La Mansión Bustamante solía ser un mausoleo de silencios opresivos, donde el único eco que resonaba era el repiquetear metálico de las ruedas de una silla contra el parqué de caoba. Desde aquel fatídico accidente de auto que, hacía cinco años, le arrebató la movilidad de la cintura hacia abajo, Jeremías se había convertido en el rey indiscutible de un reino de amargura. A sus treinta y ocho años, con el cuerpo atlético que conservaba gracias a rutinas de gimnasio obsesivas, una piel blanca impecable, el cabello negro liso y corto perfectamente peinado y unos ojos verdes cargados de un perpetuo fastidio, el poderoso presidente y dueño del conglomerado internacional Bustamante gobernaba con mano de hierro y una mueca de desprecio hacia el mundo.
Nadie se le acercaba sin temblar. Su exesposa, María Gutiérrez, había huido despavorida cuando la tragedia tocó a su puerta, incapaz de lidiar con un hombre al que ni siquiera el ritmo más salvaje en la intimidad lograba saciar —en parte por su vigor desmedido y en parte por una anatomía tan generosa que intimidaba a cualquiera— y mucho menos dispuesta a cargar con un paralítico. Se marchó llevándose lo poco de nobleza que quedaba en su interior y abandonando a su hija de cinco años. Ahora, María Fernanda tenía diez años, era una niña hermosa de piel blanca, ojos verdes y cabello castaño liso que, milagrosamente, había heredado la alegría de la familia y no la hiel de su padre.
—Jeremías, por última vez te lo ruego: sal de esa oficina. La luz del sol no te va a morder —le suplicó su madre, doña Anahí viuda de Bustamante, de cincuenta y cinco años, una mujer elegante, guapa y de rostro terso que aparentaba mucha menos edad. Su mirada reflejaba un dolor profundo al ver al hombre en el que se había convertido su hijo.

—Mamá, tengo reuniones con Tokio y Nueva York. No estoy para niñerías ni para paseos absurdos —respondió Jeremías con una voz ronca y cortantes latigazos en cada palabra, sentado frente a su gigantesco escritorio de caoba.
—¡Papá, hoy vamos a ir a la cafetería de Ana Belén y punto! —intervino María Fernanda cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa que era idéntica a la de su abuela—. Me prometiste que me llevarías a desayunar lo que yo quisiera si terminaba mis notas de la semana con excelencia.
Federico Montiel, el fiel asistente de cuarenta y cinco años, viudo y de perfil inquebrantable —quien guardaba en silencio un amor tan puro como antiguo hacia doña Anahí y conocía el secreto real del divorcio de su jefe, aquel chantaje con fotos y videos que obligó a María a huir con el rabo entre las piernas—, intentó mediar con cautela:
—Don Jeremías, tal vez un cambio de aire le haga bien a la jornada. El auto está preparado y la rampa funciona perfectamente.
Rodeado de gritos internos y de una negativa constante, Jeremías terminó cediendo, arrastrado por la complicidad indestructible de su madre y su hija. Minutos después, el lujoso vehículo se estacionaba frente a uno de los locales más cotizados de la zona: la famosa cafetería de Ana Belén Gallego.
Ana Belén, una mujer divorciada de cuarenta y seis años, de cuerpo envidiable, alta, piel blanca, ojos marrones y un cabello negro largo y liso que brillaba con la luz de la mañana, era la antítesis perfecta de Jeremías. Dueña del edificio y del establecimiento, vivía con una sonrisa perenne. Para ella, la sonrisa era el único escudo contra el envejecimiento. Mientras preparaba los pedidos, se le escuchaba tararear a todo pulmón y bailar por la cocina, provocando las risas cómplices de sus hijos gemelos, Alberto y Albert —de dieciocho años, estudiantes universitarios de primer año en ingeniería en sistemas y arquitectura respectivamente, altos, de piel blanca, ojos azules heredados de su padre, uno con el cabello negro liso y el otro castaño claro—.

—¡Mamá, por favor, vas a espantar a los clientes con ese repertorio de baladas románticas de los ochenta! —gritaba entre risas Alberto desde la barra.
—¡Que canten los que son felices, hijo! La vida es muy corta para andar con caras largas —respondió Ana Belén con una carcagada sonora, agitando una cuchara como si fuera un micrófono mientras le guiñaba un ojo a un grupo de clientes habituales.
