Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.
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CAPITULO 15 ENTRE NUMEROS, ROCES Y EMERGENCIAS
Rubén
El reloj de pared de mi despacho marcaba las once de la noche, y el silencio en la última planta de la fábrica era absoluto. Lo que comenzó a mediodía como una auditoría de rutina enviada por sorpresa por los asesores fiscales del socio de mi padre, se había transformado en una maratón extenuante de revisión de libros contables de los últimos cinco años. Los auditores habían detectado una pequeña discrepancia en los activos fijos de la planta norte, y me negaba en rotundo a marcharme a casa dejando una duda sobre la pulcritud financiera de mi gestión.
Para resolverlo con la mayor rapidez posible, le había pedido a Christine que se quedara a trabajar conmigo después del cierre de la jornada laboral. Richard se había marchado hacía un par de horas a supervisar los muelles de carga, dejándonos completamente solos entre carpetas, archivadores y la luz tenue de las lámparas de escritorio.
—A ver... si cruzamos el asiento de diario de marzo con la amortización de la maquinaria de envasado... —murmuró Christine en un susurro cansado, pasándose una mano por las sienes.
Estábamos sentados codo con codo en la gran mesa de cristal de mi oficina. Para estar más cómodos con el volumen de papeles, yo me había quitado la chaqueta del traje y me había remangado la camisa blanca, mientras que ella se había soltado el cabello castaño, el cual ahora caía en suaves ondas sobre sus hombros, y se había quitado los zapatos de tacón bajo para descansar los pies. La proximidad física entre los dos era tan intensa que, cada vez que estirábamos el brazo para pasarnos un documento o señalar una casilla en el ordenador, nuestras pieles se rozaban sutilmente, enviando una descarga eléctrica directa a mi pecho que me impedía concentrarme en las cifras.
—Déjame ver esa hoja, Christine —le pedí, inclinándome un poco más hacia su lado.
Al hacerlo, mi hombro chocó suavemente con el suyo. Christine detuvo el bolígrafo en el aire y giró el rostro despacio hacia mí. Estábamos tan cerca que podía contar sus pestañas individuales y percibir con total claridad ese sutil perfume a flores limpias que me desarmaba por completo. La iluminación de la oficina, reducida a la lámpara de mi escritorio, creaba un ambiente íntimo y privado que borraba cualquier rastro de la fábrica a nuestro alrededor. No había balances, no había socios, no había distancias profesionales. Solo estábamos ella y yo.
Sostuve su mirada, notando cómo su respiración se volvía sutilmente más agitada ante mi cercanía. Mis ojos descendieron de manera inevitable hacia sus labios, que se encontraban ligeramente entreabiertos, y sentí un impulso arrollador, un deseo egoísta y profundo de acortar los escasos centímetros que separaban nuestros rostros. Christine no se apartó; al contrario, bajó sutilmente los párpados, como si estuviera cediendo a la misma inmensa fuerza de atracción que me empujaba hacia ella. Coloqué mi mano derecha sobre la mesa, rozando sus dedos con los míos, e incliné mi cabeza despacio, sintiendo ya el sutil calor de su aliento contra mi piel, a punto de sellar un beso que llevaba semanas deseando con locura.
¡RIING! ¡RIING! ¡RIING!
El violento e inesperado estallido del timbre de mi teléfono móvil sobre el cristal de la mesa nos hizo sobresaltar a ambos, rompiendo el hechizo de manera brutal. Christine se apartó de golpe, enderezándose en la silla con las mejillas encendidas por un rubor intenso y acomodándose el cabello con manos temblorosas, notablemente avergonzada por lo que estaba a punto de suceder.
Apreté los dientes con una furia sorda, maldiciendo internamente la interrupción, y tomé el aparato de mala gana. Al mirar la pantalla, vi el nombre de Clarisa. Supe de inmediato que si no respondía a esas horas de la noche, empezaría a llamar a la centralita de la fábrica o a mi padre, arruinando nuestra paz.
—¿Qué ocurre, Clarisa? Estoy en medio de una revisión contable muy importante —respondí con un tono seco y visiblemente molesto.
Sin embargo, al otro lado de la línea no escuché la habitual voz chillona y caprichosa exigiendo lujos. Lo que me llegó fue un llanto histérico, descontrolado y cargado de un pánico real que me puso en alerta instantánea.
—¡Rubén! ¡Rubén, gordi, por favor, ven ya! —sollozó Clarisa entre gritos, hiperventilando—. ¡Mis papás... tuvieron un accidente horrible con el coche en la autopista viniendo de la cena del ministerio! El coche quedó destrozado, te lo juro...
—¿Qué? ¡Por Dios! ¿Cómo están? —pregunté, poniéndome de pie de inmediato y llamando la atención de Christine, que me miró con los ojos muy abiertos y una expresión de genuina preocupación al notar mi cambio de semblante.
