Campo de Batalla Perfecta

Un trueno hizo que las luces parpadearan. En ese instante fugaz de oscuridad, sus manos se rozaron. Un contacto eléctrico que los hizo contener la respiración.

— La lluvia no parece querer detenerse —comentó Martín.

— Ni nosotros —respondió Sofía.

La tensión era un animal mitológico, de esos que los antiguos dibujaban en pergaminos secretos. Respiraba entre ellos, se movía con cada parpadeo, cada respiración contenida. Martín sentía su presencia como un tercer invitado incómodo: invisible pero omnipresente.

Un milímetro en falso podía ser la diferencia entre la explosión y el silencio. Sus músculos, adiestrados en años de reportajes en zonas de conflicto, conocían ese delicado equilibrio entre la inacción y el movimiento.

— Deberíamos quitarnos esta ropa mojada —murmuró Sofía.

No era una sugerencia. Era un misil teledirigido lanzado con la precisión de quien sabe exactamente dónde va a impactar. Sus palabras resbalaron entre ellos como un líquido viscoso, cargadas de una provocación que iba más allá de lo práctico.

Martín la observó. No la miró, la observó. Como un cazador estudiando a su presa, como un escritor descifrando un manuscrito antiguo. Cada centímetro de su cuerpo era un jeroglífico que prometía revelaciones.

— ¿Quieres que me quite la camisa, Sofía? —preguntó.

Su voz era terciopelo mojado, era un susurro que rozaba la piel sin tocarla. Cada sílaba una caricia, cada tono un promise de pecados futuros.

Ella no respondió. No necesitaba hacerlo.

Se levantó con la gracia de un felino recién despertado. Cada movimiento era una coreografía, cada paso una declaración de guerra silenciosa. Caminó hacia su dormitorio, la espalda erecta, los pasos medidos.

La puerta quedó entreabierta. No, no estaba entreabierta. Estaba provocando.

Los dedos de Martín comenzaron su danza particular con los botones de la camisa. Despacio. Cada botón era una decisión geopolítica, cada centímetro de piel revelado un tratado de intenciones. No era un desvestirse, era un performance.

Cuando cruzó el umbral del dormitorio, Sofía ya lo esperaba.

Como una pantera. Como una promesa. Como el final de una historia que apenas comenzaba.

El dormitorio era un lienzo de intimidad, paredes color crema susurrando secretos, un cuadro abstracto dominando el espacio como un testigo silencioso de la tensión que flotaba en el aire. Sus líneas entrelazadas reflejaban la misma energía contenida que existía entre Martín y Sofía.

Ella lo esperaba en el borde de la cama, convertida en una escultora viviente. Una toalla blanca la envolvía como un vestido de nupcias improvisado, su piel apenas un rumor bajo la tela. Otra toalla descansaba entre sus manos, flexible como un títere de seda, lista para ser usada.

— Pensé que necesitarías secarte —dijo.

Su sonrisa era un arma de precisión. Mitad desafío quirúrgico, mitad invitación bordada en terciopelo. Cada sílaba vibró en el espacio como una nota musical suspendida.

Martín se detuvo en el umbral, una estatua a punto de cobrar vida. Su camisa semi-abierta era una geografía de tentación: retazos de piel, sombras de músculos, una topografía de promesas. Un centímetro más acá, un milímetro más allá, y el mundo podría cambiar.

— ¿Quieres ayudarme? —preguntó.

No era una pregunta. Era una invitación envuelta en terciopelo, un susurro que rozaba la piel sin tocarla. Cada palabra sonaba como una caricia calculada, como un pincel travieso dibujando anticipaciones.

Sofía se mordió el labio inferior. Un gesto microscópico que contenía un universo de intenciones. Sus dientes, apenas rozando la piel, dijeron más que un tratado de seducción. Un temblor casi imperceptible recorrió su mandíbula.

— Depende de lo que necesites —respondió.

La toalla en sus manos tembló. No era un temblor de frío, sino de anticipación pura. Como un animal contenido, como una nota musical a punto de estallar, como una promesa que busca cumplirse.

El aire entre ellos era un campo de batalla perfecto. Cada respiración, una estrategia. Cada mirada, un movimiento de ajedrez. Y la noche, su único testigo.

Martín dio un paso al frente. Luego otro. Cada movimiento calculado, como un depredador que no quiere romper el encanto de su presa.

— Tengo frío —dijo él, y la verdad de su afirmación se reflejaba en una ligera línea de temblor en sus manos.

Sofía se puso de pie. La toalla blanca rozó el suelo cuando se acercó. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra.

— Déjame ayudarte —murmuró.

Sus manos, expertas en escribir historias, ahora se movían con una precisión diferente. Comenzaron en el cuello de la camisa de Martín, desabrochando botones. Cada contacto era una caricia. Cada caricia, una pregunta.

— ¿Siempre eres tan… directo? —preguntó ella, mientras la camisa caía al suelo.

Martín atrapó su muñeca. No para detenerla. Solo para sentir su pulso.

— Solo cuando vale la pena —respondió.

Un trueno estalló afuera. La ciudad de Buenos Aires seguía lloviendo.

La lluvia golpeaba los ventanales como una orquesta salvaje, mientras el interior del dormitorio de Sofía se había convertido en un espacio de silencios cargados y miradas intensas. Martín observaba cada movimiento de Sofía, consciente de que estaban jugando un juego donde ninguno quería ser el primero en rendirse.

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