Afuera, la situación era radicalmente distinta. Doña Anahí y María Fernanda bajaron del auto con entusiasmo, pero Jeremías se negaba a descender, aferrado al respaldo de su asiento delantero con los nudillos blancos.
—Tú te quedas aquí en el carro, querido —le dijo doña Anahí con una sonrisa pícara, dándole una palmada afectuosa en el hombro—. Nosotras te traemos tu café preferido... Aunque, pensándolo bien, si quieres jugo de fresa también te podemos traer uno, ¡son riquísimo! —añadió soltando una risita.
—¿Estás muy chistosa, mamá? Te se está pegando lo de la loquera de la gente de este barrio —replicó Jeremías apretando los dientes, con el ceño fruncido y los ojos verdes destilando pura hostilidad.
Sin embargo, antes de que pudiera cerrar la puerta del coche desde dentro con el botón automático, María Fernanda abrió la portezuela de golpe.
—¡No seas aguafiestas, papá, ven con nosotras!
Empujado a la fuerza por la insistencia de su hija y la complicidad de su madre, que querían integrarlo al mundo a empujones, Jeremías permitió que Federico lo bajara y lo acomodara en su silla de ruedas. Con el rostro descompuesto por la frustración, enfundado en un traje de sastre italiano impecable que costaba más que el sueldo anual de un empleado promedio, avanzó por la entrada de la cafetería con paso rígido y una actitud de absoluto desprecio hacia el gentío.
Y entonces ocurrió el desastre cósmico.
Ana Belén venía saliendo de la cocina con una bandeja que sostenía con ambas manos, entonando alegremente el coro de una canción, mirando hacia atrás para hacerle un gesto cómico a sus gemelos. En el preciso instante en que Jeremías cruzaba el umbral con su silla de ruedas, impulsada con demasiada fuerza por el fastidio del momento, los dos mundos colisionaron de manera violenta.
¡Crash!
Un chorro espeso, frío y de un rojo intenso inundó de inmediato el pecho de la camisa blanca de Jeremías. Dos vasos repletos de jugo de fresa natural explotaron contra su diseño de alta costura, esparciendo pulpa y líquido por su corbata, su saco y sus impecables pantalones. El silencio sepulcral cayó instantáneamente sobre la concurrida cafetería.
Jeremías se quedó petrificado durante dos segundos. El tiempo pareció detenerse. Su respiración se volvió pesada, un rugido sordo retorciéndose en su pecho. Cuando bajó la mirada y vio su costosa ropa arruinada por una marea rosa, la furia estalló en su interior con la fuerza de un volcán en erupción. Levantó la vista, y sus ojos verdes despidieron chispas de pura demencia contenida.
—¡Pero estás ciega, idiota! ¡¿Eres estúpida o simplemente te gobierna la imbecilidad?! —bramó Jeremías con una voz estruendosa que hizo temblar las tazas sobre las mesas—. ¡Mira lo que has hecho, maldita inepta! ¡Este traje vale más que todo este miserable cuchitril junto!
Lejos de achicarse o pedir disculpas con la sumisión a la que él estaba acostumbrado, Ana Belén parpadeó un par de veces, se cruzó de brazos con una elegancia imponente, y una chispa de fuego cruzó por sus ojos marrones. Su sonrisa alegre se transformó en una mueca de absoluto desdén.
—¿Perdona? ¿A quién crees que le estás hablando con ese tonito, energúmeno de cuarta? —respondió Ana Belén, elevando la voz con una seguridad pasmosa que dejó a todo el local boquiabierto—. ¡El único estúpido, maleducado y ciego aquí eres tú, que entras a mi local como si fueras un Tractor de oruga, pisando los talones de la decencia! ¡Amargado, insolente, viejo prematuro, demonio de pacotilla! ¡Eso es lo que eres!
El pecho de Jeremías subía y bajaba con violencia. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a hablarle de esa manera en treinta y ocho años. Ni sus socios más ruidosos, ni sus empleados más temerosos. Su asistente Federico se quedó con la boca abierta, pálido como un papel, pensando que en cuestión de segundos el dueño del conglomerado ordenaría demoler el edificio entero.
—¿Cómo... cómo me has llamado? —articuló Jeremías, con la mandíbula tan tensa que parecía que iba a fracturarse los dientes, inclinándose hacia adelante en su silla—. ¿Sabes siquiera quién soy yo? ¡Estás hablando con Jeremías Bustamante! ¡Voy a hacer que...
