El silencio que siguió al grito de Ana Belén fue tan espeso que en el local solo se escuchaba el zumbido distante de la licuadora y la respiración agitada de Jeremías. Las tazas de porcelana temblaban sobre las mesas vecinas ante la tensión eléctrica que flotaba en el ambiente. Federico Montiel, con los nudillos blancos de tanto apretar los tiradores de la silla de ruedas, miraba de reojo a su jefe, esperando que se desatara el apocalipsis. Creía que en cualquier segundo Jeremías sacaría el teléfono, ordenaría congelar las cuentas de la cafetería y mandaría a demoler el edificio con una simple llamada.
Sin embargo, el magnate seguía estupefacto. Tenía los ojos verdes clavados en esa mujer alta, de piel blanca y cabello negro largo, que lo miraba con los brazos cruzados y una expresión de desafío absoluto, sin rastro de miedo en el rostro. Nadie le había hablado así desde que era un niño.
—¿Me has mandado a largar? —preguntó Jeremías con una voz ronca, que sonaba como un trueno comprimido en su garganta, mientras se inclinaba hacia adelante con tanta fuerza que los músculos de su cuello y sus hombros atléticos se tensaron al límite—. ¿A mí? ¿Tienes la más remota idea de quién soy y de lo que este servidor puede hacer con un chasquido de dedos?
—¡Y dale con el disquito rayado! —espetó Ana Belén, bufando con fastidio mientras sacaba un repasador limpio de su bolsillo y comenzaba a limpiarse las manos con gestos enérgicos—. Mira, viejo prematuro, te puedes llamar Jeremías Bustamante, Napoleón Bonaparte o el mismísimo dueño del universo, ¡pero las reglas de la buena educación no las compras con tus millones! Entraste aquí con una cara de amargura que parecía que ibas a envenenar el café solo con mirarlo, chocaste contra mí como si el pasillo fuera una pista de karts clandestinos, y todavía te pones en plan de víctima con ínfulas de emperador romano. ¡A otro perro con ese hueso!
Detrás de la silla, doña Anahí se mordía los labios con tanta fuerza para no estallar a carcajadas que los hombros le temblaban. María Fernanda, por su parte, se escondía detrás de la falda de su abuela, soltando risitas ahogadas mientras miraba a su padre con una mezcla de fascinación y triunfo. Nunca nadie había logrado dejar sin palabras al hombre más terco, altivo y temido de la casa Bustamante.
—¡Papá, te lo tenían merecido por andar con esa cara de ogro desde que salimos de la mansión! —soltó la niña sin poder contenerse, asomando la cabeza con una sonrisa traviesa.
Jeremías giró la cabeza hacia su hija con una mirada fulminante, pero antes de que pudiera regañarla, Federico se inclinó hacia su oído y le susurró con extrema cautela:
—Don Jeremías, le sugiero que... con todo respeto... nos retiremos. La gente nos está mirando y los clientes están empezando a cuchichear. Si cerramos este lugar ahora por un berrinches, la prensa rosa se va a hacer un festín en la portada del diario financiero mañana.
El orgullo de Jeremías era un animal salvaje que se retorcía en su interior, pero sabía que su asistente tenía razón. Un escándalo de esta magnitud en una cafetería de moda no le convenía a la reputación internacional del conglomerado, y menos con su nombre de por medio. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que estuvo a punto de fracturarse los dientes, y con un movimiento brusco de sus manos sobre los aros de la silla, hizo girar el aparato metálico de manera violenta.
—Esto no se va a quedar así, dueña de quinta —gruñó Jeremías, dedicándole a Ana Belén una última mirada cargada de veneno puro y fuego verde antes de empezar a retroceder hacia la salida—. Eres una insolente de lo peor, pero te aseguro que no vas a volver a abrir este cuchitril mañana. ¡Vámonos, Federico! ¡Y ustedes dos también, dejen de hacer el ridículo!
