Un Lugar En Tu Corazón
Isabel Paz era una chica sencilla, trabajadora e ilusa. Tenía cinco hermanos mayores. Cuando ellos se fueron casando, y como dice el refrán "el casado casa quiere", comenzaron a dejar el nido. En las fiestas grandes que organizaban los Paz, preparaban no menos de tres lechones y corderos asados. Tiraban la casa por la ventana, dicho en criollo.
Isabel siempre fue diferente a todos ellos: humilde y sencilla. Su lema era: “¿Para qué más?”. Si nadie le prestaba atención, ella tampoco fingía quererla. Prefería conversar con los parientes más viejos que asistían a las reuniones, esos tíos lejanos que ya nadie sabía de quién eran parientes.
Nunca notó a Simón, dueño de un cuerpo admirable, quien no dejaba de mirarla. “Tonta, si a mí no me está mirando”, pensaba ella, poniéndose colorada de vergüenza. Isabel era una bella solitaria que, como muchas chicas, soñaba con casarse. En esta ocasión, le tocaba a su hermana Anastasia, quien estaba por casarse con un hombre de buen pasar económico.
Aunque Isabel sentía un poco de celos, siempre decía que no era envidia. “La vida se encargó de que nunca les llegue a los talones a Anastasia y su marido”, pensaba. Las malas lenguas decían que la pareja compró una casa en una zona adinerada del pueblo y vivían felices, siempre preocupados por el dinero. Tuvieron tres hijos, todos idénticos a su padre, y, después de todo, eran trabajadores.
Unos meses después de la fiesta, Isabel se independizó de sus padres. Había terminado el magisterio y, con su primer sueldo, se mudó sola. Juntó su poca ropa, sus libros y, como nadie parecía importarle (o al menos así lo creía ella), no se despidió de nadie. Solo dejó una nota con su número de teléfono en el imán de la heladera. Pasaron cuatro años viviendo sola. Nadie la llamó para saber si estaba bien.
Como un fantasma, recorrió el camino hacia su pequeño departamento, arregló sus cosas, limpió, hizo su cama y cayó rendida. Más que sueño, durmió agotada hasta que sonó el despertador. Eran las cinco y media de la mañana. La escuela quedaba retirada, así que necesitaba tiempo para asearse y preparar su desayuno. Como era su costumbre, dejaba todo limpio antes de salir.
Para ella, el premio a su esfuerzo era ver el amanecer. Disfrutaba del calor del sol abrazándola y los paisajes pintados por la naturaleza. Todos los días, en la misma parada de colectivo y a la misma hora, viajaban las mismas personas. Unas pocas palabras con ellas, y así pasaban los meses.
En la escuela, sus colegas siempre le preguntaban si tenía familia o si estaba casada. Isabel nunca respondía algo personal, lo que generaba risas. Sin embargo, era muy popular entre los niños de segundo y tercer grado, quienes la extrañaban cuando pasaban a otros cursos. La querían mucho porque era dulce con ellos.
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A unas semanas de cumplir 32 años, un llamado en medio de la madrugada la sobresaltó. Era su madre, quien ni siquiera la saludó. Solo dijo:
—Tienes que volver a casa. Es importante.
Sin imaginar lo que le esperaba, Isabel emprendió el viaje al amanecer. Media dormida, llegó al hogar al que nunca hubiera querido volver. Encontró a toda la familia reunida: hermanos, sobrinos y nadie soltero, salvo un varón menor de edad.
—Haydee, ¿para qué me citaste? Ni siquiera me dijiste hola —preguntó Isabel, nerviosa.
—Tienes que cumplir un trato que hice con Miguel Chairo, el dueño de las tierras que alquilamos —respondió su madre con prepotencia.
—¡Mamá, háblame claro! ¿De qué trato hablas? —dijo Isabel, vacilando.
Haydee explicó:
—Miguel Chairo quiere que te cases con Simón, su hijo mayor.
Isabel, horrorizada, replicó:
—¿Estás obligándome a casarme con alguien que casi no conozco? ¿Y si ya tengo una relación? ¡No lo haré!
Corriendo hacia la puerta, se encontró de frente con Miguel Chairo y Simón, quienes la saludaron al unísono. Simón llevaba una caja de chocolates y un ramito de violetas. A pesar de todo, él la invitó a caminar, y ella aceptó para no parecer maleducada.
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