—¡¿Y a mí qué me importa cómo te llames y qué apellidos tengas, viejo prematuro, amargado de mierda?! —le cortó Ana Belén sin darle un respiro, señalándolo con un dedo acusador mientras daba un paso al frente—. ¡Te puedes llamar como te dé la gana, pero aquí, en mi cafetería no eres bienvenido! ¡Mis hermosas damas y mis clientes sí lo son, pero este energúmeno petulante se puede largar por donde vino! ¡Fuera de aquí!
Detrás de la silla de ruedas, doña Anahí y la pequeña María Fernanda se tapan la boca con las manos, sacudidas por espasmos de risa contenida que amenazaban con convertirse en carcajadas estruendosas. Jamás habían visto a nadie poner en su lugar al temible Jeremías Bustamante con tanta soltura y desparpajo.
Los clientes del local observaban la escena con los ojos como platos, algunos murmurando con miedo y otros conteniendo la respiración, convencidos de que el magnate mandaría a cerrar el local antes del mediodía. Pero en los ojos verdes de Jeremías, por primera vez en cinco años, debajo de la furia ciega y el orgullo herido, una chispa de profunda sorpresa comenzó a arder.
El silencio que siguió al grito de Ana Belén fue tan espeso que en el local solo se escuchaba el zumbido distante de la licuadora y la respiración agitada de Jeremías. Las tazas de porcelana temblaban sobre las mesas vecinas ante la tensión eléctrica que flotaba en el ambiente. Federico Montiel, con los nudillos blancos de tanto apretar los tiradores de la silla de ruedas, miraba de reojo a su jefe, esperando que se desatara el apocalipsis. Creía que en cualquier segundo Jeremías sacaría el teléfono, ordenaría congelar las cuentas de la cafetería y mandaría a demoler el edificio con una simple llamada.
Sin embargo, el magnate seguía estupefacto. Tenía los ojos verdes clavados en esa mujer alta, de piel blanca y cabello negro largo, que lo miraba con los brazos cruzados y una expresión de desafío absoluto, sin rastro de miedo en el rostro. Nadie le había hablado así desde que era un niño.
—¿Me has mandado a largar? —preguntó Jeremías con una voz ronca, que sonaba como un trueno comprimido en su garganta, mientras se inclinaba hacia adelante con tanta fuerza que los músculos de su cuello y sus hombros atléticos se tensaron al límite—. ¿A mí? ¿Tienes la más remota idea de quién soy y de lo que este servidor puede hacer con un chasquido de dedos?
—¡Y dale con el disquito rayado! —espetó Ana Belén, bufando con fastidio mientras sacaba un repasador limpio de su bolsillo y comenzaba a limpiarse las manos con gestos enérgicos—. Mira, viejo prematuro, te puedes llamar Jeremías Bustamante, Napoleón Bonaparte o el mismísimo dueño del universo, ¡pero las reglas de la buena educación no las compras con tus millones! Entraste aquí con una cara de amargura que parecía que ibas a envenenar el café solo con mirarlo, chocaste contra mí como si el pasillo fuera una pista de karts clandestinos, y todavía te pones en plan de víctima con ínfulas de emperador romano. ¡A otro perro con ese hueso!
Detrás de la silla, doña Anahí se mordía los labios con tanta fuerza para no estallar a carcajadas que los hombros le temblaban. María Fernanda, por su parte, se escondía detrás de la falda de su abuela, soltando risitas ahogadas mientras miraba a su padre con una mezcla de fascinación y triunfo. Nunca nadie había logrado dejar sin palabras al hombre más terco, altivo y temido de la casa Bustamante.
—¡Papá, te lo tenían merecido por andar con esa cara de ogro desde que salimos de la mansión! —soltó la niña sin poder contenerse, asomando la cabeza con una sonrisa traviesa.
Jeremías giró la cabeza hacia su hija con una mirada fulminante, pero antes de que pudiera regañarla, Federico se inclinó hacia su oído y le susurró con extrema cautela:
—Don Jeremías, le sugiero que... con todo respeto... nos retiremos. La gente nos está mirando y los clientes están empezando a cuchichear. Si cerramos este lugar ahora por un berrinches, la prensa rosa se va a hacer un festín en la portada del diario financiero mañana.
