Tras recibir la llamada, Isabel le dijo a Marcela:
—En unas horas llego al pueblo. Solo necesito que estés en la estación.
Marcela respondió:
—Allí estaré.
Unas horas después, Marcela ya la esperaba en la estación. Isabel bajó del tren mirando hacia todos lados, temiendo cruzarse con Simón.
—Iremos directo al hospital. La hora de visita es al mediodía —dijo Marcela.
Al ver a Isabel, su amiga no pudo ocultar la sorpresa al notar su embarazo.
—¿Él lo sabe? —preguntó Marcela.
—No, y no quiero que me vea —respondió Isabel, apretando el saco contra su vientre.
Al llegar al hospital, en la sala de espera estaban la madre y los hermanos de Isabel. Más allá, Simón. La madre de Isabel pidió que todos salieran de la habitación. Sentándose junto a su padre, Isabel le confesó:
—Vas a ser abuelo.
El hombre, acariciando su vientre, respondió con voz débil:
—Hija, por favor, arreglen las cosas con Simón.
Después de esas palabras, cerró los ojos para siempre.
Todos entraron en la habitación para despedirse. Isabel, incapaz de llorar, salió apresuradamente. Al intentar escapar, Simón la tomó del brazo.
—Espera —le dijo—. Tenemos que hablar.
—No tengo nada que hablar contigo —contestó Isabel, cubriendo su vientre con el saco.
Más tarde, tras el entierro de su padre, los hermanos de Isabel le contaron sobre las amenazas de Simón: debían devolver las tierras si no cumplían con sus condiciones. Isabel, agotada, solo respondió:
—Perdón. Necesito descansar.
De regreso en su departamento, Isabel se recostó. Pero no tardó en llegar Simón, golpeando la puerta y exigiendo hablar. Ella respiró hondo antes de abrir.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—Todavía estamos casados. Tienes que vivir en casa.
Con un tono más brusco, agregó:
—Dime, ¿de quién es el bastardo?
La respuesta de Isabel fue una cachetada.
—¡No es ningún bastardo! —gritó—. Si quieres que vuelva contigo, tienes que aceptarme como soy.
Simón, con los ojos llenos de ira, volvió a preguntar:
—¿Con quién te revolcaste?
Isabel le gritó:
—¡Respétame! No sé, tuve tantos hombres que no sé quién podría ser —respondió con ironía, pero sus palabras ocultaban el dolor de las humillaciones vividas.
—¿Me pegarás otra vez? ¿Me humillarás? ¿Qué garantías me das para volver? —le preguntó ella.
Simón, al escucharla, titubeó.
—No te daré garantías —dijo al principio, pero luego confesó—. Hablaré con Fernanda. Ella fue mi amante durante los meses que estuviste fuera, pero ya no significa nada.
Isabel, furiosa, exclamó:
—¡Hace rato deberías haberla dejado!
—Te quiero porque eres mi esposa y punto. Vamos a la hacienda ahora —respondió él.
De vuelta en la hacienda, Simón mostró que había acondicionado una habitación para el bebé. Había comprado una cuna, ropa y otros artículos. Isabel no dijo nada, pero no podía evitar sentirse sorprendida. Sabía que su padre le había pedido que regresara, así que no podía permitirse sentir nada por Simón.
Esa noche, al meterse a la ducha, Isabel sintió una respiración detrás de ella. Su piel se erizó. Al girar, vio a Simón.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Disfrutar a mi esposa —contestó él.
—No puedo... estás con Fernanda —dijo Isabel.
Simón la interrumpió:
—Cuando te fuiste, la busqué, pero no es como tú. No eres ella.
Isabel, con las hormonas a flor de piel, susurró:
—Fuiste el primero y el único. Ahora déjame.
Simón, con suavidad, recorrió su piel y acarició su vientre. La besó con una intensidad que ella no esperaba.
—No sé cuánto tiempo me tomará perdonarte —dijo Isabel, con lágrimas contenidas—, pero necesito saber por qué cambiaste.
Simón suspiró y confesó:
—Fernanda me dijo que eras promiscua, que no me respetabas. Yo... me dejé llevar y te lastimé. Perdóname. Déjame recuperar el tiempo perdido.
Isabel cerró los ojos, sin saber si podría perdonarlo algún día, pero dispuesta a darle una oportunidad por el futuro de
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