritó frenético Hamilton.

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Elizabeth Sánchez Herrera
más ➕ capítulos
Edgar Romero: Más episodios, Elizabeth. ¡¡¡Gracias por tu apoyo!!!
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