—Papi... papi está bien, solo tiene unos rasguños y el susto, pero mamá... mamá está muy mal, Rubén —chilló Clarisa, rompiendo a llorar con desesperación—. La trajeron de urgencia al Hospital Central. Los médicos dicen que tiene una hemorragia interna grave y que necesita urgentemente una transfusión de sangre para poder meterla al quirófano... pero hay un problema horrible.
—¿Qué problema? El hospital debe tener reservas de sangre —dije, tratando de mantener la mente fría mientras tomaba las llaves de mi coche de la mesa.
—¡No tienen, Rubén! Mamá tiene un tipo de sangre sumamente raro y escaso, el grupo AB Negativo, y el banco de sangre del hospital está bajo mínimos por otra emergencia —explicó Clarisa, presa del pánico—. Los médicos me hicieron la prueba a mí de inmediato para ver si podía donarle yo... ¡pero me acaban de decir que yo soy tipo O Positivo y que mi sangre no es compatible con la de ella! No lo entiendo, te lo juro... Papi tampoco es compatible. Necesitamos un donante de ese tipo raro ya mismo o mamá no va a aguantar la operación. ¡Por favor, ven!
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral al escuchar los detalles. El grupo AB Negativo era, en efecto, uno de los tipos de sangre más raros y difíciles de conseguir en el mundo. Corté la llamada tras asegurarle a Clarisa que salía de inmediato hacia el hospital.
—¿Qué ha pasado, Rubén? ¿Se encuentran bien? —preguntó Christine, que se había puesto en pie y me miraba con angustia, habiendo captado la gravedad de la situación por mis respuestas.
—Los padres de Clarisa han tenido un accidente de coche muy grave —expliqué a toda velocidad mientras me ponía la chaqueta del traje con las manos trémulas—. El señor Alejandro está a salvo, pero la señora Leonor está en el Hospital Central con una hemorragia interna. Necesita una transfusión urgente de sangre tipo AB Negativo para poder ser operada, y el hospital no tiene reservas. Clarisa y su padre no son compatibles con ella. Tengo que salir hacia allá ahora mismo para ver si podemos mover contactos o encontrar a un donante privado.
Al escuchar el tipo de sangre, vi cómo el rostro de Christine se contraía en una mueca de absoluto asombro. Se quedó estática por un segundo, asimilando la información, antes de dar un paso decidido hacia mí con la mirada cargada de una determinación inquebrantable.
—Rubén... yo voy contigo —afirmó Christine con voz firme, sin un ápice de duda.
—Christine, te agradezco el gesto, pero es una situación familiar muy compleja y delicada, lo mejor es que vayas a casa a descansar... —comencé a decir, intentando protegerla del ambiente histérico de Clarisa.
—No me has entendido, Rubén —me interrumpió ella, tomándome del brazo con fuerza para que la escuchara con atención—. No voy solo para acompañarte. Yo soy donante activa desde que cumplí los dieciocho años. Sé perfectamente cuál es mi grupo sanguíneo porque Miriam siempre me hacía llevar la tarjeta médica en la cartera. Rubén... mi tipo de sangre es AB Negativo. Yo puedo salvarle la vida a la señora Leonor.
Me quedé completamente mudo en mitad de la oficina, mirándola con una mezcla de shock, incredulidad y una intensa agitación interna que no logré descifrar en ese instante. Las palabras de Christine resonaron en mi cabeza como un eco ensordecedor. ¿Christine poseía ese tipo de sangre tan sumamente raro y escaso en la población? ¿El mismo tipo exacto que la señora Leonor necesitaba con urgencia, mientras que su propia hija, Clarisa, no compartía la compatibilidad biológica con su madre?
Recordé de golpe la inmensa conmoción de la señora Leonor en la gala benéfica, su llanto al afirmar que Christine era el vivo retrato de su propia madre y esa inexplicable conexión que ambas habían experimentado en la terraza del hotel. Una coincidencia de rasgos físicos ya era asombrosa, pero que una huérfana de nacimiento compartiera un rasgo biológico tan sumamente específico y exclusivo con una mujer rica que afirmaba ver en ella su propia sangre... aquello ya no parecía una simple casualidad del destino. Era algo mucho más profundo, un secreto oculto de la naturaleza que empezaba a manifestarse de la forma más dramática posible.
—Recoge tus cosas, Christine —sentencié, saliendo del trance y tomándola de la mano con firmeza—. Vámonos ya. No hay un solo segundo que perder.
Salimos a toda prisa del piso ejecutivo hacia los ascensores, dejando atrás los balances y la auditoría interna. Mientras descendíamos hacia el aparcamiento subterráneo bajo el silencio de la noche, supe con absoluta certeza que el rumbo de nuestras vidas estaba a punto de cambiar de manera irreversible en las salas de ese hospital, y que la verdad sobre los verdaderos orígenes de Christine estaba empezando a abrirse paso a través de las venas del destino.