—¡Buen viaje, amargado! ¡Y no te olvides de pasar por la tintorería, que el jugo de fresa con leche deja olor a agrio si se seca! —le gritó Ana Belén con una sonrisa cínica, agitando la mano en señal de despedida mientras los clientes del local rompían en un aplauso cerrado y risas disimuladas.
Doña Anahí y María Fernanda tuvieron que salir casi tropezando, con las manos en la boca para contener las carcajadas que les explotaban en el pecho. Una vez afuera, bajo el sol radiante de la mañana, doña Anahí se apoyó contra la puerta del lujoso vehículo mientras Federico ayudaba a Jeremías a subir al asiento trasero con sumo cuidado.
—¡Ay, hijo de mi vida, por fin alguien te pone los puntos sobre las íes! —exclamó su madre, secándose una lágrima de la risa mientras recuperaba el aliento—. Esa mujer es maravillosa. Tiene más carácter que todo tu consejo directivo junto.
—¿Te parece graciosa esta humillación, mamá? ¡Ese traje era de lino italiano hecho a medida! ¡Esa loca desquiciada me ha arruinado la mañana, el traje y la paciencia! —bramó Jeremías desde el interior del auto, arrojando la corbata manchada de rosa al asiento de al lado con un gesto de furia ciega.
—¡A mí me pareció divertidísimo, papá! —terció María Fernanda subiendo al vehículo y acomodándose a su lado con una sonrisa de oreja a oreja—. Al fin alguien te dice la verdad. Pareces un oso gruñón encerrado en una cueva. ¡Ojalá vayamos mañana otra vez!
—¡¿Mañana?! ¡Estás loca! ¡De hierba mala no vuelvo a pisar esa pocilga en lo que me queda de vida! —respondió Jeremías con rotundidad, cruzándose de brazos y mirando con desprecio hacia la fachada de la cafetería a través de los cristales ahumados del coche.
Sin embargo, a pesar de sus palabras altisonantes, mientras el vehículo se ponía en marcha y se alejaba del lugar, la imagen de los ojos marrones de Ana Belén brillando con furia indomable se quedó grabada a fuego en su mente. Ninguna mujer lo había retado jamás; ninguna lo había mirado sin temor a su poder o a su silla de ruedas. Y eso, por más que le doliera admitirlo en su orgullo masculino, le había encendido una chispa en la sangre que no sentía desde antes del accidente.
De regreso en la Mansión Bustamante, el ambiente se tornó insoportable. Jeremías se encerró en su estudio privado, negándose a recibir llamadas que no fueran estrictamente comerciales. Mientras tanto, en la cocina de la mansión, doña Anahí conversaba en voz baja con Federico Montiel mientras este le servía un café humeante.
—Esa mujer, Ana Belén, tiene algo especial, Federico —comentó doña Anahí con una sonrisa nostálgica en los labios, observando el jardín a través de los ventanales—. Mi hijo necesita exactamente eso: alguien que no le tenga miedo a su carácter ni a su silla de ruedas. Está tan acostumbrado a que todo el mundo le baile el agua por miedo a su dinero que se ha olvidado de lo que es sentir una chispa de vida de verdad.
—Tiene usted toda la razón, doña Anahí —respondió Federico con su habitual tono pausado, aunque en su mirada se asomaba un destello de profunda admiración hacia la elegancia y la madurez de la matriarca—. Don Jeremías está prisionero de su propio orgullo y de los fantasmas de su pasado. El abandono de María lo dejó profundamente marcado, aunque él intente disfrazarlo de furia y desprecio hacia el género femenino. Aquel maldito chantaje con las fotos y los videos... que ella lo engañara justo cuando él más la necesitaba y luego huyera con el amante... eso fue el golpe de gracia para su confianza.
—Lo sé, querido Federico —suspiró doña Anahí, acercándose un poco más al fiel asistente y rozando levemente su brazo con una familiaridad cargada de afecto y de algo más que ambos llevaban años callando—. Por eso me alegra tanto ver que alguien le ha plantado cara. Quizás, después de todo, este sea el principio del fin de su amargura.
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