Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.
Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.
Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.
Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.
Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.
Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.
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Bab 28
Capítulo 28
En la costa, aquella tarde se sentía increíblemente tranquila y hermosa.
El cielo se teñía poco a poco de un anaranjado dorado. La brisa marina soplaba suave, trayendo consigo un aroma salino que apaciguaba los sentidos, mientras el sonido de las olas se escuchaba a lo lejos desde la orilla de la playa, no muy distante de la pequeña floristería de Sara.
Frente a la tienda, algunas lámparas colgantes comenzaban a encenderse despacio, añadiendo una atmósfera cálida al atardecer. Santiago estaba sentado en una banca larga de madera junto a la terraza de la tienda, observando en silencio el paisaje que se extendía ante él.
De vez en cuando, el viento le revolvía el cabello ligeramente desordenado.
A su lado, Renato estaba sentado relajado mientras bebía un café frío. De tanto en tanto se reía de las ocurrencias de Sergio, que jugaba con la arena junto a Rocío a la orilla de la playa. La risa del niño se escuchaba con claridad hasta donde estaba la tienda.
—¡Papá, mila! —Sergio levantó un pequeño balde lleno de arena con el rostro rebosante de orgullo—. ¡Hice una montaña!
Santiago sonrió con calidez de inmediato.
—Sí, muy bien, campeón.
El niño rio feliz al escuchar el elogio y volvió a concentrarse en jugar con Rocío, que lo ayudaba a moldear la arena para formar un pequeño castillo.
Al ver aquella escena, Renato le lanzó una mirada fugaz a Santiago.
—No me imaginé que llegarías a este punto.
Santiago contempló el mar frente a él durante unos segundos antes de esbozar una sonrisa leve.
—Yo tampoco.
Su mirada se desplazó lentamente hacia el interior de la floristería. Ahí, Sara se veía ocupada arreglando flores junto con Lina y Raquel.
Llevaba un vestido sencillo de color crema, con el cabello largo recogido sin mucho esmero. Sus manos se movían con esmero acomodando flores frescas en jarrones y canastas de pedidos. De vez en cuando, Sara soltaba una risa suave cuando Lina y Raquel la molestaban. Y aquella sonrisa dejó a Santiago absorto por unos instantes. Hacía mucho tiempo que no veía a Sara sonreír con tanta calma.
Incluso sus dos empleadas notaron el cambio. Raquel, que estaba cortando tallos, miró a Sara de reojo y le susurró a Lina:
—Sara se ve mucho más feliz ahora.
Lina también sonrió levemente mientras asentía.
—Sí...
Su mirada cayó sobre Sara, que estaba armando con sumo cuidado un arreglo de rosas blancas y tulipanes. Las flores que antes aquella mujer siempre guardaba para sí misma y jamás ponía a la venta. Ahora los dedos de Sara las disponían mientras una sonrisa inconsciente le asomaba al rostro. Y aquel pequeño detalle no escapó a la atención de Santiago. El hombre observaba cada movimiento de Sara desde la distancia con una mirada tierna, como si temiera perder aquel momento sencillo.
Mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte marino, el ambiente a su alrededor se sentía como un verdadero hogar. La brisa de la tarde soplaba despacio sobre la terraza de la pequeña floristería.
El sonido de las olas llegaba tenue, mezclado con la risa de Sergio, que seguía entretenido jugando con la arena junto a Rocío a la orilla de la playa.
Dentro de la tienda, Sara aún armaba el arreglo de rosas blancas y tulipanes con aquella sonrisa leve que de tanto en tanto le brotaba sin que se diera cuenta.
Santiago contempló aquella escena durante un buen rato, hasta que sin advertirlo la comisura de sus labios se curvó levemente hacia arriba.
Su ensimismamiento se rompió cuando Renato habló de pronto.
—Entonces...
Santiago volteó despacio.
Renato lo miró durante unos segundos antes de continuar.
—¿Cuál es tu plan a futuro?
Santiago frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
Renato exhaló un suspiro breve y dirigió la mirada hacia Sergio, que reía alegremente.
—Para Sergio. —Luego sus ojos se desplazaron hacia Sara dentro de la tienda—. Y para Sara.
El ambiente se volvió un poco más serio de repente. Santiago guardó silencio un buen rato. Su mirada volvió a posarse sobre el niño y la mujer a quienes más amaba.
Siendo honesto, ni él mismo había pensado en todo aquello con calma. Desde que supo que Sergio era su hijo, su cabeza se había llenado de demasiadas cosas a la vez.
—No lo sé... —respondió Santiago en voz baja, finalmente.
Renato arqueó una ceja levemente.
—Pero hay algo de lo que sí estoy seguro —continuó Santiago, clavando la mirada en Sergio—. No quiero perderlos otra vez.
Su voz sonó baja pero cargada de determinación. Renato lo observó durante unos segundos antes de esbozar una sonrisa tenue.
—Solo con eso no alcanza.
Santiago volteó a verlo. Renato recargó la espalda contra la silla y dijo en voz baja:
—Tienes que estar listo.
—¿Listo para qué?
—Para ser padre.
Santiago enmudeció al instante.
Renato sonrió levemente mientras contemplaba a Sergio desde lejos.
—Todo este tiempo, Sara hizo todo sola.
Su mirada fue tornándose seria poco a poco.
—Trabajaba de la mañana a la noche. Se desvelaba cuando Sergio se enfermaba. Aguantaba el miedo sola cuando el niño convulsionaba. Y encima tenía que lidiar con la madrastra y el hermanastro.
La mandíbula de Santiago se tensó al escuchar aquello.
—Sé que llegué tarde... —murmuró con un hilo de voz, lleno de arrepentimiento.
Renato asintió levemente.
—Sí, llegaste muy tarde.
Santiago agachó la cabeza despacio. Unos segundos después, Renato volvió a hablar:
—Pero al menos ahora estás aquí.
Su mirada se fijó directamente en Santiago.
—Y si de verdad quieres volver a la vida de ellos...
Renato esbozó una sonrisa leve.
—No te limites a ser solo el padre de Sergio.
Santiago frunció el ceño casi imperceptiblemente.
—¿A qué te refieres?
Renato dirigió los ojos hacia Sara, que en ese momento reía suavemente con sus dos empleadas.
—Conviértete también en un hogar para Sara.
Aquellas palabras dejaron a Santiago en silencio.
La brisa de la tarde volvió a soplar despacio. Mientras tanto, a lo lejos, Sara —que no tenía idea de que la estaban observando— se veía mucho más viva que antes.
Santiago fue consciente de todo lo que habían atravesado hasta ese momento. Ahora él también quería volver a ser el lugar al que pudiera regresar aquella mujer a la que, en silencio, nunca había dejado de amar.