El orgullo de Jeremías era un animal salvaje que se retorcía en su interior, pero sabía que su asistente tenía razón. Un escándalo de esta magnitud en una cafetería de moda no le convenía a la reputación internacional del conglomerado, y menos con su nombre de por medio. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que estuvo a punto de fracturarse los dientes, y con un movimiento brusco de sus manos sobre los aros de la silla, hizo girar el aparato metálico de manera violenta.
—Esto no se va a quedar así, dueña de quinta —gruñó Jeremías, dedicándole a Ana Belén una última mirada cargada de veneno puro y fuego verde antes de empezar a retroceder hacia la salida—. Eres una insolente de lo peor, pero te aseguro que no vas a volver a abrir este cuchitril mañana. ¡Vámonos, Federico! ¡Y ustedes dos también, dejen de hacer el ridículo!
—¡Buen viaje, amargado! ¡Y no te olvides de pasar por la tintorería, que el jugo de fresa con leche deja olor a agrio si se seca! —le gritó Ana Belén con una sonrisa cínica, agitando la mano en señal de despedida mientras los clientes del local rompían en un aplauso cerrado y risas disimuladas.
Doña Anahí y María Fernanda tuvieron que salir casi tropezando, con las manos en la boca para contener las carcajadas que les explotaban en el pecho. Una vez afuera, bajo el sol radiante de la mañana, doña Anahí se apoyó contra la puerta del lujoso vehículo mientras Federico ayudaba a Jeremías a subir al asiento trasero con sumo cuidado.
—¡Ay, hijo de mi vida, por fin alguien te pone los puntos sobre las íes! —exclamó su madre, secándose una lágrima de la risa mientras recuperaba el aliento—. Esa mujer es maravillosa. Tiene más carácter que todo tu consejo directivo junto.
—¿Te parece graciosa esta humillación, mamá? ¡Ese traje era de lino italiano hecho a medida! ¡Esa loca desquiciada me ha arruinado la mañana, el traje y la paciencia! —bramó Jeremías desde el interior del auto, arrojando la corbata manchada de rosa al asiento de al lado con un gesto de furia ciega.
—¡A mí me pareció divertidísimo, papá! —terció María Fernanda subiendo al vehículo y acomodándose a su lado con una sonrisa de oreja a oreja—. Al fin alguien te dice la verdad. Pareces un oso gruñón encerrado en una cueva. ¡Ojalá vayamos mañana otra vez!
—¡¿Mañana?! ¡Estás loca! ¡De hierba mala no vuelvo a pisar esa pocilga en lo que me queda de vida! —respondió Jeremías con rotundidad, cruzándose de brazos y mirando con desprecio hacia la fachada de la cafetería a través de los cristales ahumados del coche.
Sin embargo, a pesar de sus palabras altisonantes, mientras el vehículo se ponía en marcha y se alejaba del lugar, la imagen de los ojos marrones de Ana Belén brillando con furia indomable se quedó grabada a fuego en su mente. Ninguna mujer lo había retado jamás; ninguna lo había mirado sin temor a su poder o a su silla de ruedas. Y eso, por más que le doliera admitirlo en su orgullo masculino, le había encendido una chispa en la sangre que no sentía desde antes del accidente.
De regreso en la Mansión Bustamante, el ambiente se tornó insoportable. Jeremías se encerró en su estudio privado, negándose a recibir llamadas que no fueran estrictamente comerciales. Mientras tanto, en la cocina de la mansión, doña Anahí conversaba en voz baja con Federico Montiel mientras este le servía un café humeante.
—Esa mujer, Ana Belén, tiene algo especial, Federico —comentó doña Anahí con una sonrisa nostálgica en los labios, observando el jardín a través de los ventanales—. Mi hijo necesita exactamente eso: alguien que no le tenga miedo a su carácter ni a su silla de ruedas. Está tan acostumbrado a que todo el mundo le baile el agua por miedo a su dinero que se ha olvidado de lo que es sentir una chispa de vida de verdad.
—Tiene usted toda la razón, doña Anahí —respondió Federico con su habitual tono pausado, aunque en su mirada se asomaba un destello de profunda admiración hacia la elegancia y la madurez de la matriarca—. Don Jeremías está prisionero de su propio orgullo y de los fantasmas de su pasado. El abandono de María lo dejó profundamente marcado, aunque él intente disfrazarlo de furia y desprecio hacia el género femenino. Aquel maldito chantaje con las fotos y los videos... que ella lo engañara justo cuando él más la necesitaba y luego huyera con el amante... eso fue el golpe de gracia para su confianza.
