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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

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Capítulo 26. El sobre blanco

Aquella sala fue testigo mudo del derrumbe de una madre. El llanto histérico de Renata fue cediendo poco a poco, dejando tras de sí unos sollozos entrecortados que partían el alma. Sus hombros frágiles todavía subían y bajaban con un ritmo irregular. Sobre su regazo, las dos manos, que temblaban con violencia, estrujaban sin cesar una bola de pañuelos ya empapada y deshecha por las lágrimas.

La Dra. Lara, la psicóloga de mediana edad sentada frente a ella, no tuvo prisa por interrumpirla ni por hablar. Había en su mirada una ternura maternal profundamente serena. Dejó que Renata sacara toda la opresión, la rabia y el dolor que durante aquellos días había guardado a solas, detrás de su máscara de soberbia.

Pasaron varios minutos en un silencio que solo llenaban las respiraciones pesadas. Cuando los hombros de Renata empezaron a calmarse un poco, la mujer tomó la palabra.

—Renata.

Ella levantó despacio el rostro hinchado y enrojecido. Su mirada estaba vacía, como si una parte de su alma siguiera tendida en el asfalto donde había ocurrido aquel accidente mortal.

—¿Me permite hacerle una pregunta? —dijo la Dra. Lara en voz baja.

Renata se secó la comisura de los ojos, que volvían a humedecerse, y asintió levemente.

—Adelante, doctora.

La Dra. Lara inclinó un poco el cuerpo hacia ella.

—Si hoy su bebé siguiera aquí y viera a su mamá llorando así... ¿qué cree usted que él querría de ella?

Aquella pregunta, tan sencilla como demoledora, dejó el cuerpo de Renata paralizado. El aire a su alrededor pareció esfumarse de golpe. Las lágrimas, que un momento antes se habían serenado, volvieron a caer a raudales, imposibles de contener.

—Él... —los labios de Renata temblaron con fuerza. Se aferró el pecho, que sentía como atravesado por mil agujas—. Él... seguro querría que yo fuera feliz, doctora.

—Exacto. —La Dra. Lara sonrió con enorme dulzura—. Un hijo, por diminuta que sea su alma, jamás quiere ver a su madre destrozada. Y seguro que tampoco quiere verla culparse una y otra vez por su partida.

Renata agachó la cabeza hasta el pecho. Su llanto volvió a intensificarse.

—¡Pero todo esto es culpa mía, doctora! ¡Es culpa mía! —gritó con la voz ahogada, estrujando su vestido—. ¡Si aquella vez hubiera obedecido y no hubiera salido de casa! ¡Si hubiera cruzado con más cuidado! ¡Si hubiera podido proteger mi vientre, mi hijo seguiría vivo ahora!

La Dra. Lara negó con suavidad. Acercó a Renata una caja nueva de pañuelos.

—Un trauma profundo, Renata, siempre hace que nuestra mente busque a quién culpar. Y por lo general, la primera persona a la que resulta más fácil culpar es a uno mismo —le explicó con tono tranquilizador—. Y sin embargo, no tiene por qué haber sido culpa suya. Aquel accidente ocurrió completamente fuera de su control.

—¡Pero fracasé, doctora! ¡Fracasé en protegerlo! —gimió Renata con un dolor lacerante—. ¿Qué clase de madre soy? Fracasé en proteger a mi propia sangre...

—No. —La Dra. Lara la interrumpió con un tono mucho más firme, mirándola directo a aquellos ojos deshechos—. Usted no fracasó, Renata. Usted perdió a un hijo. Eso es una tragedia, una desgracia inmensamente dura. Pero grábeselo bien: perder a un hijo es muy distinto de fracasar como madre.

Aquella frase fue como un abrazo cálido que derribó de golpe las últimas defensas de Renata. Lloró aún más fuerte, vaciando todas las heridas que supuraban en su pecho. En todo ese tiempo, ni una sola persona le había dicho unas palabras tan liberadoras.

La Dra. Lara dejó que aquel llanto desgarrador llenara la sala unos instantes antes de volver a hablar.

—Renata. Como primer paso en su recuperación, quiero que empiece a hacer tres cosas por mí. ¿Está dispuesta?

Renata se frotó las lágrimas con brusquedad. Tomó aire hondo, intentando calmar el temporal que llevaba en el pecho.

—¿Cuáles, doctora? —preguntó.

—La primera. Deje de fingir ser fuerte a cada momento. Por favor, quítese la máscara. Si quiere llorar, llore tan fuerte como lo necesite. Llorar no es señal de debilidad, Renata. Es, al contrario, la señal de que su corazón está intentando sanarse.

Renata se mordió el labio inferior y asintió apenas.

—La segunda. No convierta la venganza en el propósito central de su vida. Sé que está furiosa por la traición de su esposo, sé que quiere destruir a quienes la lastimaron. La venganza puede dar una satisfacción pasajera, es cierto. Pero créame: la felicidad verdadera nunca nace del vientre del odio. No deje que su corazón también se ennegrezca junto al de ellos.

Renata se quedó rígida. Sintió aquello como una bofetada. Sabía muy bien que, durante los últimos días, se había obligado a mantenerse en pie únicamente movida por el fuego de la venganza contra Adrián, Priscila y su cruel suegra.

—¿Y la tercera, doctora? —preguntó Renata con los labios temblorosos.

La psicóloga de mediana edad sonrió con los ojos vidriosos.

—Viva para usted misma. No por Adrián. No por la familia de su esposo, que le exigía la perfección. Ni siquiera por demostrarle su valía a quien la humilló.

La Dra. Lara tomó entre las suyas las manos de Renata, frías como el hielo.

—Viva porque su propia vida sigue siendo muy valiosa. Usted tiene derecho a ser feliz por usted misma.

Renata cerró los ojos con fuerza.

Por primera vez desde que había despertado de las puertas de la muerte, su pecho, que siempre sentía aplastado por una roca gigantesca, se notaba un poco más ligero. Fue como si el aire fresco volviera a encontrar el camino hacia sus pulmones.

Cierto era que Renata no estaba curada del todo. La imagen de su esposo infiel y el llanto de su bebé en sueños seguirían viniendo a menudo a atormentarla. Su llanto tal vez seguiría estallando cada noche en algún rincón solitario del baño.

Pero, al menos, ese día aprendió algo valioso.

Que ser fuerte no significa tener un corazón duro como el acero y no llorar jamás. Sino seguir eligiendo levantarse poco a poco, recomponer la vida hecha pedazos, aunque el corazón siga cubierto de mil cicatrices.

—Lo intentaré, doctora —dijo, aunque en su fuero interno Renata jamás se quedaría de brazos cruzados viendo a Priscila y a Adrián felices sobre su sufrimiento.

* * *

—¿Ya terminó, señorita? —preguntó Tristán, que llevaba un rato esperando fuera.

Renata asintió.

—Llévame a casa —pidió.

—Espere. —Tristán la detuvo, sujetándole la mano—. Tengo que decirle algo. —Sacó un sobre blanco con el sello de un hospital, que había recibido de alguien hacía apenas un momento.

Y sí, Tristán lo había abierto. Al principio quiso tirarlo, pero desistió. Quién sabía si, después de ver aquello, las ideas de Renata se aclararían aún más.

—¿Qué es esto, Tris? No me tengas en ascuas —preguntó Renata, frunciendo el ceño ante el sobre, desconcertada.

—Ábralo usted misma, señorita. No sé si la noticia la va a alegrar o, al contrario, lo opuesto —respondió Tristán, picando aún más la curiosidad de Renata.

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