El timbre sonó en la puerta. Simón se vistió rápidamente y fue a abrir.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó sorprendido.
—Es que no apareciste en la oficina, ¡así que me vine para acá! —respondió Gabriel, su socio, con entusiasmo.
—Le avisé a mi secretaria que hoy no iría. Quería pasar el día con mi esposa —respondió Simón.
—Entonces, preséntamela —dijo Gabriel, curioso.
En ese momento, el bebé comenzó a llorar.
—¿Tienes un hijo también? ¡Eso sí que no me lo esperaba! —rió Gabriel con sorpresa.
Isabel pasó por el living rumbo a la cocina.
—Lo siento, amor, voy a preparar el almuerzo —dijo, sonriendo.
—Quédate a comer —invitó Simón a Gabriel, quien aceptó de inmediato.
—Simón, ¿vas a hacer esas pastas con estofado que te salen tan bien? Solo tardas una hora, como mucho. Así me das tiempo para preparar un flan de chocolate con crema batida —agregó Isabel.
El aroma que emanaba de la cocina pronto invadió la casa, y tanto Simón como Gabriel, que estaban en el estudio, comenzaron a impacientarse.
—¡Cómo quisiera mojar un pedazo de pan en esa salsa! —comentó Simón.
—¡Yo también quiero! —respondió Gabriel, divertido.
Mientras tanto, Isabel arregló el comedor. Recogió la ropa de Simón que había quedado tirada la noche anterior, preparó la papilla del bebé, puso la mesa y los invitó a pasar al comedor. Trajo también al pequeño Pedro en su sillita.
—Señora, tiene mano para la cocina. Todo estuvo delicioso —dijo Gabriel, satisfecho—. Estoy lleno, ¡quedé pipón!
—Simón, creo que no volveré a la oficina hoy —comentó Gabriel entre risas—.
—¿Trajiste los contratos? —preguntó Simón.
—No, sabía que querías pasar el día con tu esposa, así que los llevo mañana. Solo pasé para conocerla —respondió Gabriel, despidiéndose.
Mientras tanto, en Buenos Aires, la madre de Isabel llamó con noticias preocupantes. Haydee relató que habían aparecido varias cabezas de ganado muertas, algunas degolladas. Al principio pensaron que eran cuatreros, pero luego intentaron incendiar el granero, lo que llevó al comisario a poner custodios. Gracias a las cámaras de seguridad instaladas por Martín González, descubrieron que Fernanda y dos cómplices estaban involucrados. Haydee advirtió que los hombres de Fernanda tenían conexiones con mafias internacionales, por lo que era mejor que Isabel y Simón permanecieran lejos.
Más tarde, Isabel fue al cuarto del bebé para bañarlo. Mientras tanto, Simón llamó a Martín González, quien confirmó las sospechas de Haydee.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Simón.
—Les insisto en que se asienten definitivamente en Canadá —respondió Martín.
—Lo que me preocupa es que descubran dónde estamos —comentó Simón, inquieto.
—No lo harán. Ya hablé con mis superiores y libraron una orden de captura internacional para Fernanda. Puedes quedarte tranquilo —lo tranquilizó Martín.
Simón respiró hondo antes de preguntar:
—¿Cómo van las cosas allá?
—Los hermanos de Isabel mantienen la propiedad en buen estado, y las cuentas del banco están en orden —respondió Martín—. Por cierto, ¿cuándo viaja Leonela?
—Esta semana. Está terminando de enseñarles cómo funciona todo en la casa.
Antes de terminar la llamada, Martín bromeó:
—Entonces, ¿ya es tu mujer de forma oficial?
—¡Y de qué forma! Estoy feliz, amigo. Avísale a mi suegra. Chao.
Simón colgó justo cuando Isabel lo llamó desde la cocina:
—¡Simón, ven! Ayúdame con el biberón, así el bebé se duerme.
—¡Voy, amor! —respondió él, sonriendo.
Después de darle el biberón, bañaron y perfumaron al pequeño Pedro antes de acostarlo en su cuna. Isabel tomó fotos de Simón haciendo monerías al bebé, quien finalmente quedó listo para dormir toda la noche.
Más tarde, Isabel preparó una cena ligera para ambos. Mientras disfrutaban de un café y planeaban ver una película, el celular de Simón sonó. Era su secretaria.
—Señor Simón, le llamo para recordarle la apretada agenda de mañana. Vienen los inversionistas de Corea interesados en la carne que importamos de Argentina.
Simón suspiró, preparándose mentalmente para el largo día que le esperaba, mientras Isabel lo miraba con ternura. desde la cocina
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