—Lo sé, querido Federico —suspiró doña Anahí, acercándose un poco más al fiel asistente y rozando levemente su brazo con una familiaridad cargada de afecto y de algo más que ambos llevaban años callando—. Por eso me alegra tanto ver que alguien le ha plantado cara. Quizás, después de todo, este sea el principio del fin de su amargura.
Los rayos del sol se filtraban con fuerza a través de los ventanales de cristal templado de la Mansión Bustamante, iluminando el polvo en suspensión que parecía estancado en el estudio de Jeremías. Llevaba tres días sin salir de allí, rodeado de pantallas parpadeantes con gráficos bursátiles, reportes financieros de las filiales en Europa y Asia, y una taza de café negro que se había enfriado por completo sobre el escritorio. Sin embargo, ninguna cifra o fusión corporativa lograba desplazar de su mente el recuerdo de los ojos marrones de Ana Belén. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el impacto helado del jugo de fresa y, sobre todo, la bofetada verbal de aquella mujer que se había atrevido a llamarlo «amargado de mierda» en su propia cara.
Para un hombre acostumbrado a que el mundo entero se inclinara a su paso —ya fuera por reverencia o por el terror paralizante que inspiraba su fortuna y su implacable carácter—, el desprecio de la dueña de la cafetería era una afrenta imperdonable... y, al mismo tiempo, una picazón extraña que se negaba a desaparecer.
—Don Jeremías, los informes de la junta directiva de Madrid están listos para su revisión — anunció Federico Montiel, ingresando al estudio con pasos medidos y portando una tablet en las manos. Al notar la expresión ausente del magnate, el fiel asistente arqueó una ceja con cautela—. ¿Se encuentra bien, señor? Lleva horas mirando fijamente la misma línea del gráfico.
—Estoy perfectamente, Federico —respondió Jeremías con voz seca, apartando la vista de la pantalla y ajustándose los puños de la camisa con brusquedad—. Lo único que me fatiga es la incompetencia general de este país. ¿Averiguaste lo que te pedí sobre el edificio de la cafetería?
Federico contuvo una sonrisa apenas perceptible. Conociendo a su jefe, sabía perfectamente que el orgullo herido lo iba a empujar a investigar cada detalle de su nueva némesis.
—Sí, señor. El edificio pertenece en su totalidad a la señora Ana Belén Gallego. Lo adquirió tras su divorcio hace ocho años. Es una arquitecta de profesión, aunque decidió enfocar su energía en el negocio de la cafetería, el cual administra junto a sus dos hijos gemelos, Alberto y Albert, que cursan primer año en la universidad. Por lo demás, la propiedad está libre de hipotecas y el negocio goza de una salud financiera envidiable. No le debe un centavo a nadie —explicó Federico con precisión milimétrica.
Jeremías apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración. Habituado a comprar voluntades o a presionar a sus rivales con deudas y contratos, descubrir que Ana Belén era completamente independiente y dueña de su propio terreno lo dejaba sin herramientas tradicionales de retaliación.
—¿Independiente, dices? —murmuró Jeremías entre dientes, recorriendo con la mirada los respaldos de caoba de su estudio—. Una mujer sola con dos hijos universitarios y un local de café no puede ser tan intocable. Debe haber algo... un permiso municipal vencido, una inspección de sanidad pendiente, cualquier cosa que ponga en jaque su preciado local.
—Le aconsejaría que proceda con cautela, don Jeremías —replicó Federico con firmeza profesional, aunque con un dejo de advertencia—. Intentar clausurar ese establecimiento por capricho personal podría llamar la atención de la prensa económica, y dudo que le convenga aparecer en los titulares como el magnate vengativo que destruye el modesto negocio de una madre soltera solo porque le mancharon el traje.
Antes de que Jeremías pudiera replicar a la inoportuna pero certera lógica de su asistente, la puerta del estudio se abrió de par en par con un estrépito alegre. María Fernanda entró corriendo, con el cabello castaño suelto y una sonrisa traviesa que iluminaba toda la habitación, seguida de cerca por doña Anahí.
—¡Papá, abuela dice que hoy hace una tarde preciosa y que nos toca salir! ¡Y yo quiero ir por un batido de fresa a la cafetería de doña Ana Belén! —anunció la niña con absoluta inocencia, plantándose frente a la silla de ruedas con las manos en la cintura.
Jeremías sintió que el aire se le atragantaba en la garganta.
—¡¿De qué demonios hablas, María Fernanda?! —bramó el empresario, girando la silla con violencia para quedar frente a su hija—. ¡Te he dicho mil veces que ese lugar está prohibido! ¡Esa mujer es una maleducada de lo peor y yo no pienso volver a poner un pie en ese antro de insolentes!
—¡Ay, hijo, no seas tan rencoroso! —intervino doña Anahí, cruzándose de brazos con una elegancia imponente y una sonrisa socarrona que delataba su absoluta complicidad con su nieta—. A una dama no se le trata con groserías, y fuiste tú quien entró pisando fuerte y con cara de pocos amigos. Además, María Fernanda tiene razón: el café de ese lugar es exquisito, y a mí me apetece ver otra vez a esa mujer tan valiente ponerte los puntos sobre las íes. Nos hace falta un poco de aire fresco y risas de verdad en esta casa, no este sepulcro de aburrimiento.
—¡Exacto, papá! ¡Abuela y yo ya tenemos los abrigos listos! Federico tiene el auto en la puerta. Así que te guste o no, nos vas a acompañar, porque si no, le diremos a todo el mundo que el gran Jeremías Bustamante le teme a una arquitecta que hace café —remató la niña con una carcajada cristalina, estirando de la manga del saco de su padre.
Federico desvió la mirada hacia el techo, intentando disimular una sonrisa de absoluta aprobación ante la astucia de la pequeña. Jeremías, acorralado entre la complicidad de su madre y el chantaje emocional de su hija, sintió que la sangre le hervía en las venas. Quería negarse, ordenar que cerraran las puertas de la mansión, prohibir la mención de aquella cafetería maldita; pero en el fondo de su conciencia, una curiosidad salvaje y prohibida le soplaba al oído que debía regresar.
Media hora más tarde, el lujoso vehículo se estacionaba exactamente frente a la fachada de colores cálidos del local de Ana Belén. A través de los cristales ahumados, Jeremías observó el interior. El sitio estaba animado, lleno de risas, aromas a canela y café recién molido. Y allí, en el centro de todo, moviéndose con una gracia envidiable y una energía desbordante, estaba ella. Ana Belén llevaba puesto un delantal blanco sobre su blusa azul, con el cabello negro recogido en una coleta alta, cantando a media voz mientras entregaba una bandeja a una mesa cercana.
—Muy bien, señorías. Bajen de una vez antes de que me arrepienta y mande a demoler la cuadra entera —espetó Jeremías con voz helada, permitiendo que Federico abriera la puerta lateral y lo acomodara en la silla de ruedas con su habitual eficiencia.
En cuanto cruzaron el umbral de la puerta, un suave tintineo de campanillas anunció su llegada. El bullicio del local pareció decaer un ápice cuando algunos clientes habituales reconocieron la imponente y sobria figura del empresario multimillonario, recordando el escándalo de unos días atrás.
Ana Belén, que en ese momento se encontraba detrás de la barra limpiando una taza de cerámica, levantó la vista. Al reconocer al hombre de los ojos verdes y el traje arruinado, lejos de mostrar sorpresa o temor, una sonrisa pícara y desafiante se dibujó en sus labios. Dejó la taza sobre la repisa, se secó las manos con un repasador y caminó hacia ellos con paso firme, meneando levemente la cabeza con una mezcla de diversión y desdén.
—Vaya, vaya... Miren quién decidió regresar al escenario del crimen —dijo Ana Belén con voz clara y resonante, plantándose justo frente a la silla de ruedas de Jeremías con los brazos cruzados, destacando su figura esbelta y su mirada marrón llena de chispa—. Pensé que el señorito de cristal no volvería a pisar un lugar tan ordinario como este. ¿Qué pasa? ¿Extrañabas el sabor del jugo de fresa en tu costosa ropa, o es que en tu mansión nadie te dice las verdades en la cara y necesitabas una dosis diaria de realidad?
El rostro de Jeremías se ensombreció de inmediato, adquiriendo un tono plomizo mientras sus ojos verdes chispeaban con una furia contenida que amenazaba con incendiar el local entero.
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